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miércoles, 22 de marzo de 2017

FREDERICK OPPER Y SU HAPPY HOOLIGAN


Frederick Opper, nacido en Madison, Ohio, en 1857, era hijo de inmigrantes austriacos. Abandonó la escuela a los catorce años para trabajar como aprendiz en los talleres de la Madison Gazette, el periódico local, donde comenzó a dibujar. A los dieciséis se trasladó a Nueva York, trabajando como ayudante del artista Frank Beard, con quien siguió aprendiendo.
Sus primeros trabajos profesionales fueron caricaturas de crítica política que publicó primero en alguna revista de escasa tirada, y más tarde en la popular Puck. En 1899 fue fichado por William Randolph Hearst para el New York Journal. Allí ya desde Outcault y su Yelow Kid, se dibujaban tiras cómicas.

Opper creó en 1900 su célebre personaje Happy Hooligan, el vagabundo feliz con una lata vacía por sombrero, un tipo simpático que solía poner en ridículo a los ricachones estirados. La liaba parda en todas partes, hasta en la Cámara de los Lores británica, y siempre acababa perseguido y golpeado por los policías. Happy Hooligan era transgresor y servía muy bien al propósito de ridiculizar ante los lectores del periódico a políticos y demás autoridades.

También tuvieron gran éxito entre el público otras tiras de Opper, como las divertidas peripecias de Alphonse and Gaston, y sobre todo, And Her name was Maud, una hilarante sucesión de catástrofes causadas por la mula más terca jamás dibujada. Sus descomunales coces pusieron en órbita a media América. Frederick Opper siguió dibujando a su mula y su vagabundo hasta 1932. Falleció en Nueva York en 1937. Os ofrecemos una pequeña selección que esperamos pueda servir como muestra del trabajo de este genial historietista.













domingo, 19 de marzo de 2017

SIGUE EL CAMINO DE BALDOSAS AMARILLAS



Sigue el camino de baldosas amarillas, aconsejaba el hada buena a la pequeña Dorita. El Mago de Oz es desde el principio hasta el final, una película redonda. Desde el día de su estreno se convirtió en un clásico del llamado cine familiar, genero por cierto, que junto con las primeras producciones de Disney, también de aquella misma época, inauguró este filme mítico.
Es de destacar el grandísimo contraste que se plantea ya desde el guión, y que siempre ha fascinado a los espectadores. Una Dorita en blanco y negro abandona su patria de Kansas también en blanco y negro, y con casa y todo va a aterrizar precisamente en el país de Oz, lleno de luz y color. Son sensacionales los secundarios: el espantapájaros, el león y el hombre de lata, el “todopoderoso” Mago de Oz, naturalmente, y sobre todo, la malvada bruja, personaje genial con su horrible cara verde y aquellos increíbles monos voladores.
Y luego está la música, claro. A pocos minutos del comienzo, Judy Garland, toda una fuerza de la naturaleza, entona con aquella prodigiosa voz suya el inolvidable Somewhere over the rainbow. Precisamente queremos ofreceros el enlace (clic en la carátula) para visionar ese momento mítico de la película. Gozadlo como merece, y recordad siempre que más allá del arco iris los sueños pueden convertirse en realidad.

Próxima entrega: Judy Garland



miércoles, 15 de marzo de 2017

BRETAÑA, PATRIA DE ASTERIX


El profe Bigotini, acostumbrado a los desolados páramos monegrinos, se sintió fuertemente impresionado por el feraz verdor de la Bretaña francesa, agreste país azotado por el viento. Es Bretaña como un país dentro de otro país. Desde su base de Rennes, la capital, Bigotini y sus chicas pasaron allí unos días inolvidables, visitando las poblaciones más típicas y disfrutando de la rica gastronomía de la región. Se alojaron en un tranquilo hotel a las afueras de Rennes, donde de noche no se oía ni el aleteo de una mosca. Rennes, capital administrativa y departamental, es una fundación romana. Una ciudad provinciana con un encanto indefinible que enamora al visitante. Uno no puede evitar imaginarse allí el campamento romano que aparece en tantos episodios de Asterix el galo. Un par de excursiones por el interior de la región son obligadas para visitar los impresionantes monumentos megalíticos todavía bien conservados hasta hoy. Aparte de numerosos dólmenes y menhires, destaca el célebre conjunto pétreo de Roche aux fées (la roca de las hadas), en la Comuna de Essé. Se trata de un pasadizo abovedado construido quién sabe con qué finalidad, por aquella cultura antigua y misteriosa que se extendió un día desde el norte de Europa y las Islas Británicas, hasta el sur de España, siguiendo la línea de la costa atlántica.



Es imprescindible visitar también poblaciones como Dinard, Cancale, Quimper o Saint-Maló, un puerto amurallado, antiguo refugio de los piratas más feroces que asolaron los mares. Brest, ciudad que compite con la misma Rennes en importancia, es la capital del Finisterre bretón. Si aguza bien el oído, el viajero escuchará, aparte del francés, dos idiomas diferentes: el bretón y el galo. Desde la bahía de Cancale, una breve excursión en barco hasta Saint-Maló, ofrece el aliciente de sentir el viento y la espuma marina azotándote el rostro. Laura y Bigotini sintieron algo más que viento y espuma. Acabaron literalmente empapados. Marisol, mucho más sensata, se mantuvo prudentemente alejada de la proa. También resulta obligada la visita al cercano Mont Saint Michel, que por muy poco no pertenece a Bretaña, sino a Normandía, la región limítrofe. Su familiar e impresionante silueta, una de las imágenes más fotografiadas del mundo, se recorta al atardecer contra la luz del crepúsculo marino. En cuanto a la visita a la abadía, diremos que no merece la pena. La superpoblación de turistas es tan abrumadora, que arruina cualquier espectativa.


En lo relativo a la gastronomía de la región, Bretaña ofrece al comensal exquisiteces dignas de príncipes. Cabe destacar el marisco en prácticamente todas sus modalidades. En esto Bretaña viene a ser la Galicia francesa. Es obligado probar las célebres ostras de Cancale, bien al natural, o todavía mejor, guisadas con ajo y mantequilla. Acompañadas de un vino fresquito de Alsacia o del Rin, están estupendas, lo mismo que otros bivalvos como almejas y sobre todo mejillones. Mejillones con sidra, con cerveza... Si uno quiere rascarse un poco el bolsillo, la langosta es la reina de los manteles bretones. En general cualquier pescado fresco, al horno, al vapor o en papillote, agradará al más exigente gourmet. Fuera de los productos marinos, acaso lo más típico de Bretaña sean las crepes y las galettes, unas servidas como postre dulce, y otras conteniendo los más variados ingredientes, vienen a ser un plato habitual en las mesas bretonas. Las galettes, algunas de proporciones gigantescas, presentan un característico tono oscuro, por estar hechas con trigo sarraceno. Hay en Bretaña unos embutidos muy grasos y de fuerte sabor, que deben consumirse con moderación. Los postres, dulces, pasteles y tartas, son sabrosos y contundentes. En el capítulo de las bebidas destaca la sidra, de la que existen diferentes variedades, y distintos licores parecidos al Calvados.

Ahí tenéis a Bigotini y sus chicas despidiéndose de Bretaña. Su próximo destino: París, ¡Oh-lalá! Allí os emplazamos en la siguiente entrega de Bigotini viajero.

-Doctor, ¿cree usted que soy estéril?
-No señora, usted es Obelix.



lunes, 13 de marzo de 2017

MARIO BENEDETTI. TALENTO Y ESFUERZO


Mario Benedetti, uruguayo nacido en 1920, cuyo nombre completo era Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia (!!), fue uno de los escritores más prolíficos de las recientes décadas. Además de publicar casi un centenar de libros de los más diversos géneros, colaboró a lo largo de su vida en diferentes publicaciones. Este trabajador infatigable tuvo una infancia difícil, con varios cambios de residencia de sus padres, que pasaron por serias dificultades económicas. Terminada su etapa de formación, Benedetti se inició en la literatura dirigiendo la revista Marginalia. Durante casi treinta años colaboró con el semanario Marcha. También formó parte de la redacción de la prestigiosa revista Número. Durante ese tiempo publicó poemas, ensayos, narrativa, colaboraciones humorísticas, críticas teatrales... Comprometido con los movimientos de izquierda, Benedetti se vio forzado a un largo exilio tras el Golpe de Estado de 1973 en Uruguay, que le llevó sucesivamente a Perú, Cuba y España, colaborando en Madrid durante años en el diario El País.


Se relacionó con el movimiento de Liberación Nacional más conocido como los Tupamaros, y formó parte de la coalición de izquierdas Frente Amplio. Regresó a su país en 1983, aunque en la última etapa de su vida alternó su casa de Montevideo con largos periodos en La Habana y en Madrid. Mario Benedetti falleció en 2009, siendo enterrado en el Panteón Nacional. De nuestra biblioteca digital extraemos hoy un relato breve titulado Gracias, vientre leal. Haced clic en la imagen y disfrutad de la fluída prosa de Mario Benedetti, trabajador infatigable y hombre de su tiempo.

-Dime, ¿tu mujer es más de gemir o de jadear?
-Mi mujer no sigue la liga turca.



jueves, 9 de marzo de 2017

MAGGIE WILSON


¿Qué puedo decir de Maggie Wilson? La verdad es que no gran cosa. La primera vez que la vi estaba maniatada en un granero. A una chica que trabaja como croupier no le conviene tener las manos tan largas. Por aquel entonces se llamaba Rita Medina. Cuando encontró a un tipo vulgar y carente de todo atractivo, no lo pensó dos veces. Se casó con él inmediatamente. Sólo le interesaba el apellido, y el de Wilson le pareció la quintaesencia de lo anglosajón, a pesar de que aquel pavo era en realidad medio japonés. Lo abandonó a las dos semanas. La señora Wilson se tiñó el pelo y se lanzó al estrellato, o más bien se estrelló. Empezó actuando en algunos cortos medio pornográficos, y terminó haciendo películas porno por completo. Sácame de este horrible ambiente, cariño, me suplicó angustiada. La saqué aunque no resultó nada fácil.

La Maggie teñida de rubia parecía brillar con luz propia. Tenía la nariz respingona, las tetas respingonas y el culo respingón. Una belleza latina y Wilson a partes iguales. Atesoraba entre sus piernas aromas atlánticos, y ese exquisito sabor acre y un poco ácido que tanto saben apreciar los verdaderos gourmets. Hay ostras que no necesitan limón. Técnicamente Maggie no era una puta, pero lo cierto es que cuando se quitaba las bragas no podías evitar la inquietante sensación que produce el sonido de calderilla que hacen al abrirse las cajas registradoras. Quiero pedirte un gran favor, cariño, solía susurrar después de aplastar su cigarrillo en el cenicero de la mesita de noche. Un día se enfurruñó conmigo cuando respondí a su ruego con un gesto de fastidio. A partir de entonces no volvió a pedir nada. Era yo (ya sabéis que soy un blandengue) quien al cabo de unos mitutos preguntaba: ¿...y bien? Entonces me contaba sus problemas. Te ayudaré siempre que al hacerlo no incurra en ningún delito, le advertí un día. Más tarde rebajé el listón, llegando a ayudarla en algún que otro delito cuyas víctimas eran declarados delincuentes.

Como era frágil, pero a la vez terriblemente práctica, solía sollozar mientras me pedía que le abotonara el vestido. Tenía una de esas espaldas perfectas que dibujan un corazón desde los hombros al arranque de las nalgas. Tenía también una mirada que sabía hacer irresistible cuando te pedía algún favor. Tenía, en definitiva, algo que te arrastraba a ella una y otra vez, como aquellos remolinos monstruosos que atraían a los marinos de la mitología clásica. Maggie resultaba aún más atractiva vista desde abajo. Cuando se sentaba sobre el piano, tenías que contemplarla como a una diosa en su pedestal, como a una cariátide en el templo. No tenía demasiada voz, pero sabía susurrar como nadie sus melodías suaves y felinas. Al escucharla, se diría que una gatita te acariciaba (se acariciaba) frotándose, delicada y sugerente, contra tus piernas. Un día se destiñó el pelo. Acasó pensó que volviendo a ser morena, transmitía mayor sinceridad. Me abandonó con los ojos vidriosos y una especie de solemnidad un poco cómica. Me obsequió un último beso cálido y húmedo, y luego se perdió en la primera esquina, mientras yo quedé parado entre el tráfico, algo más herido que sorprendido.

Mi amigo Tony Caruso me encontró una noche en el bar con la mirada perdida en el fondo de un vaso vacío. Esa mujer no merece la pena, chico, me dijo. No vale lo que la bala que la matará. Dos meses después supe que había muerto tiroteada. Se metió en un lío importante. Tan importante que tuvo el detalle de no involucrarme en él. Periódicamente, cuando vuelvo a los lugares en que estuvimos juntos, me parece oír a lo lejos el susurro de su voz acariciadora. Entonces la melodía se interrumpe. Suenan disparos y lejanas sirenas. Uno de estos días, me digo, tengo que cambiar de vida...

El día que la mataron Maggie Wilson tuvo suerte. De seis tiros que le “daron”, sólo uno era de muerte.



lunes, 6 de marzo de 2017

GALILEO GALILEI. EPPUR SI MUOVE


Vincenzo Galilei, un reputado músico y matemático de la nobleza florentina, tuvo seis hijos. Galileo Galilei era el mayor de ellos. Galileo nació en Pisa en 1564. Cursó sus primeros estudios en un convento de Florencia, donde manifestó una incipiente vocación religiosa que su padre se encargó de quitarle de la cabeza. Lo hizo enviándole a la Universidad de Pisa a estudiar medicina y filosofía. Pero el joven Galileo prefirió las matemáticas, tal vez porque en Pisa encontró un excepcional maestro en la persona de Ostilio Ricci, que a su vez había sido alumno del gran Tartaglia, nada menos. Ricci, como Tartaglia, fue un visionario adelantado a su tiempo, que no se conformaba con enseñar la teoría, sino que ideaba continuamente pruebas y experimentos. Galileo se contagió de su entusiasmo, y desde entonces no quiso ya saber nada de medicina ni de disputas escolásticas. En esa etapa parece que nuestro joven estudiante redactó un panfleto en el que se burlaba de muchos de sus maestros, a quienes tildaba de dogmáticos, rutinarios e inmovilistas. Por esta causa no consiguió alcanzar su título académico. Regresó a Florencia sin diploma, pero con el cerebro y el corazón rebosantes de proyectos científicos.


En sus primeros trabajos, centrados en la geometría euclídea, se ocupó del centro de gravedad de los sólidos. También se embarcó en la construcción de una balanza de Arquímedes, y se interesó por los péndulos, por el movimiento oscilatorio, y por la caída de los cuerpos. A él se debe la invención del pulsómetro, y algo que hoy nos parece tan extravagante como el cálculo de las dimensiones del infierno que describió Dante en La Divina Comedia. Por disparatado que pueda parecernos, dictó sobre este tema en 1588 dos lecciones en la Academia de Florencia, con gran éxito de asistentes y críticas entusiastas. Conoció y trató a reputados científicos de su tiempo, como Christopher Clavius o Guidobaldo del Monte, que lo recomendó a Fernando de Medici para encargarse de la cátedra de matemáticas de la Universidad de Pisa. Así que Galileo regresó en triunfo entre quienes unos pocos años antes le habían puesto en la calle. Dictó su lección inaugural en 1589.


Poco después, gracias a su descubrimiento del cicloide, fue capaz de diseñar arcos de puente de una solidez hasta entonces desconocida. También en esos años tuvo conocimiento de los trabajos de Copérnico, y muy pronto se convirtió en decidido partidario del sistema copernicano, frente al modelo aristotélico entonces imperante. Galileo no debía tener muy buen carácter. Al parecer tuvo una disputa con los hijos del duque de Medici, su protector, por lo que prudentemente optó por trasladarse a Padua, en cuya Universidad enseñó geometría, mecánica y astronomía. Como Padua pertenecía a la Serenísima República de Venecia, donde no llegaba o lo hacía con menos fuerza, el largo brazo de la Inquisición, Galileo gozó durante ese tiempo de una amplia libertad intelectual. Eso constituyó sin duda un gran acicate para su inquieta mente de científico, aunque acaso pecó de cierto exceso de confianza que más tarde iba a causarle serios disgustos.


No es mucho lo que se sabe de su vida privada. Sin llegar a casarse o ni siquiera a convivir, mantuvo una prolongada relación con la joven veneciana Marina Gamba, con la que tuvo dos hijas y un hijo. Las hijas, que nunca fueron reconocidas, acabaron en un convento, siguiendo las severas costumbres de la época. En cambio el varón fue legitimado. En 1604 Galileo inventó una eficacísima bomba de agua, enunció su ley del movimiento uniformemente acelerado, y descubrió una estrella de vida efímera que según los indicios que nos han llegado, debió ser una supernova, si bien entonces todavía se desconocían este tipo de fenómenos. Trabajó en el estudio de las trayectorias parabólicas de los proyectiles, y en 1606 construyó el primer termoscopio, lúcido antecedente del termómetro, y estudió las características físicas de los imanes. En 1609 tuvo la primera noticia de la invención del telescopio fabricado en las lejanas tierras holandesas. Valiéndose de simples descripciones, Galileo fue capaz de fabricar uno para su uso personal. Esto le abrió de par en par las puertas a la observación de lo que para él era un mundo nuevo y fantástico.

Fue entonces cuando realizó sus detalladas observaciones de la luna, descubrió la verdadera naturaleza de la Vía Láctea, y los cuatro satélites jovianos que hoy llamamos galileanos. Como siempre albergó la intención de regresar a su patria florentina, Galileo llamó a estos satélites los astros mediceos, en honor de Cosme de Medicis, el gran duque de Toscana, con quien años atrás había tenido sus más y sus menos. También tituló uno de sus trabajos Cósmica sidérea, así que ya veis que términos hoy en día tan familares como cosmos o cosmología, aluden directamente a Cosme, el gran patricio de Florencia.
Galileo se creció con su Florencia y con sus éxitos. Aun en la seguridad que antes le había brindado Padua, procuró pasar por aristotélico en público, aunque en privado se mostrara copernicano. En la capital toscana abandonó toda precaución y proclamó a los cuatro vientos la validez del sistema heliocéntrico. Como es bien sabido, tuvo que pagarlo muy caro. La Inquisición Romana lo sometió a un largo proceso, al final del cual se vio obligado a retractarse de sus afirmaciones. Que inmediatatamente después añadiera “por lo bajini” aquello de eppur si muove (y sin embargo se mueve), refiriéndose a la Tierra, es algo que acaso forma más parte de la leyenda que de la realidad. Permaneció recluido en su propia casa hasta su muerte acaecida en 1642, curiosamente el mismo año en que nació Isaac Newton.

La figura científica de Galileo ha sido revindicada por todos los grandes sabios que le sucedieron, desde el mismo Newton hasta Einstein, que le consideraba el padre de la ciencia moderna. Aunque parezca mentira, la iglesia católica todavía no ha sido capaz de pedir disculpas por su comportamiento afrentoso e injusto. Pío XII se limitó a manifestar su pena por lo sucedido, y Benedicto XVI, en tiempos recientísimos, aun insistía tercamente en que la Inquisición actuó correctamente, puesto que Galileo no aportó ninguna prueba definitiva sobre sus aseveraciones. Vergonzoso.

Dadme una palanca lo bastante grande, y atracaré una joyería. Anónimo.



jueves, 2 de marzo de 2017

LA MUJER EN LA NUEVA RELIGIÓN. DEGRADACIÓN Y SOMETIMIENTO


La llegada de los invasores indoeuropeos tanto a la Grecia Continental como a las Islas, que se completó en los albores del primer milenio a.C., instauró un nuevo sistema social y religioso de carácter patrialcal. Ya hemos explicado en anteriores artículos cómo la primitiva diosa-Madre de los pueblos pelasgos, en parte adoptada y asimilada por la cultura micénica, fue definitivamente derrocada a la llegada de los pueblos jonios. En la nueva religión, el hijo-esposo (Zeus, Apolo, Posidón...) somete y sustituye a la madre-esposa, la Gran Diosa Blanca aborígen. En el terreno social este cambio se traduce en una reforma, a veces radical, de las viejas costumbres. El principal cambio operado en esa época en los usos familiares de los griegos fue la aparición de la dote, que reemplazó a los hedna de la vieja cultura. En un principio los matrimonios se convenían mediante los hedna, un pago simbólico que efectuaba el novio, y que en ocasiones no lo era tanto, puesto que se materializaba en oro, plata u otros bienes.


El presente (meilia), cualquiera que fuese su naturaleza, era aportado por el padre del novio, y quedaba en poder de la novia que generalmente recibía a su esposo en el seno de su familia. De alguna manera el suegro pagaba por el derecho de su hijo a formar parte de la familia de su mujer. En ocasiones, cuando el novio era del completo agrado de sus futuros parientes, no se le exigía pago alguno, lo que constituía un honor y un privilegio. La institución de la dote (proïx), fue probablemente precedida de un periodo en el que no se efectuaba pago por ninguna de las dos partes. Cuando la dote acabó por implantarse, fue el padre de la novia quien debía aportar ayuda material para el hogar de su yerno, donde se trasladaba su hija tras el matrimonio. Obsérvese la importancia cualitativa del cambio. En muchos casos la dote constituía el conjunto de los bienes propios de la mujer, asegurándole una posición honorable en la casa de su marido, y funcionando como una especie de seguro frente al abandono o el repudio, situaciones ambas que se daban con cierta frecuencia. Se hizo popular el proverbio mujer sin dote no tiene palabra libre, de manera que conforme las niñas iban creciendo, una de las principales preocupaciones de sus padres o parientes, era dotarlas para asegurar su futuro.


Por otra parte la institución de la dote hizo entrar en juego al sopesar los méritos de la novia, un factor crucial: el de la riqueza de su familia. Esto causó un trastorno importante en la tradición, sobre todo aquea pero también de otras culturas griegas, de la eugenesia. En algún texto de los periodos homérico y clásico se contienen lamentaciones deplorando que, como consecuencia del predominio de las novias ricas sobre las novias nobles, la raza de los ciudadanos declinara paulatinamente. Precisamente el interés casi obsesivo por la eugenesia, probablemente unido a la bien conocida fragmentación del territorio y a actitudes sociales que hoy calificaríamos de racistas, desembocaron en la práctica habitual de matrimonios endogámicos. La endogamia a su vez, favoreció la aparición de nuevas ceremonias nupciales que acentuaban la proximidad de las casas de los dos contrayentes. La madre de la novia encendía un hachón en el altar de su casa y, llevándolo en la mano seguida de un cortejo solemne, acompañaba a su hija a casa del novio, donde encendía con ese mismo hachón, un nuevo fuego en el recién inaugurado hogar. Se trata de un rito inequívocamente proveniente de la vieja religión, en el que el hachón, símbolo del matrimonio, expresa claramente la idea de transmisión del hogar doméstico de madre a hija, de mujer a mujer.


También formaban parte de la ceremonia nupcial ciertos cantos al parecer ejecutados por los camaradas del novio y las compañeras de la novia. Su enigmático estribillo (Hymenai, Hymê o Hymenaie) quiso explicarse tardíamente, ya en época helenística o entre los romanos, con la invención de Himeneo, un dios del matrimonio que se representó con un hachón encendido en la mano. Se trata de una aportación moderna, como lo prueba el hecho de que los mitógrafos no acierten a atribuir al personaje un linaje concreto. Por extensión también se llama himeneo al primer coito que realizan los contrayentes. En cualquier caso, tanto el estribillo del canto como el dios aluden de forma inequívoca a la consumación del matrimonio, presentando idéntica raíz que Hímero, el genio que personifica el deseo amoroso, y que el hímen femenino. Hasta tiempos recientes existía aun en todo el ámbito mediterráneo y también en España, la costumbre de “obsequiar” a los novios en su noche de bodas con una especie de serenata de carácter burlesco, que en Aragón y otros lugares se llamaba cencerrada, por acompañarse de cencerros y otros instrumentos parecidos, donde abundaban las alusiones obscenas y explícitamente sexuales. Tal costumbre evoca vivamente aquellos cantos tradicionales a que nos referíamos.

El sexo sólo es sucio si se hace bien. Woody Allen.