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jueves, 25 de mayo de 2017

JOHN NAPIER, EL ESCOCÉS LOGARÍTMICO


Este tipo de rostro adusto, John Napier o Neper, como se le conoce en otras lenguas, fue un escocés nacido en Edimburgo en 1550. De familia noble, fue su cuna nada menos que el imponente castillo de Merchiston, del que hoy se conserva todavía su gallarda torre. Como el resto de los aristócratas de su tiempo, pasó sus primeros años en la mansión familiar, sin hacer estudios de ninguna clase. Siendo ya adolescente marchó al continente con su tío, y estudió en Flandes y Francia. De vuelta a casa, contrajo matrimonio y se ocupó de administrar su hacienda, que era lo que hacían los nobles serios por aquel entonces. Napier tenía un don natural para entender y desarrollar las matemáticas, sin embargo, nunca concedió importancia a esa actividad, que consideró una especie de hobbie intrascendente. Su verdadera preocupación intelectual era nada menos que la exégesis del Apocalipsis de San Juan, tarea a la que se consagró en cuerpo y alma durante décadas.

No obstante, y de forma tan inesperada que sin duda habría sorprendido a él mismo, John Napier ha pasado a la historia de la ciencia por sus importantes trabajos matemáticos. Es nada menos que el padre de los logaritmos, llamados logaritmos neperianos precisamente en su honor y su recuerdo. Él los llamó números artificiales, y constituyeron un paso de gigante para el progreso de la aritmética, ya que merced a ellos, pueden sustituirse las multiplicaciones por sumas y las divisiones por restas, lo que simplifica enormemente cualquier cálculo. La prodigiosa intuición de Napier no hace sino confirmar algo en lo que ya insistían los pitagórcos muchos siglos atrás: multiplicar no es sino sumar sucesivamente, así como dividir es invertir la multiplicación, en definitiva, restar. Los logaritmos sustituyen también las potencias por productos y las raíces por divisiones. Los logaritmos abrieron un enorme campo en el desarrollo de los cálculos matemáticos. En 1614 Napier publicó su gran obra: Mirifici logarithmorum canonis descriptio ejusque usus in utroque trigonometria tu etiam in omni logistica mathematica amplissimi, facillimi et expeditissimi explicatio. Ya veis que entonces no se llevaban precisamente los títulos cortos. En Bigotini veneramos su gran talla intelectual y le rendimos admirado homenaje.

La vocación del político es hacer de cada solución un problema. Woody Allen.



domingo, 21 de mayo de 2017

EL NACIMIENTO DEL ALFABETO


La primera escritura fue ideográfica, es decir, se representaban directamente los objetos de que se hablaba: la luna, un gato o una espada. La gran dificultad estribaba en representar verbos o ideas abstractas. Esto se intentaba por medio de objetos concretos compuestos de las mismas consonantes, como si por ejemplo en español se dibujaran un sol y un dado para expresar soldado. Para que la multitud de signos así generados no llevara a tanta confusión, se emplearon los llamados determinativos, signos convencionales que indicaban la categoría a la que se refería la representación. De ello derivó un sistema muy complicado. Los jeroglíficos egipcios, basados en este sistema, llegaron a comprender cerca de tres mil signos, lo que en la práctica convertía la escritura y la lectura en un arte al alcance de muy pocos. Los escribas tardaban años en dominar su oficio, y tanto las personas corrientes como los miembros de la nobleza debían recurrir a ellos continuamente.

Un primer gran progreso fue el paso del sistema ideográfico al sistema acrofónico, en el que sólo se tomaba del objeto representado el primer sonido de la palabra que se deseaba expresar. Así, se dibujaba una casa en forma de tienda (en fenicio, bêth), pero sólo se leía la b; se dibujaba una cabeza humana (en fenicio resh), y se leía la r. Con este sistema, el número de signos no estaba aun limitado. El gérmen de este sistema acrofónico lo encontramos ya en los propios jeroglíficos, pero conviviendo con el sistema ideográfico anterior, lo que hace que muchos jeroglíficos resulten infinitamente más complicados de desentrañar. Y aquí es cuando entran en escena los fenicios, nuestros admirables inventores del alfabeto. En efecto, el primer alfabeto fue el fenicio. Los fenicios, que navegaban continuamente por el Mediterráneo, comerciando con sus mercancías, necesitaban un sistema tan sencillo que pudiera ser dominado por los marinos y los comerciantes para anotar sus transacciones de forma simple. De ellos lo tomaron los griegos, de quienes lo hemos recibido en occidente.


Este singularmente práctico sistema alfabético, evolucionó de forma natural del sistema acrofónico. El número de signos se redujo al mínimo, uno por cada sonido, y como consecuencia de una simplificación esquemática de la escritura, toda relación entre el signo y el objeto que se representaba al principio desapareció. Por eso es difícil reconocer en el signo B (en fenicio bêth y en griego bêta) aquella casa en forma de tienda que se ideó en un principio. También resulta difícil reconocer en el signo R (en fenicio resh y en griego rhô) la cabeza humana de los primeros tiempos.


El alfabeto fenicio, como ocurriría con el resto de los alfabetos semíticos, no poseía signos especiales para las vocales; pero en cambio tenía una multitud de signos secundarios para las aspiraciones. Los griegos utilizaron estos para sus vocales. Ese desarrollo llegó por ejemplo, a la transformación del signo de aspiración aguda hache en el de la e larga. Entre los romanos, que habían adoptado el alfabeto griego antes de esta transformación, la hache conservó su valor de aspiración aguda. Los fenicios, como todos los semitas, escribían de derecha a izquierda. Los griegos, después de algunas vacilaciones, como la fase intermedia de escritura en surcos de labor (boustrophêdón), en la cual una línea está escrita en un sentido y la siguiente en otro, adoptaron finalmente la manera de escribir propia de los indoeuropeos, de izquierda a derecha. Resulta mucho más cómodo, porque la mano de ese modo, no da sombra ni cubre lo que se va escribiendo. Por eso las letras del alfabeto grecolatino están orientadas hacia la derecha, no hacia la izquierda.


El alfabeto fenicio no proporcionó a los griegos sino las letras que van de la A a la T. Fueron añadiéndose otras según surgió la necesidad. Al mismo tiempo los griegos abandonaron otras que no les servían, por ejemplo F = vav y Q = koppa, que los romanos afortunadamente conservaron. Hasta el auge de la romanidad no se estableció el alfabeto griego completo con sus veinticuatro signos de alfa a omega. El profe Bigotini toma sus notas apresuradas en los puños de celuloide de sus camisas. En uno de ellos pudimos leer con dificultad: “recordar que hay que comprar nuevos puños de camisa”. Bueno, los grandes genios son así, amigos.


-¿Horchata se escribe con hache?
-Claro, porque sin la hache se leería horcata.



jueves, 18 de mayo de 2017

GENE KELLY Y LA PASIÓN POR LA DANZA



Gene Kelly fue mucho más que un bailarín acrobático. Desde sus comienzos primero en los teatros de provincias y después en los escenarios de Broadway, se había trazado un camino y propuesto un objetivo: triunfar en Hollywood.
Y a fe que lo consiguió. Kelly llevaba el cine en la sangre desde que en su infancia devoró con ansia todas las películas que pudo, entre sesión y sesión de claqué. Que era un consumado bailarín, nadie puede ponerlo en duda. No puede decirse que fuera un actor genial, pero desde luego actuaba ante las cámaras con mayor soltura y naturalidad que Fred Astaire, al que sucedió en la cima del estrellato. Pero Kelly fue sobre todo un magnífico coreógrafo y un hombre de cine. Al final de su carrera dirigió algunas películas, pero ya desde sus comienzos, los cineastas que lo dirigieron han reconocido que era él quien llevó la batuta en todos sus trabajos. Minnelli confesó que su amigo Gene desde el primer día de rodaje, tenía toda la película en la cabeza.
Con Levando anclas conquistó el favor del público. Con Un americano en París se ganó a la crítica que unánimemente reconoció su talento. El filme le granjeó un cierto halo de intelectual, y desde entonces salió del cerrado círculo hollywoodiense de comediantes y estrellas del musical, para frecuentar a escritores y artistas en los saraos de culturetas del Atlántico al Pacífico. Sin embargo fue Cantando bajo la lluvia, una cinta que en sus orígenes no tenía más pretensión que la comercial, la que iba a otorgarle fama y brillo imperecederos. Su archifamoso número pisando charcos o el gracioso trío del good morning con Debbie Reynolds y Donald O'Connor, además de su formidable guión, han convertido al filme en un clásico, acaso el mayor clásico del cine musical. Kelly cultivó también una estudiada imagen de ambigüedad sexual que le causó no pocos problemas con la censura. Sus camisetas a rayas, pantalones ceñidos, gorras ladeadas y anclas tatuadas le convirtieron pronto en un icono gay.
Ofrecemos hoy en nuestra modesta filmoteca un enlace para visionar la simpática escena de Gene Kelly con el ratón Jerry, número que forma parte de Levando anclas (1945). Haced clic en la foto y disfrutad unos minutos con el trabajo de este formidable actor y bailarín.

Próxima entrega: Bing Crosby



domingo, 14 de mayo de 2017

RELATIVIDAD ESPECIAL: LA PUERTA A UN UNIVERSO NUEVO


Publicado en nuestro anterior blog en diciembre de 2012


En determinadas condiciones ideales (a nivel del mar y con una temperatura de 20º C) las ondas sonoras se propagan a la velocidad, relativamente modesta, de 343 metros por segundo.
La luz es mucho más veloz. La velocidad de la luz en el vacío se estima en unos 300.000 kilómetros por segundo (más concretamente, 299.792.458 metros por segundo). Pero el que sea abrumadoramente mayor no es el único detalle que hace diferente la velocidad de la luz comparada con la del sonido. Mientras que esta última varía para cualquier observador que se mueva respecto a la fuente del sonido, la velocidad de la luz en el vacío es la misma y permanece constante para todos los observadores, con independencia del movimiento de estos y de la fuente de luz.

Esta extraordinaria característica de la luz indujo al joven Einstein en 1905, a deducir lo que denominó la relatividad de la simultaneidad. En efecto, dos sucesos que ocurran de forma simultánea para un observador que se encuentre en el sistema donde se producen, pueden suceder en distintos momentos para otro observador que se mueva en relación al sistema. Un ejemplo clásico: imaginad un vagón de tren bastante largo. Hay dos viajeros (o mejor, dos ingenios mecánicos) situados en cada uno de los dos extremos de ese larguísimo vagón. Ambos han sincronizado a la perfección sus relojes, y les pedimos que en determinado momento, conecten las linternas que les hemos proporcionado. Situamos en el punto central del vagón, equidistante de ambos viajeros, a un observador (o mejor, un dispositivo sensor muy preciso). Suponiendo que ambos viajeros actúen de forma eficiente, el observador del centro del vagón percibirá que ambas linternas se iluminan de manera simultánea.
Ahora bien, alejémonos del sistema (el vagón) y situemos un segundo observador parado en el andén de la estación por la que el tren pasará sin detenerse. Desde este punto de observación externo, se apreciará con claridad que se enciende primero la luz del viajero situado en el extremo del vagón más próximo al sentido de la marcha del tren, y posteriormente la del viajero situado en el extremo más alejado. La magnitud del desfase temporal dependerá naturalmente de la velocidad del convoy y de la longitud del vagón, pero sin duda existirá desfase.


Del mismo modo, si viajamos a bordo de un avión que se mueve con una velocidad constante respecto del suelo, es decir, en un sistema de referencia en movimiento, y no se nos permite mirar por la ventanilla el movimiento del paisaje, no podemos saber a qué velocidad nos movemos. Perfectamente podríamos estar siendo engañados, encerrados en un vehículo detenido.

En su artículo publicado cuando Albert Einstein tenía solo veintiséis años, y era un modesto empleado de la oficina de patentes de Berna, estableció también la celebérrima ecuación E=mc2, conocida como la ley de equivalencia de masa y energía. La fórmula expresa en esencia que la masa de un cuerpo es la medida de su contenido energético, siendo c la velocidad de la luz en el vacío. Hasta 1915, año de la publicación de la teoría general de la relatividad, Einstein no completó el monumental corpus doctrinalis iniciado con su teoría especial, sin embargo, ya en 1905 el joven científico abrió un horizonte nuevo y fantástico a la comprensión del universo físico, que todavía hoy, y probablemente por mucho tiempo, se sigue y seguirá desarrollando.


Las implicaciones de la teoría especial de la relatividad son extraordinarias. La que con mayor fuerza salta a la vista es que, dado que el tiempo está relacionado con la velocidad a la que se viaja, no puede existir un único reloj universal con el que puedan sincronizarse todos los demás. Para un viajero que se aleje de la Tierra a una velocidad próxima a la de la luz, todo el tiempo de nuestra existencia puede ser un simple parpadeo. Al regresar sólo unas horas más tarde según su reloj, descubriría que todos hemos desaparecido hace siglos…
Por otra parte, la expresión E=mc2 con su prodigiosa y sencilla belleza, explica algo tan elemental como por qué brilla el Sol. En su interior continuamente se fusionan grupos de cuatro núcleos de hidrógeno, para formar un solo núcleo de helio, con una masa menor que la suma de los cuatro núcleos de hidrógeno que se fusionaron para formarlo. Ateniéndonos a E=mc2, la masa m que se pierde en la fusión origina una energía E. En el centro del astro cada segundo las reacciones de fusión convierten 700 millones de toneladas de hidrógeno en helio, liberando enormes cantidades de energía que permiten que el Sol caliente la Tierra y dé lugar a la creación de vida.

También se deduce de la teoría y de la propia fórmula, que ningún objeto puede alcanzar jamás una velocidad superior a la de la luz. Pero esta ya es otra cuestión. La trataremos seguramente en una próxima ocasión…


Detrás de cada gran hombre hay una gran mujer. Algunos tienen además esposa.  Groucho Marx.


jueves, 11 de mayo de 2017

ANDRÉS BELLO, EL GRAN HUMANISTA AMERICANO


Este caraqueño de nacimiento y chileno de adopción vio la primera luz en 1781, en la capital de lo que entonces se llamaba Capitanía General de Venezuela. Era su nombre completo Andrés de Jesús María y José Bello López. Fue el primogénito de Bartolomé Bello, un prestigioso jurista de aquella Caracas colonial. En 1800, cuando aun era un muchacho de diecinueve años, tuvo la oportunidad de acompañar a los célebres naturalistas Humboldt y Bonpland, en su exploración del Cerro Ávila. Para entonces el joven Andrés era ya un consumado latinista que había traducido al castellano la Eneida de Virgilio. Bello fue nada menos que el maestro de Simón Bolívar, participó activamente en el proceso revolucionario que condujo a la independencia de su patria, y formó parte de la legación diplomática venezolana en Londres, donde residió durante dos décadas.


A partir de 1829 se trasladó a Chile, donde además de impartir su magisterio, llegó a ocupar un escaño en su Senado y redactó el Código Civil chileno, una pieza jurídica extraordinariamente avanzada para su época. Fue también el primer rector de la Universidad de Santiago. La nacionalidad chilena le fue otorgada en 1832 por el Congreso Nacional. Andrés Bello fue con toda probabilidad el principal humanista americano de su generación. Destacó como jurista, pedagogo, historiador, gramático, traductor, filólogo, político y ensayista. Sin embargo, hoy en el blog de Bigotini vamos a destacar su faceta literaria y poética, campo en el que brilló con igual o mayor intensidad. Os ofrecemos el enlace (haced clic en la ilustración) para deleitaros con la lectura de su conocido poema El cóndor y el poeta. Disfrutad de ella y sirva como modesto homenaje al recuerdo del que fue gran americano y gran hombre de su tiempo.

-¿Cómo se dice nariz en inglés?
-Nose.
-¡Vaya, otro que no lo sabe!



domingo, 7 de mayo de 2017

EL PICO DEL ORNITORRINCO Y OTROS ÓRGANOS PRODIGIOSOS


Publicado en nuestro antiguo blog en abril de 2012

Los museos europeos que recibieron hace doscientos años los primeros ornitorrincos disecados, pensaron que se trataba de una broma pesada de los taxidermistas. Era una especie de trabajo de rompecabezas, de colage zoológico hecho con partes de mamífero y partes de ave. Cuando poco a poco se fueron disipando las dudas, el primer nombre científico que recibió la especie fue el de Ornithorhynchus paradoxus, porque hay que reconocer que un bicho con esa pinta parecía una paradoja viviente. Si esta primera reacción puede justificarse por la rareza del hallazgo, lo que no tiene ninguna justificación es la postura de algunos zoólogos y naturalistas que mucho tiempo después (incluso ahora mismo), califican al ornitorrinco de “primitivo”. Ya hemos dicho varias veces, hablando de la evolución de las especies, que es un grave error considerar a las especies extinguidas como primitivas o imperfectas, contraponiéndolas a las actuales, que vendríamos a ser una especie de dechado de perfecciones, “la culminación del plan divino”. Esta forma de pensar es creacionista y religiosa en las peores acepciones de ambos términos, cuando se emplean para negar la evidencia científica. Si no tenemos la prevención de evitar este tipo de falso razonamiento, correremos riesgos importantes.


A lo largo de la historia del planeta, las diferentes especies sencillamente se han ido sucediendo unas a otras, por medio de adaptaciones a las condiciones siempre cambiantes de los distintos hábitats. Sin embargo, cualquier herbívoro del oligoceno era tan hermoso, tan veloz y tan “perfecto” como las actuales gacelas; y el tiranosaurio o el tigre dientes de sable eran unos depredadores eficacísimos, magníficamente adaptados cada uno a su medio natural, y por supuesto muy exitosos como especie a juzgar por la sorprendente cantidad de restos fósiles que se han encontrado y aun se siguen encontrando de ellos. Si podemos afirmar esto de especies ya extinguidas, ¿qué no podremos decir de otras como sin ir más lejos el ornitorrinco, que sobreviven en nuestro mundo actual?


El ornitorrinco comparte con nosotros, los demás mamíferos, un antepasado común que debió vivir hace unos 180 millones de años. Probablemente fue un eupantoterio, como el Henkelotherium que aparece en la ilustración, un animal peludo parecido a una musaraña, con un solo orificio posterior o cloaca, que ponía huevos. Si os sorprende su aspecto “moderno”, recordad que es tan antepasado nuestro como lo es del ornitorrinco o de un ratón actual. El hecho de que se parezca más a un ratón que a una ballena o a una vaca, no deja de ser puramente casual, insisto en que todos los mamíferos (monotremas, marsupiales y placentados) somos igualmente descendientes suyos. Admitido esto, fijaos en lo siguiente: a partir de los eupantoterios, el ornitorrinco ha tenido el mismo tiempo para evolucionar que la ballena, la vaca o nosotros; concretamente 180 millones de años, así que el ornitorrinco es tan evolucionado y moderno como lo somos todos los demás.

Si a pesar de este argumento de peso, todavía hay alguien que se empeñe en calificar al ornitorrinco de primitivo por ciertos detalles más propios de aves y reptiles que de mamíferos, tales como tener cloaca, garras palmeadas y membranosas como las aves acuáticas, ser ovíparo, y esconder un espolón en las garras traseras que inyecta un veneno mortal, bastaría para derribar esta imagen de antigualla con que nos fijemos en el prodigioso pico de este animal, un órgano evolucionado y perfeccionado a lo largo de muchos miles de años de evolución, una maravilla de la naturaleza. Un trabajo perfecto.


El pintoresco pico del ornitorrinco, parecido al del pato Donald, está dotado nada menos que con un dispositivo de reconocimiento que convierte a los radares más sofisticados en poco menos que trastos inservibles. Sir Everard Home, uno de los primeros naturalistas en estudiar la especie, ya advirtió en 1802 que “la rama del nervio trigémino que inerva la cara es extraordinariamente grande. Esta circunstancia nos lleva a colegir que la sensibilidad de las diversas partes del pico debe ser notable y que, por consiguiente, este órgano cumple la función de una mano y es capaz de realizar sutiles discernimientos táctiles”, Sir Everard no se equivocaba. El ornitorrinco vive cerca de turbios riachuelos y remansos, donde se sumerge con los ojos y los oídos cerrados, para obtener el alimento. 


Cuando una gamba de agua dulce, presa típica, se mueve en el fondo cenagoso, inevitablemente se genera un débil campo eléctrico. Un ordenador capaz de procesar datos procedentes de una larga serie de sensores, podría calcular la fuente de ese campo eléctrico. El ornitorrinco no lo necesita. Su sensible pico es más que suficiente. Su cerebro realiza inmediatamente el cálculo, luego un rápido movimiento y ¡zas!, pieza capturada. Quienes han observado esta técnica de caza en su medio natural, darán fe de su extraordinaria eficacia. El pico del ornitorrinco posee unos 40.000 sensores eléctricos distribuidos en franjas longitudinales por ambas caras. Tiene además unos 60.000 sensores mecánicos llamados empujadores, diseminados por toda la superficie del pico. Y naturalmente, existen áreas cerebrales especializadas en registrar, procesar y responder en una milésima de segundo. ¿No está mal, verdad? Manger y Pettigrew, en un trabajo extraordinario, realizaron un modelo tridimensional que reproduzco aquí, y que ayuda a darse una idea de cómo funciona este curioso órgano.

La propiedad de convergencia que tiene la evolución, y de la que prometo ocuparme cualquier día de estos, es responsable de otros órganos parecidos, aunque de origen muy distinto, en animales tan alejados filogenéticamente del ornitorrinco, como pueda ser por ejemplo el pez espátula (Polyodon spathula), entre otros. Distinta rama evolutiva, distinto origen, pero el mismo ingenioso resultado. En fin, que no hay que fiarse de las apariencias. La del ornitorrinco puede ser cómica y hasta grotesca, pero amigo, ¡qué extraordinario mecanismo de precisión, qué increíble adaptación a su medio, y qué éxito evolutivo!

El día que yo nací, mi madre no estaba en casa.  Miguel Gila.



jueves, 4 de mayo de 2017

VOLTAIRE, EL PALADÍN DE LA TOLERANCIA


François-Marie Arouet, más conocido por su seudónimo de Voltaire, fue un parisino nacido en 1694. Era el quinto hijo de una familia burguesa de provincias que prosperó durante los últimos años del reinado de Luis XIV, el mítico rey sol. Cursó sus primeros estudios con los jesuitas, y escribió su primera tragedia (Amulius y Numitor) a la temprana edad de doce años. Inició luego sus estudios de Derecho, quedando en esos años bajo la tutela de su padrino, el Abad de Châteauneuf, hombre que a pesar de su cargo eclesiástico y su aspecto venerable, introdujo a su pupilo en una vida disipada. El joven François-Marie formó parte de la Sociedad del Temple, que era célebre por las costumbres libertinas de sus miembros. Recibió entonces una cuantiosa suma de manos de Ninon de Lenclos, famosa cortesana que prendada del muchacho, invirtió en él parte de su fortuna.

Obtuvo un empleo como secretario de la embajada francesa en La Haya, del que fue despedido tras protagonizar un episodio galante con cierta refugiada política. Tras la muerte de Luis XIV asumió la regencia el duque de Orleans. Nuestro joven intelectual escribió contra él y su hija, la duquesa de Berry, una descarnada sátira, que le granjeó una condena de reclusión en la Bastilla. Allí prosiguió sus estudios literarios y escribió su tragedia Edipo, que obtuvo gran éxito de crítica. Sufrió más tarde destierro en una remota provincia francesa, y después en Inglaterra, tras mantener una agria disputa con un joven de la nobleza, en competencia por los favores de una dama. Fue al parecer en este tiempo cuando adoptó el seudónimo de Voltaire, en el que algunos han creído encontrar complicados anagramas, pero que seguramente no es más que un vulgarismo derivado del adjetivo revoltai (revoltoso).

En Gran Bretaña se empapó de las ideas científicas y filosóficas de hombres de la talla de Newton o Locke. En sus obras Historia de Carlos XII y Cartas filosóficas, criticó con dureza el inmovilismo y la intolerancia de la sociedad francesa de la época, y fue precisamente en este tiempo, hacia 1734, cuando aparece en su pensamiento el concepto de tolerancia, una idea-fuerza que iba a caracterizar el resto de su obra y de su trayectoria intelectual. Esa década de los treinta y el principio de la siguiente, fueron quizá las más prolíficas de nuestro hombre. Zaire, Adelaide du Guesclin, La muerte de César, Alzira, El hijo pródigo, Mérope o El fanatismo (subtitulada Mahoma), constituyen otros tantos ejemplos de esta línea de pensamiento. Precisamente esta última obra fue prohibida en 1742. Marchó a Berlín, siendo acogido en la Corte de Federico el Grande, hasta que, como producto de una disputa con el monarca, fue también expulsado de Alemania.


Voltaire se refugió en Ginebra, donde sus ideas tolerantes chocaron con la intransigencia de los calvinistas. En particular un opúsculo dedicado al martirio de Miguel Servet, escandalizó a los ginebrinos y le granjeó nuevos enemigos. Paradójicamente, este incansable predicador de la tolerancia, encontró intolerancia y rechazo allí donde fue. Tampoco los católicos le tenían demasiado cariño. Su colaboración con la Enciclopedia de Diderot y D'Alambert y el poema que dedicó a Juana de Arco en 1755, no sentaron nada bien a la jerarquía eclesiástica. Tampoco gustó a sus muchos enemigos su encendida defensa de la abolición de la esclavitud. Voltaire satirizó a clérigos, nobles, militares y reyes. Se instaló en su residencia de Ferney, donde se dedicó a recibir a sus amigos y a redactar sus polémicos escritos. En la década de 1760 completó su Tratado sobre la tolerancia, en el que defendió la libertad y se opuso frontalmente al dogmatismo y al fanatismo. Voltaire falleció en París en 1778. Además de las obras citadas, cabe destacar Zadig o El destino, Nanine o El prejuicio vencido, Cándido o El optimismo, Diccionario filosófico y El filósofo ignorante, entre otras muchas que debemos a la pluma de este gran hombre que supo anteponer los sagrados principios de la tolerancia y la libertad a todo cuanto desde la dogmática e intolerante sociedad de su época le pretendió ser impuesto.

Hijo, para ser un hombre debes conocer el éxito y el fracaso, y desconfiar de ambos. Rudyard Kipling.