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sábado, 22 de julio de 2017

LAGRANGE, EL SABIO MEDROSO


Lagrange
Joseph Louis o Giuseppe Luigi Lagrange, medio francés, medio italiano, nació en Turín en 1736, en el seno de una familia parisina con raíces en Cerdeña, isla a la que siempre le unió un especial vínculo. Único superviviente de once hermanos, estudió en la Universidad de Turín. Siendo apenas un adolescente descubrió su pasión por las matemáticas, a la que se entregaría el resto de su vida. Con solo diecinueve años, halló un nuevo método para el cálculo de variaciones que dejó asombrado al propio Leonhard Euler, por entonces el más prestigioso matemático europeo. Euler tuvo con el joven Lagrange la deferencia de retrasar la publicación de uno de sus artículos sobre la materia, para permitir que aquella joven promesa completara su trabajo. Todo un detalle. Pasó Lagrange a formar parte del claustro de profesores de la Academia Militar de Cerdeña, tras ser nombrado para el cargo por Carlos Manuel, el rey sardo. Allí con ayuda de sus alumnos, completó en 1758 los cinco volúmenes de su monumental obra Miscellanea Taurinensia, así llamada por publicarse bajo el patrocinio de la Academia de Turín.

Federico el Grande
Cuando Euler marchó a Rusia, Lagrange ocupó su lugar en la Corte prusiana de Federico el Grande, dirigiendo la Academia de Ciencias de Berlín, que en aquel tiempo era la más prestigiosa de Europa. Lagrange era un hombre pusilánime y medroso. Desde niño su salud fue muy precaria, y en su etapa prusiana se propuso hallar un método científico para mejorarla. Lo cierto es que finalmente lo consiguió aplicándose una severa disciplina de horas de trabajo, descanso, alimentación, etc. Su método consideraba cuerpo y mente como sendas máquinas, algo muy celebrado en los ambientes científicos de la época. A la muerte de Federico el Grande, su protector, recibió ofertas de España, Nápoles y París. Se decidió por esta última por considerar el clima parisino más semejante al de Berlín, al que ya se había acostumbrado. Sin embargo, no eligió bien el momento, puesto que al poco de su llegada se produjeron los primeros sucesos de la Revolución. Lagrange vivió esta etapa revolucionaria sumido en el más pavoroso terror. Sus alumnos aseguraban que temblaba cuando con un hilo de voz, dictaba sus lecciones. Quiso huir de Francia, y cuando un grupo de ciudadanos irrumpió en su casa para nombrarlo presidente de la Comisión para la Reforma de Pesos y Medidas, el pobre Lagrange pensó que había llegado su última hora.

Aceptó el cargo, y a sugerencia suya, Francia adoptó el sistema métrico decimal. Más tarde fue excluido del decreto que obligaba a los extranjeros a abandonar Francia, el gobierno revolucionario le nombró profesor de la Escuela Politécnica, y después Napoleón le cubrió de honores. Ya mayor, contrajo un desgraciado y breve matrimonio con una jovencita que se declaró al sabio ante la incredulidad de propios y extraños. Acaso aceptó Lagrange por temor a contrariarla. Fue senador, oficial de la Legión de Honor y Gran Cruz de la Imperial Orden de Reunión. Falleció en 1813, hubo quien dijo que de miedo, siendo enterrado con gran ceremonia en el Panteón de París. En cuanto a su obra, Joseph Louis Lagrange sobresalió en las series recursivas, el cálculo de probabilidades y el de variaciones. También brilló en la dinámica, enunciando el principio de mínima acción y en el cálculo integral. Además de gran matemático, fue un notable astrónomo, destacando sus trabajos sobre el sistema joviano, la libración de la luna o las trayectorias de los cometas. Un asteroide y un cráter lunar fueron bautizados con su nombre.
Tal es la historia del ciudadano Joseph Louis Lagrange, conde de Lagrange, uno de los sabios más miedosos de que se tiene noticia, pero también uno de los más grandes hombres de ciencia de todos los tiempos. Bigotini brinda por su memoria, procurando no levantar demasiado la voz.

El miedo es ese cuarto oscuro donde se nos revelan los negativos de nuestros terrores. Michael Pritchard.



miércoles, 19 de julio de 2017

EDWARD TENNYSON REED Y LOS CAVERNÍCOLAS


Nacido en 1860 y fallecido en 1933, el londinense Edward Tennyson Reed fue uno de los principales exponentes de la ilustración británica del cambio de siglo.
Su medio natural fue la célebre revista Punch, donde publicó un sinfín de caricaturas políticas de carácter satírico. Su serie de dibujos más celebrada fue sin duda la que realizó caricaturizando a los cavernícolas, los llamados Prehistorics Peeps, un tema muy popular en la Inglaterra de su tiempo, donde se dividió la sociedad entre partidarios y detractores de las leyes de la evolución enunciadas por Darwin. En esto tuvo Tennyson muchos seguidores, entre los que sobresalió el americano Opper.

También destacó Tennyson en la ilustración convencional. A su plumilla se deben una serie de retratos de los parlamentarios británicos, realizados con la puerta del Parlamento como fondo. En esta modesta Historia del Cómic y la Ilustración no podíamos dejar de incluir a un dibujante de su talla. Os dejamos como ejemplo de su ingente trabajo y su gran talento, una serie de dibujos que esperamos agraden a nuestros seguidores.

















lunes, 17 de julio de 2017

HOWARD HAWKS. OFICIO Y TALENTO




Alguien que es capaz de conseguir que Gary Cooper hiciera reír al público o que John Wayne actuara, tiene que ser muy bueno. Ese alguien era Howard Hawks, un director con oficio, pero también mucho más que eso, un hombre de cine, un verdadero artista.
Hawks se desenvolvió con igual soltura en la comedia, el western o el drama. Dirigió a las más rutilantes estrellas de Hollywood y se ganó el respeto y la admiración de propios y extraños. Como no frecuentaba los ambientes intelectuales de su tiempo, su talento no fue reconocido hasta varias décadas después de que ya fuera un cineasta importante. A ello contribuyeron de forma decisiva los críticos franceses de Cahiers du Cinèma adscritos a la moda europea del reencuentro con el cine clásico. Él nunca se consideró un artista. Recibió de manos de Wayne su Oscar honorífico con la naturalidad de quien acepta una cerveza.
En Filmoteca Bigotini tenemos la satisfacción de ofrecer a nuestros lectores el enlace para visionar un formidable documental sobre la vida y la obra de este gran director. Haced clic en la foto porque merece la pena, os lo aseguro.

Próxima entrega: Bette Davis




viernes, 14 de julio de 2017

LANGUEDOC, ROSELLÓN Y PROVENZA. TRAS LAS HUELLAS DE ARAGÓN


Un caluroso verano, Bigotini y sus chicas, ávidos de aventuras, cargaron el auto de maletas y cruzaron la frontera francesa por los puertos andorranos, para internarse en el Midí francés, recorriendo los caminos de aquellas tierras que un día pertenecieron a la Corona de Aragón.
Los rótulos de calles y plazas, que en muchos lugares alternan el francés con la langue d'Oc u occitano y el provenzal, viejas lenguas romances que antaño se hablaron por allí, recuerdan aquel remoto pasado y reviven sentimientos de antigua hermandad. Aún en alguna plaza, puede el viajero escuchar a algún grupo de ancianos expresarse en un perfecto castellano. Son viejos exiliados españoles que echaron raíces en su patria de adopción transpirenáica.

Carcassone

La primera parada Foix, capital del antiguo condado, hermosa ciudad amurallada que creció a la sombra de su vetusto castillo en que destacan sus tres esbeltas torres. Calles serpenteantes conducen, siempre cuesta arriba, hasta las mismas puertas de la fortaleza medieval. Como resulta imprescindible reponer fuerzas, lo más apropiado es el típico cassoulet, acaso el plato más emblemático de la región, donde las alubias se acompañan de jugosas salchichas o sabrosos muslos de pato. Es también imponente la iglesia de San Volusiano, un monumento gótico admirable. Un breve desvío a oriente desde Foix conduce a Carcasona, ejemplo de conservación urbanística con su vieja ciudadela porticada que atrae turistas por millares como la miel a las moscas.

Albí

El conjunto fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1997. Los grandes sillares tiznados de hollines seculares recuerdan ecos de hogueras, torturas y matanzas, cuando los cruzados aniquilaron allí a los herejes cátaros, extirpando a sangre y fuego la herejía albigense. Tan recomendable como la propia ciudadela es aquí el viejo cementerio que se alza extramuros con sus imponentes cipreses y sus abigarradas tumbas decimonónicas. Si el turista ha cobrado alguna afición al cassoulet, en Carcasona lo hallará en sus más variadas versiones, incluidas algunas tan modernas como las que lo presentan envuelto en un canelón y flanqueado por delicias de pato. Es este simpático ánade en Francia el equivalente a nuestro cerdo, del que se aprovecha hasta el último centímetro.

Por una pintoresca y angosta carretera sembrada de curvas cerradas, puede llegarse hasta Albí, cuna de los famosos albigenses de la herejía. También puede hacerse el trayecto por la autopista, pero Bigotini y las chicas prefirieron la carretera, sin prever que se verían sorprendidos por la mayor tormenta que vieron los siglos. Superadas la cortina de agua, las interminables curvas y la procelosa oscuridad, Albí recibió con los brazos abiertos a los viajeros. La ciudad roja debe el calificativo al color bermejo de sus muros, construidos con calizas rojizas que se extrajeron de las canteras cercanas. Destaca en Albi la roja catedral, el claustro recoleto de su vieja abadía, y la casa-museo de Toulouse Lautrec, un imponente palacio donde nació y creció (en espíritu, que no en cuerpo) el genial artista. Puede visitarse su interior donde se conservan algunos grabados y dibujos de su etapa juvenil.


Aix-en-Provence fue la siguiente parada. Se trata de la vieja Aquae Sextiae de los romanos, ciudad termal que guarda celosamente las Bocas del Ródano, y fue capital de la Galia Narbonense. Aix es una ciudad deliciosamente provenzal y provinciana, donde da gusto pasear. Naturales y forasteros lo hacen por su famoso Cours Mirabeau, un sombreado paseo adornado por varias fuentes monumentales, que conduce a la plaza de los delfines, presidida por la fuente del mismo nombre. En la arquitectura religiosa destacan las iglesias del Salvador, de Notre Dame, del Espíritu Santo, de San Juan de Malta y de la Magdalena. La gastronomía provenzal ofrece exquisiteces que nada tienen que envidiar a las de los mejores restaurantes parisinos, a precios notablemente más razonables. A destacar los estofados y las bullabesas de pescado, que suelen acompañarse de sus tostaditas con ali-oli.

Arlés

Nimes y Arlés son dos joyas engastadas en la corona provenzal. Monumentales vestigios romanos son sus asombrosos coliseos. Cuna de toros y toreros, ambas ciudades se disputan la capitalidad de la Francia taurina. Esa Francia gitana de los gipsy kings, patria del lolailo y las deliciosas tapenades de aceitunas, se alza ante el viajero, imponente y fantástica. El coso de Arlés, está rodeado del otro coso urbano, curvilíneo y abigarrado hervidero de bares, gitanas y rumberos. Para acompañar las tapenades conviene pedir unos calamares a la plancha.


Conviene también abandonar de vez en cuando los escenarios urbanos, para perderse en el campo. El interior de la Provenza está tachonado de fragantes plantaciones de lavanda que surten a la floreciente (y floral) industria perfumera francesa. Hacia el sur se extiende la Camarga, extensa marisma litoral azotada por el mistral. Las manadas de caballos blancos de hocicos rosados trotan por las playas salpicando de sal los sentidos y el alma. Galopa caballo cuatralbo, jinete del pueblo, que la tierra es tuya. En el interior hay aldeas bellísimas de calles estrechas y ventanas floridas. En el litoral, pueblos multicolores, casitas de juguete, y barcas con velas latinas, meciéndose en el abrigo de los puertos. Esta es la Provenza y esta es la Camarga. Ambas sedujeron a pintores tan importantes como Matisse, Monet, Renoir, Degas, Cézanne o Van Gogh, que quedaron deslumbrados por su luz.




Nuestro periplo debía conducirnos todavía a Aviñón. La ciudad papal al pie de los Alpes Marítimos, es uno de los más deliciosos lugares que pueden visitarse en Europa. Conserva Aviñón también sus antiguas murallas, defensa de la fe y del católico dogma en aquellos difíciles años de trinchera religiosa. El palacio de los pontífices es una construcción más militar que civil. También es famoso el puente, y no solo por la célebre canción infantil. Un puente sobre el Ródano cortado en su mitad es la mejor metáfora de aquel tiempo heroico truncado por la ambición de los príncipes. Curiosamente la palabra pontífice designa al constructor de puentes, y precisamente el puente de los pontífices quedó a medio construir. Marisol, Laura y Bigotini se alojaron en un céntrico hotel de la bulliciosa y peatonal calle principal de Aviñón. Sin calcularlo se hallaron en pleno festival del teatro, un acontecimiento que anualmente acoge la ciudad.

Avignon

Los grupos teatrales animan las calles en esos días. Todo es música, risas y bulliciosa felicidad. Una cena en el velador de una tranquila plaza puede de repente convertirse en un espectáculo en el que una compañía de actores se desnuda frente a los comensales y entona una canción a capella. Pero como al fin todo se acaba, aquel feliz viaje terminó, y los viajeros tuvieron que regresar a las rutinarias obligaciones. Atrás quedó el mistral azotando los rostros. Atrás quedaron los históricos escenarios y los ecos de un pasado romántico. Atrás las maravillas culinarias...
Bigotini y las chicas se despidieron de su periplo francés con una copa de fragante vino de las costas del Ródano, un néctar afrutado que debe disfrutarse como la propia vida, a pequeños sorbos. Salud.


¿Alguien sabe en dónde se hará el próximo festival de Cannes? Christina Aguilera.



martes, 11 de julio de 2017

JUAN BOSCÁN Y LA NUEVA LÍRICA CASTELLANA


Juan Boscán es el nombre castellanizado del barcelonés Joan Boscà i Almogàver. Nació el mágico año de 1492, en el que concluyó la Reconquista con la toma de Granada, y se produjo el primer viaje de Colón a América, una fecha clave en la Historia de España y en la Historia universal. Era Boscán hijo de hidalgos catalanes, familia acomodada en cuyo seno recibió una educación esmerada. Desde joven tuvo cargos en la Corte, primero con los Reyes Católicos, después durante la regencia de Fernando de Aragón, y finalmente en el reinado del emperador Carlos. Fue también el preceptor de Don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, el famoso Duque de Alba que durante décadas habría de ser acaso el personaje más poderoso e influyente de Europa, sólo superado por el propio Carlos I. Boscán actuó como embajador español en Italia, tratando a los más importantes príncipes de su generación.


Pero ya sabéis que en Biblioteca Bigotini nos interesa sobre todo la faceta literaria de los autores. En este sentido, Juan Boscán forma, junto a Garcilaso de la Vega y Diego Hurtado de Mendoza, el trío de inmortales poetas del Alto Renacimiento en lengua castellana. En esto podemos encontrar un claro paralelismo con las tres coronas de la lírica italiana: Dante, Petrarca y Bocaccio. La comparación es en este caso pertinente, porque el trío de españoles (sobre todo Boscán y Garcilaso) fueron los introductores de la métrica italiana en nuestro romance castellano. En el caso de Garcilaso por convicción propia, y en el de Juan Boscán por la influencia, y según sus propias palabras, el ruego que le hizo paseando por los jardines del Generalife granadino el gran humanista Andrea Navagiero, que a la sazón ejercía como embajador de la serenísima República veneciana. Hasta entonces la poesía castellana se había caracterizado por el uso del octosílabo y el dodecasílabo. Boscán adoptó el itálico modo, introduciendo los versos endecasílabos que arraigarían con firmeza en el abonado terreno de nuestra poesía, caracterizando desde entonces la lírica del Siglo de Oro y del Barroco.
También destacó Boscán como traductor. En este terreno, su trabajo más importante fue la traducción de El Cortesano (1528), la inmortal obra de Baltasar Castiglione.

La obra poética de Juan Boscán fue publicada en Barcelona tras su muerte, por su viuda, Doña Ana Girón de Rebolledo, una ilustrada y noble dama valenciana. Biblioteca Bigotini se complace en ofrecer a sus lectores una formidable versión digital, tomada de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, de la Obra Completa de Boscán. Sigue la edición princeps que se imprimió en 1543 en el taller de Carles Amorós, y que contenía también algunos poemas de Garcilaso.
Haced clic en la portada y saboread como merece la exquisita lírica de este poeta mayúsculo.

La Historia cuenta lo que sucedió. La poesía, lo que debió suceder.



viernes, 7 de julio de 2017

EL CASO DEL RETRATO DEL ZAR NICOLÁS EL SANGUINARIO


En un atardecer otoñal y londinense, a esa hora ubicua y papirofléxica en que los viejos cocheros de alquiler se refugian en los pubs para entregarse en cuerpo y alma al vicio nefando del cinquillo, nos encontrábamos Sherlock Holmes y servidora en el gabinete de Baker street, envueltos en la espesa niebla del humo de su pipa, y en el sopor que produce el desaforado consumo de estupefacientes. La vieja señora Padmore, la casera, lanzó uno de sus gritos guturales, abrió la puerta de un puntapié, y dando tres volteretas y un salto mortal, se plantó en el centro geométrico de la alfombra persa. Yo saqué inmediatamente la cartulina del 10, mientras que Holmes, siempre más exigente, le concedió un 7. La casera anunció al visitante: un tal Mr. Korceniovsky, solicita ser recibido, dijo, pero aquel sujeto con cara de comadreja divorciada y modales de subinspector de hacienda, estaba ya descaradamente plantado ante nosotros.

Señores, yo soy..., balbuceó en un inglés apenas inteligible con su voz impostada de barítono checoslovaco. Holmes le atajó con un gesto elegante pero firme, diciendo: caballero, usted es Mr. Korceniovsky, a lo que el aludido contestó entre maravillado y alérgico al látex: si.
Holmes, admirado de su propia perspicacia, se frotó las manos. Yo, admirado de la perspicacia de Holmes, me hurgué la nariz sin disimulo. El señor Korceniovsky, admirado de la perspicacia de Holmes, confundido por mi gesto un tanto ordinario, y acaso hambriento, se zampó dos sandwiches mixtos y seis salchichas con puré que la señora Padmore nos había preparado para cenar.
Y bien, inquirió el célebre detective, ¿cuál es su problema, amigo? Korceniovsky, completamente abatido, se hundió en el sillón de las visitas. El retrato del zar Nicolás el sanguinario ha asesinado a los tres últimos conservadores del museo de Kaliningrado. Como no habíamos entendido nada, Holmes y yo nos acercamos al sillón de las visitas donde se hallaba hundido Korceniovsky, y aproximando el oído al profundo hoyo entre los cojines, pudimos escuchar: el retrato del zar Nicolás el sanguinario ha asesinado a los tres últimos conservadores del museo de Kaliningrado. Tirando uno de cada brazo, conseguimos sacar del agujero del sillón a Korceniovsky, que tan aturdido como agradecido, repitió: el retrato del zar Nicolás el sanguinario ha asesinado a los tres últimos conservadores del museo...
...de Kalinigrado, terminó Holmes, ante nuestra sorpresa mayúscula.

El gran detective hizo un gesto displicente con la mano, que lo mismo podía significar que le dejáramos solo, como podía indicar que Budapest es la capital de Hungría. Korceniovsky y yo quedamos perplejos. Holmes nos agarró por el cuello y nos lanzó a ambos por el hueco de la escalera, con lo que terminamos de deducir que con el gesto displicente había querido decir que le dejáramos solo. Ascendimos la escalera a duras penas, y nos pusimos a espiarle por el ojo de la cerradura que, por una de esas felices coincidencias, atravesaba la puerta de parte a parte. Holmes permaneció meditando en su sillón e inyectándose morfina en la pantorrilla durante doce horas y catorce minutos. De súbito, se levantó como empujado por un resorte, y abriendo la puerta, anunció con gran alborozo: caballeros, el caso está resuelto.
Ante la esperanzada espectación de Korceniovsky, la mía, la del lechero y la del cartero del vecindario, que llevaban ya varias horas con nosotros esperando el desenlace del misterio, Holmes sentenció: el retrato del zar Nicolás el sanguinario es sordo como una tapia.


No acertaré a describir el estupor que nos causó aquella declaración. El genial detective, exultante de júbilo, nos llevó a patadas y empujones ante el retrato de su bisabuela Mildred, que presidía con gesto adusto el gabinete, y exclamó: ¿Es que no lo ven? Este retrato, como todos los retratos, es completamente sordo. Y luego, complaciéndose en su propia genialidad, aconsejó al bueno de Korceniovsky: vuelva usted a Kaliningrado y advierta al actual conservador que se situe frente al retrato del zar con un cartel escrito en ruso en el que le ruegue encarecidamente que no le asesine. Ya vera usted qué bien, hombre de Dios.
Allí nos abrazamos todos y lloramos como niños. Korceniovsky se despidió de Holmes agradecido, el lechero se despidió de la señora Padmore, y el cartero me tiró un beso guiñándome un ojo, lo que, la verdad, me dejó sin saber muy bien qué partido tomar. El día siguiente, ya más sosegados, Holmes y yo entonamos Dios salve a la reina, y nos tiramos por el balcón para, resbalando en el toldo de la frutería de abajo, caer perfectamente sentados en un coche descubierto que nos condujo al club. ¿Puede concebirse mayor felicidad?


Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por muy improbable que parezca, debe ser la verdad. Sir Arthur Connan Doyle.