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domingo, 30 de marzo de 2014

PUREZA GENÉTICA Y OTROS CUENTOS CHINOS

Entre los detractores de los cultivos transgénicos -tema que tratamos en un reciente artículo-, entre los enemigos de la experimentación con genes, y en general, entre los enemigos de cualquier progreso científico, parece muy extendido el concepto de una suerte de pureza biológica, cuyos adalides temen ver mancillada por lo que se ha dado en llamar contaminación genética. A poco que se profundice en la biología evolutiva, esta idea de pureza no puede menos que provocar una sonrisa compasiva. En efecto, si en el ámbito de la biología existe algo que puede ser calificado sin exageración de contaminado e impuro, ese algo es el ADN.

Para los datos contenidos en un pen-drive, un ordenador es un incitante y sugestivo paraíso, sobre todo si en esos datos se esconde un virus informático programado no sólo para duplicarse a sí mismo, sino para difundirse a otros ordenadores. Del mismo modo que un ordenador, el núcleo celular literalmente bulle en su ansiedad por copiar ADN. La maquinaria celular es excepcionalmente buena copiando ADN, porque está diseñada precisamente para eso. A la vez el ADN está ansioso por ser copiado. Para el ADN, el núcleo de la célula también es el paraíso.


Por supuesto también el ADN incluye códigos parasitarios, y la maquinaria celular está tan acomodada a la duplicación de ADN que no sorprende que las células sean anfitrionas de ADN parásito: virus, viroides, plásmidos y una morralla de otros compañeros de viaje genéticos. El ADN parásito logra incluso ser empalmado en los cromosomas con el resto del material genético “genuino”. Los llamados genes saltadores, fragmentos de ADN egoísta y otros elementos indeseables se cortan, se copian y se pegan a sí mismos en otros sitios de la espiral. Los mortales oncogenes causantes del cáncer resultan casi imposibles de distinguir de los genes legítimos entre los que se introducen. A lo largo de la Historia evolutiva ha habido y sigue habiendo un continuo trasiego de los genes decentes a los rebeldes y viceversa.


Y es que, amigos, el ADN es solamente eso: ADN. Lo único que distingue al ADN viral o parásito del original, es el método que elige para transmitirse a las generaciones futuras. Mientras el ADN legítimo sigue la ruta ortodoxa del óvulo o del semen, el ADN parásito busca una ruta más veloz y menos cooperativa, a través de una gota de estornudo o de sangre. Eso es todo. Así que, ¿dónde queda la famosa pureza? Desde las mitocondrias que parasitaron hace cientos de millones de años a células primitivas, todos los seres que habitamos este planeta no somos otra cosa que un amasijo de materia viva, impulsado por la avidez de la maquinaria celular y del ADN a copiar y ser copiado. Albergas en el interior de cada una de tus células larguísimos fragmentos de decenas de miles de bases completamente similares a los de una tortuga, un champiñón o el virus de la varicela.

Sin perjuicio de las elementales precauciones higiénicas, come sin miedo, haz el amor sin miedo y vive sin miedo. Piensa que precisamente en la contaminación genética está el origen de lo que somos y de cuanto nos rodea.

María, por fin he encontrado el punto g, y ¿sabes?, ¡lo tenía tu hermana!