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miércoles, 12 de marzo de 2014

SÓCRATES. EL APÓSTOL DEL PENSAMIENTO LIBRE

Durante su célebre Edad Dorada, Atenas fue sin duda el centro cultural del mundo. Y durante aquellas décadas prodigiosas, Sócrates fue el ateniense más brillante. No sólo eso. Probablemente la de Sócrates fue una de las mentes más preclaras que han existido jamás. Personas como él son capaces de reconciliarnos con el género humano. Nació en Atenas en 470 a.C. Era el hijo de una comadrona y de un escultor, y durante su primera juventud trabajó en el taller de su padre, a quien se atribuyó el conjunto escultórico de las tres Gracias que estuvo situado en la entrada de la Acrópolis hasta el siglo II a.C. Quizá el propio Sócrates colaboró en su talla. La suya era una familia de ciudadanos libres, pero no ricos. El joven Sócrates participó como hoplita (soldado de a pie) en tres batallas de la guerra del Peloponeso que enfrentó Atenas contra Esparta.


A juzgar por las descripciones de quienes le conocieron bien, Sócrates era un tipo bajito, barrigudo, con la nariz grande, los ojos saltones y una calvicie prematura. Alcibíades lo comparó con Sileno, el sirviente borrachín de Dioniso, que acompañaba a las bacantes, sosteniéndose a duras penas sobre su asno. Pero el atractivo de Sócrates sin duda radicaba en su lúcida inteligencia. Sorprende cómo su pensamiento y su metodología racionales consiguieron abrirse paso en un entorno hostil dominado por las supersticiones. Solo sé que no sé nada, es la célebre frase que frecuentemente se le atribuye, y que resume de forma sumaria la mayéutica que preconizó. Un método inductivo que mediante el continuo planteamiento de preguntas, conduce a la resolución de los problemas. Sócrates al parecer nunca escribió ni una línea. Era un gran dialéctico dotado de una finísima ironía que conseguía desarmar a sus adversarios. Para él el conocimiento debía conducir a restaurar la relación entre el hombre y la naturaleza.


Sócrates no vendía certezas, sino incertidumbres. Todo debe ponerse en duda. No debe aceptarse ningún dogma. Cualquier aseveración será puesta en tela de juicio y sometida a riguroso escrutinio… Aun no estamos ante el rigor del método científico cartesiano, pero hay que reconocer que el pensamiento socrático se acerca bastante, sobre todo si consideramos que fue formulado casi veinte siglos antes. En la duda permanente que constituye el eje de este pensamiento, hay además un germen de rebeldía que convierte a Sócrates y los socráticos en los primeros librepensadores en la acepción más noble del término.


Sócrates murió en 399 a.C. en una prisión de Atenas. Quienes se hacen muchas preguntas y ponen en tela de juicio las “verdades oficiales”, han molestado en cualquier época a los poderosos. Fue acusado de despreciar a los dioses y corromper a los jóvenes. La condena, muerte por envenenamiento con cicuta, pudo haber sido eludida fácilmente, pues Sócrates contaba con amigos influyentes, pero en un gesto de orgullo y valor prefirió acatar la ley, principio que siempre había mantenido. Platón, su más ilustre discípulo, a través de quien ha llegado hasta nosotros su legado filosófico, relató sus últimas horas en su diálogo Fedón. Artistas plásticos como Jacques-Louis David plasmaron brillantemente el dramático momento del suicidio-ejecución. Ni aun en un momento como el de su muerte prescindió Sócrates de su irónico humor. En esa época era costumbre pagar con algún presente las medicinas que se dispensaban en el templo de Asclepio. Tras recibir la copa de veneno, indicó a uno de sus discípulos: -Critón, le debemos un gallo a Asclepio, así que págaselo y no lo descuides. Fue la última frase que pronunció. Así murió el que, en palabras de Platón, fue el mejor hombre, el más inteligente y el más justo.

Sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez… Y en lo del universo no estoy muy seguro. Albert Einstein.