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sábado, 10 de mayo de 2014

MAMÁ, NO ME GUSTA EL ABUELITO

Con esta inocente protesta infantil comienza un viejo chiste de dudoso gusto, y del humor más negro concebible. Lo más curioso es que con ligeras variantes de parentesco, lo encontramos en prácticamente todas las culturas y todos los idiomas. La gran pregunta que surge tras la broma, es si la práctica del canibalismo forma parte sustancial de los rasgos distintivos de nuestra especie.
Los paleoantropólogos contestarían inmediatamente que si. Existen numerosos indicios de antropofagia en muchos asentamientos prehistóricos. Es práctica probada sin género de dudas entre los neandertales, y en el prolífico yacimiento de Atapuerca parece haber también pruebas suficientes de que Homo antecessor practicaba el canibalismo con gran aplicación hace medio millón de años. De manera que, considerando que la Prehistoria representa algo así como el 99,9% de nuestro devenir como especie, la cosa no admite dudas.

En el viejo mundo el tabú sobre el canibalismo se estableció ya en los albores del neolítico. Algún historiador sostiene que el consenso sobre el abandono de tan bárbara costumbre, resultó imprescindible para el nacimiento, desarrollo y florecimiento de culturas y sociedades complejas, de las que somos directos herederos. Esto suena muy bien, pero quienes así argumentan, olvidan que en la Mesoamérica precolombina florecieron civilizaciones que agrupaban a millones de seres humanos, con importantes desarrollos sociales, culturales y tecnológicos, que practicaban el canibalismo tan activamente como lo recogen las horrorizadas crónicas de viajeros y conquistadores europeos. No menos estremecedores son los relatos que nos han dejado los navegantes del XIX sobre las islas del Pacífico, y hasta los más recientes de exploradores africanos.


Si echamos la vista aun más atrás, entre los grandes simios antropoides, concretamente entre los chimpancés, se han documentado casos de guerras entre clanes que acaban con el asesinato de alguna cría o algún individuo juvenil, y su posterior consumo. Esta especie de razzias proteicas, parecen relacionadas con la necesidad de introducir un poco de carne en la monótona dieta vegetariana de los chimpancés. Lo que nos lleva a la controvertida dicotomía entre el canibalismo ritual y el canibalismo puramente alimenticio. Se ha documentado en algunas culturas el consumo de cadáveres, a veces de familiares cercanos, y sobre todo de ciertos órganos como el cerebro o el hígado, en relación con creencias sobre incorporar al comensal, el espíritu, la fuerza y otras cualidades del difunto. Frente a ello, parece indudable que en el canibalismo practicado en las islas Marquesas o entre ciertas tribus amazónicas, no existe el menor rastro de mística, limitándose la actividad a la más simple necesidad alimenticia.


Sea como fuere, conviene tener presente que todos los seres humanos que habitamos hoy en día nuestro civilizado mundo, descendemos de antepasados caníbales. En los tiempos difíciles que les tocó vivir, tuvieron que serlo forzosamente precisamente para eso, para sobrevivir, reproducirse y transmitir sus genes, nuestros genes, a las siguientes generaciones. La lucha por la vida es dura. A veces llega a ser bárbara y cruel. Desde el fondo de la oscura cueva paleolítica aun parece escucharse el eco lejano y resignado de la mamá del chiste respondiendo a su niño: hijo, ya se que el abuelito está un poco duro, pero no tenemos otra cena.

Al amor, al baño y a la tumba, se debe ir desnudo. Enrique Jardiel Poncela.