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miércoles, 14 de mayo de 2014

TEOFRASTO Y LA MANDRÁGORA

Teofrasto de Ereso, filólosofo y botánico griego nacido en 371 y fallecido en 287 a.C., fue discípulo de Platón y posteriormente de Aristóteles, a quien le unió una entrañable amistad. Sus biógrafos señalan que su verdadero nombre era Tirtamo. El apodo de Teofrasto, que al parecer le fue impuesto por el propio Aristóteles, hace referencia a sus naturales dotes para la oratoria y a la gracia de sus disertaciones. El maestro lo designó como su sucesor en el Liceo, o escuela peripatética, que dirigió durante 36 años tras la marcha de Atenas y posterior fallecimiento de Aristóteles.

Las principales contribuciones de Teofrasto a la ciencia se centran en el campo de la botánica. Su obra Sistema Naturae recogió la primera clasificación sistemática de las plantas de que se tiene noticia. También es autor de dos voluminosos tratados botánicos: De historia plantarum, del que se conservan nueve de los diez libros originales, y De causis plantarum, obra de la que sólo han llegado hasta nosotros seis de los ocho libros de que constaba en origen. Para que os hagáis idea de la importancia de su obra en el posterior desarrollo de la botánica, sabed que la abreviatura Theophr., que hoy día podemos encontrar junto a muchos nombres científicos de plantas diversas, obedece a la primera descripción que de ellas hizo Teofrasto.


En cuanto a la relación de Teofrasto con la mandrágora, resulta ser más fruto de la tradición, que de la existencia de verdaderas pruebas. En efecto, Teofrasto describió la Mandrágora autumnalis, una fanerógama de la familia de las solanáceas, y señaló alguna de sus características y propiedades, como hizo con otras muchas plantas, pero nunca se ocupó de ella de la forma exhaustiva que pretende cierta literatura mágica y pseudocientífica. La mandrágora fue conocida ya en el mundo antiguo, y adquirió gran relevancia en la Europa medieval y renacentista. Sus gruesas raíces, que a menudo presentan formas vagamente antropomorfas, han sido sin duda la causa de su carácter legendario. Mandrágora autumnalis y su pariente Mandrágora officinarum crecen en espesos bosques, riberas fluviales, y en general lugares húmedos y sombríos. Sus hermosas hojas la convierten en planta ornamental, pero es en su abultada raíz donde están presentes en mayor proporción los alcaloides (muy parecidos a los de la belladona) que pueden convertirla en una planta peligrosa.


Se han descrito intoxicaciones leves a través de la piel, por simple contacto o frotamiento. Ingerida la raíz en guisos e infusiones puede inducir mareos, trastornos respiratorios y bradicardia. Dosis elevadas pueden resultar mortales, e incluso son peligrosas las dosis bajas cuando se ingieren por niños o personas de bajo peso. Durante siglos las brujas las emplearon en sus rituales, y cierta tradición herética supone que la planta se originaba bajo los patíbulos por efecto del semen eyaculado por los ahorcados en la erección que en algunos casos precedía a la muerte por asfixia. Se utilizaba su principio activo en el tratamiento de la esterilidad, y se le atribuyen propiedades afrodisiacas. La raíz pulverizada puede esnifarse o utilizarse para frotar las encías y el interior de la boca. La absorción sublingual resulta asombrosamente rápida, y los efectos tóxicos son inmediatos. Durante el proceso a Juana de Arco los inquisidores le achacaron entre otros delitos, una supuesta afición desmedida a la mandrágora.

Si hacemos caso a la leyenda, hay mandrágoras machos y hembras, cuya raíz se transforma en homúnculos o diminutas mujercillas según el caso. Si se las extrae de la tierra sin haber adoptado las precauciones debidas, las mandrágoras emiten gritos espantosos. Para evitarlo se aconsejaba anudar al cuello de la raíz una cuerda, y hacer que un perro tirara de ella. El perro resultaba muerto (esto es literal en los tratados hechiceriles), pero la planta podía ser extraída con éxito.


La popularidad de la mandrágora decayó un tanto durante los siglos XVI y XVII, pero en el XVIII, el más erótico de la serie histórica, la mágica raíz volvió a ponerse de moda. Se dice que María Antonieta de Francia la empleaba profusamente en las soirees orgiásticas que, a modo de “fiesta de pijamas”, organizaba con sus damas y algún invitado ilustre, en su refugio de Le Petit Trianon… En fin, ya veis de qué manera más tonta un tipo tan serio como Teofrasto puede verse enredado en un asunto tan turbio. Pero así son las leyendas. La imaginación humana no conoce límites. A poco que meditéis sobre ello, estaréis de acuerdo conmigo en que debemos considerarla un don precioso, y agradecerlo como es debido.

Supón que eres idiota… Bien, y ahora supón que eres congresista… Vaya, perdón, me estoy repitiendo. Mark Twain.