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sábado, 24 de mayo de 2014

UN DÍA EN LA VIDA DEL PROFESOR BIGOTINI

Atendiendo a las numerosísimas peticiones de sus admiradores, ávidos de saber más acerca de este gran científico y ejemplar ciudadano que es nuestro profesor, hemos obtenido a duras penas su consentimiento (se trata de una persona tímida en extremo) para glosar alguna de sus intimidades. Empecemos diciendo que Bigotini tiene una edad indefinida, pero en todo caso muy avanzada. Aparte de sus libros y sus experimentos, que le absorben casi por completo, el profesor tiene también algunas aficiones, confesables la mayoría e inconfesables algunas. Adora la música clásica y sobre todo la lírica, pero de vez en cuando tararea algún cuplé, y sus colaboradores más antiguos aseguran que en su tiempo admiró a la Bella Chelito, a la que según las malas lenguas, llevaba enormes ramos de rosas y, sin atreverse a ofrecérselas personalmente, las dejaba en la puerta de su camerino, huyendo a continuación. Parece que como fruto de esas desmesuradas ofrendas florales, fallecieron por asfixia varios centenares de subalternos de Le Folies Bergère.

Es bien conocida su afición por el cine. Hay quien dice que sólo aprecia las películas antiguas. Estamos en condiciones de afirmar que tal acusación es totalmente infundada, pues sabemos de buena tinta que también le gustan algunos filmes sonoros. En cuanto a sus hábitos, son de una frugalidad que raya lo ascético. Cada mañana toma la pastilla para la memoria, toma un baño, toma el desayuno y toma el autobús. Es importante que lo haga precisamente por este orden, ya que si olvida tomar la pastilla, olvidaría luego todo lo demás. ¿Cómo recuerda cada mañana tomar la pastilla? Muy sencillo, en su dormitorio, frente a la cama, cuelga un grabado de la Revolución Francesa. Así recuerda siempre la célebre Toma de la Pastilla. También es importante realizar sin falta todas y cada una de las actividades citadas. En cierta ocasión probó durante unos meses a no tomar el baño. El resultado fue la protesta colectiva de los viajeros del autobús que toma a continuación. Hubo varios centenares de fallecidos. El profe es muy escrupuloso en lo relativo a su higiene personal. Siguiendo el sabio consejo de su difunta abuela, se cambia de ropa interior cada sábado le haga falta o no.


Su entorno próximo se limita a sus abnegados colaboradores, entre los que me cuento humildemente. No hay más que verlos para darse cuenta de que todos son gente sencilla y honrada. Algunos también procuran ser honestos y a veces lo consiguen. El profesor vive en un país llamado Idiotilandia que desde hace unos años forma parte de la Unión Esquizoretardada. Los ciudadanos idiotilandeses son felices a su manera. Antes tenían sanidad y enseñanza gratuitas. Ahora sufren largas listas de espera, pagan por la enseñanza y sólo aprenden idioteces. También hay mucho desempleo, y los que trabajan, trabajan más y cobran menos. Pero están contentos porque todos los días de la semana sacan en televisión a unos tipos jugando con una pelota. Sacuden unas patadas tremendas, y algunas veces le aciertan a la pelota. Cuando eso ocurre, la multitud ruge de placer. Hay varios cientos de fallecidos.

Idiotilandia es un país muy bonito y con muy buen clima. Gentes de países más feos y más pobres hacen lo imposible por llegar. Hay varios cientos de fallecidos. También vienen a disfrutar del clima viajeros de la Unión Esquizorretardada y de otros países ricos. Ellos y los naturales viajan hacia las playas en automóviles que alcanzan grandes velocidades. Muchos chocan con obstáculos, chocan entre ellos, o se despeñan en barrancos y acantilados. Hay varios cientos de fallecidos. En las playas, los ríos y las piscinas, viajeros y naturales del país se arrojan al agua los pobrecitos. Algunos, braceando salvajemente, consiguen ganar a duras penas la orilla y dicen que se lo han pasado muy bien. Otros se ahogan. Hay varios cientos de fallecidos. Idiotilandia goza de fama mundial por su gastronomía. Muchos eruditos, sabios y hombres de ciencia se marchan del país. A los pocos que quedan no los conoce nadie, pero a los cocineros los conoce todo el mundo, porque los sacan continuamente en televisión inyectando gases en la fabada (¡como si la fabada no tuviera suficientes gases!) y sumergiendo muslos de pollo en nitrógeno líquido. Hay varios cientos de fallecidos. También son muy célebres unas personas que salen por televisión gritando e insultándose. A veces llegan a las manos. Hay varios cientos de fallecidos.

Con tanto fallecimiento, el profesor se levanta cada mañana sobresaltado por la idea de haber quedado solo en el mundo. Mira por la ventana y se admira de que aun quede gente con vida. Entonces mira el grabado de la pared, corre a tomar la pastilla y canturrea cuplés y arias de zarzuela. Es un optimista incorregible, y confía en que la gente dejará algún día de mirar en la tele a los de la pelota y a los de los gritos, y se interesará por Greta Garbo o por la termodinámica. ¡Pobrecillo!

Las últimas vacaciones pasé unos días en Bermudas. Me sentí un poco ridículo, así que no tardé en volver a ponerme pantalones largos. El profesor Bigotini.