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sábado, 23 de agosto de 2014

ESPARTA. HISTORIA DE UN ESTADO MILITAR

Los orígenes de la ciudad-estado de Esparta se remontan a un periodo anterior al siglo IX a.C. Fue en esta época cuando en la antigua Grecia hicieron su aparición los dorios, últimos invasores de la Grecia continental y del Egeo. Los dorios eran un pueblo ario procedente de un norte indeterminado, que algunos han identificado con Tracia o Iliria, y otros más atrevidos o más imaginativos han querido extender hasta el lejano norte de Europa. Coexistieron, y en muchos casos reemplazaron, a los jonios, que siglos atrás habían protagonizado la anterior invasión. Ambos, jonios y dorios, adoraban a una deidad masculina que en el panteón griego se identifica con Zeus, y se impuso a la gran diosa madre de los pelasgos, primitivos habitantes de la región, relegando a estos últimos a Creta, las Cicladas y otros puntos del Mediterráneo oriental.

Los dorios erigieron su principal emplazamiento en Laconia, región del extremo sur del Peloponeso. Esparta era su capital, desde la que dominaron a sus vecinos inmediatos (periecos e ilotas), a quienes despojaron de derechos políticos. Los espartanos constituyeron un estado militar que se transformó en uno de los más extensos y prósperos de la antigua Grecia. Los ciudadanos con derechos o espartiatas constituyeron una estructura política reflejada en asambleas populares llamadas Apella. Las presidían los dos reyes rodeados por la Gerousia, una especie de senado integrado por veintiocho ancianos mayores de sesenta años. También tenían un papel importante los éforos, que en número de cinco se elegían anualmente por la asamblea popular de espartiatas. Eran generalmente individuos de extracción humilde que, si  creemos a Aristóteles, trataban de lucrarse durante su anualidad, dado que su falta de medios posibilitaba que fuesen comprados. La diarquía o coexistencia de dos reyes se ha interpretado como un signo de equilibrio entre la aristocracia de los invasores dorios y los antiguos pobladores predorios: aqueos (jonios y mesenios), micénicos, arcadios y minóicos (pelasgos).

Edgar Degas. Jóvenes espartanos. 1860

Con estos mimbres los espartanos constituyeron un estado que dominó a sus vecinos y alcanzó su máxima expansión hacia el 700 a.C. Son célebres las guerras que mantuvieron contra Atenas, estado que se basó en unos principios sociales democráticos, radicalmente opuestos a los de Esparta. Llama la atención de muchos comentaristas la inexistencia de propiedad privada entre los espartanos. También se ha descrito por muchos autores la educación militar a que se sometía a sus jóvenes, una vida llena de privaciones enfocada por completo a la práctica guerrera. Toda la educación espartana (agogé) constituía un proceso configurado para lograr guerreros invencibles y ciudadanos conscientes de su superioridad física y su papel dirigente. Es tópica por lo repetida, la práctica eugenésica de arrojar desde el monte Taigeto a los recién nacidos que presentaban algún defecto físico. Los supervivientes a tan bárbara costumbre se aplicaban desde los siete años al aprendizaje militar en unas condiciones severas, que se endurecían aun más a partir de los doce años. La obediencia ciega a los superiores y la práctica de los rituales de iniciación propios de la vida cuartelaria, desembocó en una especie de pederastia institucionalizada, uno de los aspectos de la educación lacedemonia que resultan más sorprendentes a nuestros ojos. Aunque en el mundo heleno relaciones de este tipo no se consideraban algo excepcional, también fueron objeto de censura en su momento, como demuestran algunos comentarios contemporáneos o cercanos en el tiempo.

Aunque no es ni científico ni recomendable juzgar a las sociedades antiguas con la mentalidad y el rasero contemporáneos, resulta inevitable comparar la sociedad espartana con estados totalitarios más cercanos a nosotros en el tiempo. Calificar a los espartanos de protonazis no tiene otro valor que el metafórico que a menudo aplicamos a la divulgación histórica. El profesor Bigotini, siempre entregado a la investigación, no duda en situarse en primera línea para convertirse en observador privilegiado de la Historia. En la ilustración podéis verle disfrazado de cariátide a costa de poner en grave riesgo su integridad.

La libertad no hace más felices a los hombres. Los hace sencillamente hombres. Manuel Azaña.