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viernes, 19 de septiembre de 2014

AGUJEROS NEGROS Y AGUJEROS BLANCOS

En 1796 Pierre Laplace sugirió la interesante idea de la existencia de objetos con una concentración de masa tal que fueran capaces de atrapar incluso la luz. Mucho después, ya en el siglo XX, Robert Oppenheimer y Stephen Hawking propusieron el fenómeno conocido como colapso gravitatorio. Dicho proceso, que se iniciaría en los instantes posteriores a la extinción de una estrella gigante roja, consistiría en que la inmensa masa de tal estrella ejercería una atracción gravitatoria sobre sí misma tan intensa, que concentraría la totalidad de su masa en un volumen muy pequeño, dando lugar a una enana blanca. La misma gravedad que mantenía estable a la estrella, la comprime hasta el punto en que los átomos comienzan literalmente a aplastarse unos contra otros. Los electrones en órbita se acercan cada vez más al núcleo atómico, y acaban fusionándose con los protones, formando más neutrones, con lo que se obtiene una estrella de neutrones. Llegados a este punto, la gravedad crece exponencialmente. Toda la masa se colapsa. El proceso, que podría durar miles de millones de años, concluiría con el colapso definitivo del objeto por su propia atracción gravitatoria. De esta forma se gestaría lo que se ha dado en llamar un agujero negro.


Un campo gravitatorio tan intenso hace que ni siquiera la luz o la radiación electromagnética puedan escapar de él. Toda la masa del agujero negro está concentrada en un punto de densidad infinita, que recibe el nombre de singularidad. En el interior de una singularidad, a causa de la infinita fuerza de gravedad, el espacio-tiempo puede ser modificado, al menos hasta llegar al punto frontera en que un objeto que viaje a la velocidad de la luz (o la luz misma) puedan escapar de él. El agujero negro está limitado en el espacio-tiempo por el llamado horizonte de sucesos, que separa la región de influencia del agujero negro del resto del universo. Semejante teoría, que parecía hace unas décadas simple fantasía, ha podido probarse de forma fehaciente mediante la observación. Los agujeros negros son una realidad incontestable.


Stephen Hawking
Cabe preguntarse cuál es el destino de todo lo que devoran los agujeros negros. ¿Dónde va a parar esa inmensa cantidad de materia y energía? Según todas las leyes conocidas de nuestro universo físico, incluida la relatividad, la existencia de una entrada (el agujero negro) implica necesariamente la existencia de una salida. Vendría a ser el otro lado de los agujeros de gusano propuestos por Einstein, entre otros. A tales salidas se les ha llamado agujeros blancos. Por el momento carecemos de una teoría que explique de forma satisfactoria la formación de esos hipotéticos agujeros blancos. Si existen tales singularidades, serían regiones finitas del espacio-tiempo con densidad suficiente para provocar una deformidad en dicho espacio-tiempo, pero que al contrario del agujero negro, dejarían escapar materia y energía en lugar de absorberlas. Se postula que ningún objeto podría permanecer en el interior de una región semejante durante un tiempo infinito. De esta forma, se define el agujero blanco como el reverso temporal de un agujero negro.


Algunos científicos manejan la hipótesis de que los agujeros blancos serían tan inestables que, inmediatamente después de formarse, volverían a colapsar, transformándose en agujeros negros, lo que limitaría extraordinariamente su detección y estudio. ¿Existen pues realmente los agujeros blancos? En todo caso, conviene recordar que hasta hace bien poco se ponía en duda la existencia de los agujeros negros. Quién sabe…

¡Si Dios me diera una señal! …como depositar una fortuna a mi nombre en un banco suizo… Woody Allen.