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jueves, 20 de noviembre de 2014

ESCUELA DE SEDUCTORES

El profe Bigotini también fue joven. Si amigos, podrá parecer mentira, pero es así. Del mismo modo que en un remoto pasado estuvieron unidos los continentes de Suramérica y África, o la selección de fútbol ganaba títulos, Bigotini fue también illo tempore un muchacho tímido e inexperto, que se ruborizaba delante de cualquier chica guapa, comenzaba luego a tartamudear frases incoherentes, y terminaba huyendo despavorido hasta ocultarse bajo una alfombra persa, tras un tapiz flamenco o sobre una montaña rusa. Afortunadamente aquel desdichado tiempo pasó. Apareció primero una incipiente pelusilla bajo su nariz monumental, que se convirtió después en el famoso bigote que luce hasta hoy, tan poblado, que a la vez que te abraza, te cepilla el traje. Con el bigote llegaron la madurez y el aplomo necesarios para convertir a nuestro profe en un atractivo galán. Cuando se encontraba apostado detrás de su nariz, en uno de esos atardeceres gloriosos en que el sol se ha puesto, apuesto a que no habréis visto un joven tan apuesto como él.

Al joven Bigotini le atraían intensamente las muchachas hermosas, y ellas a su vez, estaban locas por él. Ahora que ya es viejo, sus gustos no han variado ni un ápice, si bien lamenta no percibir aquella antigua reciprocidad. Pero en fin, ¡qué le vamos a hacer! –se dice-, y recuerda todos esos deliciosos momentos, mientras acaricia su bigote plateado ya por las implacables nieves del tiempo. Como quiera que su altruismo no conoce límites, y como modesta pero decisiva contribución a la felicidad de tantos jóvenes que acaso se sienten desgraciados por sus continuos fracasos en los intentos de aproximación al bello sexo, el profesor ha tenido a bien obsequiar al mundo con unos consejos, sencillos pero imprescindibles, para triunfar con las mujeres. Tomen buena nota de ellos todos esos pobres muchachos tímidos y desgarbados, que abarrotan patéticamente los bailes sin atreverse siquiera a acercarse a las chicas, o merodean en la proximidad de los vestuarios femeninos, aspirando fragancias inalcanzables y soñando imposibles caricias.

En primer lugar es necesario vencer la timidez. Si os consideráis incapaces de dirigíos con naturalidad a una muchacha bonita, probad durante unos meses a entablar conversación con damas de edad o mujeres cuya presencia resulte improbable que provoque pulsiones inapropiadas o intempestivas tormentas hormonales. Puede servir alguna anciana tía solterona, una monja hemipléjica o una matrona con aspecto de cabo primero del tercio Alejandro Farnesio.

Una vez vencido este primer obstáculo, recordad siempre que las féminas son criaturas purísimas, a medio camino entre lo terreno y lo celestial. Procurad no empañar esa pureza con palabras soeces o exabruptos fuera de lugar. Debéis evitar cualquier referencia a asuntos delicados como por ejemplo la ropa interior. Mencionar un corsé o una negligee hará enrojecer a cualquier muchacha honesta. Tampoco conviene eructar, escupir, hurgarse la nariz o rascarse la entrepierna. Son detalles que, por alguna misteriosa razón, incomodan bastante a las mujeres.

Es preciso tener paciencia. Cualquier avance que se practique antes de tiempo, puede dar al traste con una prometedora relación. Los cronistas aseguran que Lady Hamilton, dama de conducta intachable, no permitió que Nelson la tomara de la mano hasta que no fueron formalmente presentados. Parece que en cierta ocasión se incomodó hasta el punto de montar en su caballo y cabalgar sin descanso desde Londres hasta Northumberland, porque el almirante, acostumbrado como estaba al rudo lenguaje marinero, cometió la inconveniencia de pronunciar en su presencia la palabra “pantorrilla”. Se dice también que nuestra compatriota la emperatriz Eugenia de Montijo, impidió el acceso de Napoleón III al tálamo nupcial durante los primeros dieciocho meses después de la boda. Transcurrida tan higiénica cuarentena, cada vez que yacían juntos lo hacían en completa oscuridad y en el silencio más absoluto. Concluido el coito, sólo se permitían unos lacónicos merci madame y merci monsieur, antes de que el emperador regresara a sus fríos aposentos. Las francesas… Bueno, las francesas son otra cosa cuya calificación excusaré por respeto a la decencia. Permitid tan solo que exclame ¡Oh, lalá!, y con eso ya creo que digo bastante.

Por último, queridos muchachos, quisiera destacar la importancia del aseo personal y la corrección en el vestir. En los últimos tiempos observo alarmado que los puños de encaje han quedado prácticamente relegados al ámbito judicial. Una lástima. Yo os exhorto a que conservéis al menos tres elementos imprescindibles: cuello duro, corbatín y peinado con raya en medio. Sin eso y la correspondiente levita negra o gris marengo, podríais caer en el desaliño y la impudicia. Creedme, las damas valoran y agradecen la compostura. La gallardía, la mirada altiva y el sereno continente, comprendo que son prendas que otorga la naturaleza caprichosa, y no estarán al alcance de la mayoría de vosotros. No obstante siempre hay pequeños trucos que ayudan, como dejar crecer un hermoso y poblado bigote engominado. Los más feos (pobrecillos) siempre pueden optar por cubrir la mayor parte del rostro con una espesa barba o colocarse unas gafas ahumadas en caso de ser bisojos. Las orejas de soplillo se disimularán muy bien con un casquete de aviador (en este caso es válido cambiar la levita por una cazadora de cuero). En último extremo, una escafandra de buzo tendrá la virtud de ocultar la práctica totalidad del rostro, aunque resulte algo incómoda en climas cálidos.

Bueno, pues ya tenéis las claves del éxito, perillanes. Jugad bien vuestras cartas y el triunfo está asegurado. Armaos de valor, y ¡hala, a buscar novia! No pretendáis sin embargo, conseguir harenes. Eso sólo está al alcance de los jeques árabes, los presidentes de la República francesa y los elefantes marinos de Península Valdés. Para ejercer la poligamia en el mundo civilizado es preciso poseer flotas de automóviles de lujo y abultadas cuentas corrientes, que aunque se llamen así, no son muy corrientes que digamos.

Detrás de cada hombre que triunfa hay una mujer que lo conoce bien. Por eso no se explica cómo llegó a triunfar. Woody Allen.