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jueves, 11 de diciembre de 2014

BAUTIZOS FORZOSOS Y OTROS CARITATIVOS SUCESOS

Entre algunos historiadores iletrados, políticos analfabetos y apóstoles de la modernidad, circula la fábula de una España “de las tres culturas” en la que supuestamente convivieron en perfecta armonía cristianos, musulmanes y judíos. Desgraciadamente la realidad no fue tan idílica. Lo cierto es que desde 711, fecha de la invasión musulmana, hasta las últimas expulsiones de moriscos en las primeras décadas del siglo XVII, el discurrir histórico de la Península consistió en una casi ininterrumpida sucesión de agravios, venganzas, crímenes y despojos. Algo así como la Franja de Gaza, pero durante ocho siglos. En el Al-Ándalus musulmán se masacraron cristianos, en los Reinos cristianos peninsulares se masacraron musulmanes, y en ambas zonas se masacraron judíos cada vez que se presentó la oportunidad.

En un trabajo de 1979, Pau Ferrer relataba un curioso y poco conocido episodio de la llamada revuelta de Las Germanías, que tuvo lugar en el reino de Valencia entre 1521 y 1523, durante el reinado del emperador Carlos, y puede enmarcarse en los movimientos populares y disturbios políticos que se produjeron a lo largo del XVI, junto a la rebelión de los Comuneros en Castilla, la guerra de las Alpujarras de Granada, o el posterior levantamiento de Aragón que terminó con el asesinato de su Justicia Mayor, ya bajo Felipe II.


Durante las Germanías los mudéjares valencianos se pusieron de parte del bando vencedor, es decir, de los nobles a los que rendían vasallaje, y de la corona, bajo promesa de respetar su libertad religiosa. A pesar de todo, resultaron ser los más perjudicados en el conflicto. Cuenta Ferrer que en diferentes lugares: Murviedro, Bétera, Alcira, Játiva o la misma Valencia, la turba de agermanados asaltó las morerías. Mientras unos se dedicaban a saquear, como parece obligado en toda revuelta que se precie, otros, movidos por la piedad y capitaneados por sacerdotes, se afanaron en bautizar moros a mansalva, dándoles a elegir entre recibir el sacramento o ser degollados allí mismo. Tal como suena. Como no había tiempo para rezos, pilas bautismales, padrinos ni liturgias, los insurrectos empaparon ramas y escobas y mediante el riego por aspersión cristianaron a miles de moriscos de toda edad, sexo y condición. Lo hicieron al grito de: ¡visca la fe de Jesucrist i guerra contra els agarens!; o también: ¡Dur ànimes al cel i diners a les bosses!


Pero este episodio que así narrado resulta un poco chusco, no terminó con los chubascos de agua bendita. Finalizado el conflicto, se planteó la cuestión de la validez o invalidez de los bautismos. Se reunió en Madrid una junta de teólogos, que después de arduas deliberaciones, falló a favor de la validez del sacramento. Lo más gracioso (si el asunto tuviera alguna gracia) es que para ello se invocó nada menos que la libertad. Concretamente la sentencia aludía literalmente a la libertad que tuvieron los mudéjares para escoger entre el bautismo y la muerte. A la sentencia de los teólogos siguió la conformidad del papado, que además exoneró oportunamente al monarca de promesas anteriores que hubieran sido hechas a los mudéjares respecto a su libertad religiosa. Por cierto que la corona, tomando el rábano por las hojas, se apresuró a aplicar este principio de invalidar anteriores promesas, a los musulmanes del reino de Aragón y el principado de Cataluña. Resultó todo muy conveniente para la política unificadora de Carlos I, porque de esta manera quedaron abolidos en la práctica los derechos forales en lo relativo a libertad religiosa. La Inquisición y su brazo secular pudieron ya actuar en todos los reinos. Naturalmente actuaron. Como consecuencia, los moriscos abandonaron su actitud pasiva y pasaron a la acción. La expulsión definitiva estaba servida, y se consumó poco después.


Bien. Esta es la Historia de España. No penséis que se trata de algo excepcional. La Historia de cualquier otra nación también está plagada de estos o parecidos episodios. Desgraciadamente el amor, la justicia y la paz sólo triunfan en los cuentos de hadas. Homo homini lupus, que decía el clásico, amigos. ¡Qué le vamos a hacer!

La vida es muy peligrosa. Nadie sale vivo de ella. Woody Allen.