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viernes, 23 de enero de 2015

PÁGINAS OLVIDADAS DE LA HISTORIA: EL MOTÍN DE VALLADOLID


La mañana del domingo 22 de junio de 1856 comenzaron en la capital vallisoletana unos violentos disturbios que duraron varias semanas y dieron lugar a una importante crisis política que culminó con el golpe de estado de O’Donnell y el final del Bienio Progresista.
Valladolid era por entonces una ciudad próspera que había casi duplicado su población en unos pocos años. Desde la construcción del canal de Castilla, que facilitaba extraordinariamente la comunicación con el puerto de Santander, la ciudad se había convertido en un centro exportador de trigo de importancia mundial. El cereal, tan abundante en la meseta castellana, se almacenaba por millones de toneladas en grandes almacenes cuyos propietarios especulaban con su valor, aguardando la subida de precios para darle salida hacia gran parte de Europa.

El general Baldomero Espartero
En concreto, la guerra de Crimea que se libraba en aquellos años, resultó de gran provecho para esos especuladores. La riqueza de la ciudad castellana atrajo a miles de inmigrantes. Unos, como los santanderinos o los vascos, aportaron inversiones. Braceros y artesanos procedentes de ciudades como Zaragoza o Barcelona, aportaron mano de obra. Con los desheredados llegaron también a Valladolid los nuevos vientos obreristas que comenzaban por entonces a soplar en toda España, apoyándose en gran parte en el Partido Progresista del general Espartero y en las Milicias Nacionales, una institución armada garante del constitucionalismo, que ya había actuado en otros lugares como Zaragoza, impidiendo el avance del carlismo en la memorable jornada del 5 de marzo de 1838.

La mecha se prendió cuando la panadera Ramona Mueso pretendió vender el pan más caro a una compradora conocida como la madrileña, que se negó a pagar más de lo que se pagaba hacía solo unos minutos. A los gritos acudió más gente, que comprobó no solo la subida, sino el inminente desabastecimiento. El motín se inició de forma espontánea entre los más pobres, que se adueñaron de las dependencias municipales, secuestrando al alcalde. Los representantes de los amotinados presentaron dos reivindicaciones a las que se sumó el comandante de la batería de la Milicia Nacional: la estabilidad de los precios y la supresión de los derechos de puertas, un impuesto que grababa el pan y otros bienes de primera necesidad. En los días siguientes, ante el silencio de las autoridades civiles, el malestar de la población fue en aumento, sucediéndose los incidentes. El gobernador civil fue herido, y a los gritos de ¡Pan barato!, ¡mueran los ladrones! y ¡mueran los ricos!, se incendiaron varias industrias y almacenes, así como la mansión del industrial Semprún, uno de los empresarios más significados. Las Milicias Nacionales se enfrentaron a las recién llegadas tropas del Ejército regular, dando lugar a varias escaramuzas en las calles vallisoletanas más céntricas.


Leopoldo O'Donnell
Tras varias semanas de conflicto, El Correo de Castilla del 28 de julio evaluó las pérdidas en cien mil duros, una cantidad exorbitante para la época. Las represalias no se hicieron esperar. Hubo más de cien detenidos y ocho fusilados. Se produjeron otros focos de revuelta en Palencia, Burgos, Zamora y Medina de Rioseco. En las esferas políticas madrileñas se sucedieron las mutuas acusaciones. Progresistas y moderados se culparon mutuamente. Los liberales culparon a los conservadores, y estos a los socialistas… La consecuencia final fue la autoproclamación de O’Donnell, el conservador ministro de la Guerra, que con el apoyo de la reina Isabel II, depuso a su rival Espartero, terminando así con un Bienio Progresista tan esperanzador como efímero. De esta forma chapucera y antidemocrática se saldó uno más de los numerosos episodios, hoy día casi olvidados, de aquella triste España decimonónica de la que para nuestra desgracia y vergüenza, somos directos herederos.

Isabel II de España

¿Quiénes son los enemigos de la patria? Los del partido contrario, naturalmente.