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jueves, 12 de febrero de 2015

EL PLANETA MICROBIANO

Un solo centímetro cúbico de agua de nuestros océanos, ríos o lagos contiene un promedio de un millón de bacterias y diez millones de virus. Lo mismo ocurre en las capas profundas de la corteza terrestre o en la atmósfera que nos rodea. Cada uno de nosotros somos de hecho un ecosistema andante en el que habitan más de cien mil millones de microorganismos. Mira a través del cristal de la ventana más próxima y fíjate en lo que ves. Si con un chasquido de tus dedos pudieras hacer que desapareciera todo excepto los microbios, la totalidad del paisaje que contemplas, tierra, árboles, personas, animales, vehículos y edificios, seguirían conservando su contorno reconocible, porque todo lo que hay sobre la faz de la Tierra está repleto de microorganismos.

Entre ellos existen algunos capaces de resistir varios millones de unidades de radiación ionizante. Otros son lo bastante fuertes como para sustraerse a la acción de potentes ácidos o bases que a nosotros podrían disolvernos en un instante. Hay microbios que habitan en los hielos, y otros que sobreviven tranquilamente a temperaturas de más de cien grados centígrados. Hay formas microbianas capaces de alimentarse de dióxido de carbono, metano, sulfuro, azúcar, y un sinfín de otras sustancias. Los microbios representan el ochenta por ciento del conjunto de la biomasa terrestre. En palabras del microbiólogo Craig Venter, si no te gustan las bacterias, has venido a parar al sitio equivocado, porque este es el planeta de las bacterias. La parte fundamental de toda la actividad metabólica asociada a los seres vivos, corre a cargo de los microbios. El microbioma que puebla nuestro tracto digestivo, nuestra piel, nuestra boca, y el resto de nuestros órganos y sistemas, alberga tres mil tipos de bacterias que poseen unos tres millones de genes distintos. Nosotros nos las arreglamos con solo ocho mil. Los microbios que transportamos a bordo orientan no solo nuestra digestión, sino nuestro sistema inmunitario y el funcionamiento del resto de nuestros órganos. La calidad y hasta la duración de la vida de cada uno de nosotros dependerá en gran medida de nuestra carga microbiológica, de su adaptación a nosotros, y de nuestra adaptación a ella.

La evolución darwiniana válida para todos los seres pluricelulares, implica la sucesión de un gran número de generaciones a lo largo de millones de años, para producir cambios significativos. En este punto Darwin contradice la idea equivocada de Lamarck de que si una jirafa estira mucho el cuello para alcanzar el alimento, la siguiente generación heredará un cuello de mayor longitud. Sin embargo, la evolución microbiana presenta un aspecto sospechosamente lamarckiano. En una sola generación, las bacterias intercambian promiscuamente sus genes. Esta transferencia genética horizontal, se produce incluso entre tipos de bacterias completamente diferentes. Los genes adquiridos de esta forma oportunista son transmitidos inmediatamente a la siguiente generación, de forma que la evolución de los microorganismos es constante y rápida. Podemos afirmar que todos los microbios son transgénicos. Muchos biólogos están empezando a comprender que la biosfera es en realidad un pangenoma, es decir, una red interconectada de genes en constante proceso de circulación y reubicación.


El asombroso ingenio y el inmenso potencial desplegado en los mecanismos que operan entre los microbios, incluyendo las cadenas de cooperación metabólica, están reorientando la biotecnología y las ideas de los bioingenieros de nuestro tiempo. Cuando nos enfrentemos a problemas de difícil solución, quizá debamos hacernos la pregunta que ya se hacen muchos oncólogos e inmunólogos: ¿qué haría en este caso un microbio? Acaso aquí residan algunas de las respuestas a los interrogantes más acuciantes que se nos plantean en el terreno de la medicina, la ecología o incluso la teoría económica. ¿Recordáis la sorpresa de Charlton Heston cuando descubría los restos de la estatua de la libertad en El planeta de los simios? Pues yendo un poco más lejos, el profe Bigotini os asegura que ellos heredarán la Tierra. No los simios, sino los microbios. Ellos llegaron aquí varios miles de millones de años antes que nosotros. Acaso los seres pluricelulares no seamos más que un accidente biológico ocurrido por mera casualidad. Cuando nos hayamos extinguido todos, los microorganismos seguirán aquí, porque son los verdaderos dueños del planeta.

Daría todo lo que sé por saber la mitad de lo que ignoro.