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jueves, 12 de marzo de 2015

ZURICH: COLESTEROL Y PSICOANÁLISIS

La derrota del profe Bigotini nos traslada hoy hasta Zurich, la flamante capital del cantón del mismo nombre y la ciudad más poblada de Suiza. Zurich cuenta con algo menos de cuatrocientos mil habitantes, pero su hinterland o área metropolitana llega a sobrepasar el millón y medio. Aunque no ostenta la capitalidad administrativa de la Confederación Helvética, Zurich es en la práctica su capital financiera y cultural. Allí están las sedes de sus principales industrias y también de sus principales bancos, auténticos imanes para el dinero de los cinco continentes, al amparo de la proverbial discreción que históricamente los ha caracterizado.

Bigotini nada más llegar, hizo sus pesquisas por si alguna potencia sobrenatural hubiera ingresado una enorme suma en una cuenta a su nombre. No hubo suerte. Lástima, porque esa si que habría sido la señal que esperaba el viejo profe para abandonar su arraigado ateismo y convertirse en un ferviente creyente. ¡Bueno, qué le vamos a hacer!, -se dijo-, y venciendo su melancolía se dirigió al restaurante más próximo, dispuesto a ahogar sus penas en grasas saturadas de las que obstruyen las arterias.


La gastronomía de Zurich tiene una fuerte influencia alemana, lo mismo que la cultura y la lengua de esta zona del país. En el recetario local abundan los embutidos y las salchichas, esas descomunales cervelas que se acompañan generalmente con una buena provisión de patatas (las germánicas kartofel o las más afrancesadas frites, que suenan algo menos amenazadoras, pero son exactamente lo mismo), o bien con una montaña de chucrut, col lo bastante fermentada para producir gases que harían elevarse un globo aerostático. Una simpática forma de presentar las kartofel es una especie de torta de patatas paja que utiliza mantequilla como aglutinante, y flanquea a una salchicha especiada enrollada en espiral, o a unos daditos de ternera y champiñones nadando en una espesa salsa de nata.


Capitulo aparte merecen los quesos, de los que la región produce varios cientos de variedades diferentes y cremosas, desde el sencillo emmental, hasta los contundentes gruyères, que en ocasiones admiten curaciones añejas, y los untuosos vacherin o appenzeller, imprescindibles en cualquier fondue que se precie, o en una buena raclette. Como remate de una magnífica pitanza, en Zurich no puede faltar algún postre a base de los deliciosos chocolates artesanos que se preparan en los cientos de confiterías, a cual más aromática y tentadora. Hay chocolates negros, con leche, sólidos o fundidos, rellenos con frutos secos, frutos rojos, licores, confituras de todos los colores, y hasta pimienta picante. Helados de chocolate, batidos, muffins, bombones, barquillos, tartas, tortas, pasteles y hasta fondues de caliente, dulce y brillante chocolate. El profe Bigotini es más que un adicto, un yonki. Procurad no seguir su lamentable ejemplo.


La dilatada Historia de Zurich ha visto pasar los siglos y ha acogido a importantes personajes. Algunos de los más célebres residentes en la ciudad han sido Richard Wagner, Albert Einstein (de quién ya hablamos en una reciente semblanza de Berna), Vladimir Lenin, Thomas Mann, James Joyce, Johanna Spyri (la autora de Heidi); o más recientemente, el piloto Kimi Räikkönen, el tenista Roger Federer, y la joven septuagenaria Tina Turner. Pero hubo un habitante ilustre de la ciudad a quien la psiquiatría honra como uno de sus próceres, y los argentinos residentes en Europa rinden culto fervoroso. Se trata ni más ni menos que de Carl Jung, hijo espiritual del padre Freud (Freud es dios, y Jung su profeta) y a su vez padre espiritual de la moderna y abstrusa ciencia del psicoanálisis, una religión para los argentinos ya citados, los judíos de Brooklyn y los fabricantes de divanes.


Nuestro profe Bigotini tampoco pudo resistir la tentación que ofrece el mullido diván, y se sometió a una sesión con su viejo amigo el doctor Von Bigottenn, una verdadera eminencia en su especialidad. El buen doctor no ocultó su excitación cuando Bigotini le reveló el contenido de sus sueños eróticos consistentes en una sucesión de señoritas en ropa interior desfilando por su prominente nariz. Después propuso el psicoanalista el juego de asociar palabras. Berenjena, -dijo-, y Bigotini contestó: nariz; y sucesivamente: cepillo-bigote, autobús-tranvía, almuerzo-col fermentada, hospital-col fermentada, saxofón-col fermentada, rododendro-col fermentada. Nuestro entrañable sabio parecía un disco rayado. Y es que la col fermentada, amigos, repite una barbaridad.

En aquellos años felices por cinco francos suizos te trataba el mismo Jung en persona. Por diez, te trataba y te planchaba los pantalones. Por quince, permitía que tú le trataras a él, y que te llevaras a su sobrina al cine.