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viernes, 22 de mayo de 2015

GINEBRA. A LA SOMBRA DEL MONT BLANC

Si amigos, el profe Bigotini también estuvo en Ginebra. Es algo muy natural que no debe sorprender a nadie. ¿Acaso no hay quienes han estado en Jerez? Pues bien, en Ginebra la maceración es un poco diferente, eso es todo. Eligió esa bella ciudad de la Suiza francófona para terminar sus vacaciones en el país alpino. Una ciudad milenaria fundada a orillas del lago Leman por los alógobres, un belicoso pueblo céltico que a César le costó mucho trabajo someter. Bajo la dominación romana formó parte de la Galia Narbonense. En el siglo V la ocuparon los francos y los burgundios. Fue capital de Borgoña en el siglo XI. Dentro del Sacro Imperio Romano Germánico, Ginebra disfrutó de cierta autonomía, siendo regida primero por sus obispos, y hasta el siglo XVI por la casa de Saboya (que es familia de rancio abolengo, a pesar de tener una rima tan ordinaria).


A partir de 1536 los ginebrinos abrazaron la Reforma, proclamaron a Calvino como líder y resistieron el acoso de los católicos. Algo de lo que parecen estar muy orgullosos. Mientras ellos ardían de fe reformista, nuestro paisano Miguel Servet ardió literalmente. Ya se sabe que nunca llueve a gusto de todos. En 1798 Ginebra se unió a la Francia revolucionaria, pero resultó una unión efímera, pues en 1815, tras la derrota de Bonaparte, se sumó a la Confederación Helvética, y hasta ahora.

Ginebra es una ciudad hermosa con un cuidado centro histórico rodeado de anchas y modernas avenidas. Alberga al mayor número de organizaciones internacionales, y presume de una bien ganada reputación pacifista. Allí se firman tratados y convenios, y tradicionalmente tienen lugar conversaciones de paz entre facciones beligerantes. Pasear por sus calles más bulliciosas es como echar un vistazo a aquellos álbumes de Vida y Color donde aparecían esas estampas de las razas humanas. Aconsejo al lector que viaje a Ginebra si quiere contemplar auténticos aborígenes australianos o tiene curiosidad por saber cómo le sienta un esmoquin a un indígena yanomami. En los rankings internacionales Ginebra está situada como el noveno centro financiero más importante, y como la tercera ciudad del mundo con mayor calidad de vida. La cruz de la moneda es que es también la cuarta ciudad más cara.


Además de las interminables compras (en el barrio comercial están presentes todas las marcas de lujo imaginables), es obligado un tranquilo paseo en barco por el lago Leman, su fantástico surtidor y el nacimiento del Ródano. En la orilla francesa del lago puede visitarse la pintoresca villa medieval de Yvoire, perla de la Alta Saboya, y patrimonio mundial de todo lo patrimoniable. Tampoco se resistirá el viajero a la deliciosa gastronomía de la región, que a diferencia de la Suiza germánica, está muy influida por la cuisinne francaise, y eso se nota. Si el viajero tiene buen paladar, bendecirá su suerte al probar un magret avec framboises como el de la foto. Nuestro profe, que es como los niños, visitó también el acelerador de hadrones del CERN, cuya entrada se sitúa a pocos metros de la frontera con Francia. Llevaba su cazamariposas con la esperanza de que le permitieran cazar un quak o un bosón en el túnel circular de más de veinte kilómetros, pero no hubo suerte. Esos científicos del CERN son muy estirados, y el estrafalario aspecto del profe con su enorme nariz, tampoco ayuda, así que el pobrecillo se quedó compuesto y sin experimento.


Ginebra se levanta a la sombra del formidable Mont Blanc. Su clima es variable, y por momentos lluvioso. La gente no se pone de acuerdo en lo relativo a la climatización, y hay auténticas bofetadas por el mando del aire acondicionado. Ya sabéis que los más luctuosos episodios bélicos de la humanidad han empezado siempre por esta espinosa cuestión. Claro que luego en los libros de Historia sólo se habla de conflictos religiosos o geoestratégicos, olvidando que el espartano se enfureció cuando aquel ateniense echó una astilla más al fuego, o que el guerrillero del Vietkong, cobró un odio mortal al yanqui que conectó el ventilador. ¿De dónde si no viene el nombre de Guerra Fría, podéis decirme? En fin, como añoramos Ginebra, el profe y yo vamos a prepararnos un delicioso Negroni, añadiendo a la ginebra su Martini, su Campari, y coronando la obra con una aceituna rellena. La sombra del Moncayo no será la del Mont Blanc, pero tampoco es mala sombra, me parece.

Si la gente no tuviera ilusión por lo inesperado, apenas se cambiaría de ropa interior.