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jueves, 11 de junio de 2015

ALMODIS DE LA MARCA. ARMAS DE MUJER

El conde Raimundo o Ramón, hijo de Berenguer y nieto de Borrell, a quien también se conoce como Ramón Berenguer I, marchó en 1054 a guerrear a Tierra Santa. Nada original. Era lo que solían hacer los príncipes de la cristiandad en aquellos tiempos de las cruzadas. El caso es que Ramón pasó por Narbona, y se alojó en la mansión de Guillermo III de Arles. Casualmente el hombre de la casa estaba ausente, así que el barcelonés halló ocasión propicia para enamorarse y enamorar a su esposa, una belleza occitana que respondía al bello y evocador nombre de Almodis.

Almodis era hija del conde Bernat y de Amelia de la Marca del Lemosí (Limoges), y no era precisamente una muchacha inexperta. Había estado casada tres veces. La primera con Hugo de Lezignem, apodado el Piadoso, con el que tuvo su primer hijo. El Piadoso la repudió, así que contrajo nuevas nupcias con Pocç de Tolosa, del que tuvo otros dos hijos. También fue repudiada por el tolosano, lo que la llevó a casarse con el conde Guillermo de Arles, en cuya casa la encontró el bueno de Ramón camino de sus batallas. Cuando se aburrió en Jerusalén de dar mandobles, espadazos y lanzadas, Ramón emprendió el camino de regreso y, según nos cuenta el historiador árabe Al-Bakri, volvió a casa de su antiguo hospedero, preocupado por encontrar a su esposa. Entonces se declararon su amor recíproco, y Raimundo proyectó con la narbonense que ella inventaría una estratagema que le permitiera huir de la ciudad e ir a reunírsele, para casarse con él.


Ni el encierro al que el burlado Guillermo la sometió en Narbona, ni el hecho de que Ramón Berenguer estaba casado en Barcelona con doña Blanca (su segunda esposa, pues antes había enviudado de Isabel de Gascuña), representaron obstáculos insalvables. Almodís movilizó secretamente a varios de sus familiares, que finalmente lograron liberarla de su encierro. En cuanto a Blanca, fue inmediatamente repudiada por Ramón, una costumbre que por lo que podemos ver, estaba muy extendida. El caso es que venciendo infinitas dificultades, y tras atravesar varios condados en el mayor de los secretos, la fugada Almodis logró encontrarse con su amante en Barcelona, donde contrajeron nupcias en medio del regocijo de unos pocos fieles, y la reticencia de los nobles y hasta de la misma abuela de Ramón, la poderosa e influyente condesa Ermesinda o Ermessenda, que siempre se opuso a la unión.


La deliciosa historia del enamoramiento, así como la legendaria belleza de la dama, han dado pie a buena copia de fábulas y novelerías, sobre todo durante el Romanticismo, época en la que hubo especial predilección por estos relatos de amoríos medievales. Las representaciones contemporáneas que nos han llegado de la condesa, aun siendo poco realistas, como propias del Románico, dan una vaga idea de su hermosura. Una de las gigantas que desfilan por las calles de Cervera durante sus fiestas, representa a Almodis en la plenitud de su encanto y su belleza. Pero la importancia de Almodis de la Marca va mucho más allá de lo meramente anecdótico. Ella fue pieza clave y constante apoyo de Ramón para la consolidación de su poder político.

En efecto, la pareja afianzó su dominio sobre los condados de Barcelona, Gerona y Osona. Mantuvieron a raya a los reinos de taifas fronterizos, obteniendo en ocasiones de ellos jugosos beneficios en forma de tributos. Pusieron en su sitio a la belicosa nobleza feudal, que hasta entonces no había cesado de maquinar intrigas. Iniciaron su expansión hacia las tierras occitanas, Languedoc, Carcasona y el Rosellón, contribuyendo a ello que en esos territorios gobernaban varios hijos de Almodis, lo cual no sorprende, dada su brillante carrera amatoria. Consiguieron finalmente doblegar la voluntad de la condesa Ermessenda, despojándola de sus posesiones y obligándola a interceder ante Roma para que fueran alzadas las excomuniones que a instancias suyas, había decretado el Papa. A la vez que consolidaron la institución condal, establecieron alianzas y pactos con el fronterizo reino de Aragón, su más poderoso vecino, que entonces iniciaba su imparable expansión meridional. Casi un siglo más tarde, esa alianza sería decisiva para hacer posible el matrimonio de Ramón Berenguer IV con Petronila, la hija de Ramiro II de Aragón, unión que habría de conducir a sus reinos y territorios hasta los confines del Mediterráneo bajo una sola corona.


La bella Almodis, una de las mujeres más influyentes de su tiempo, murió trágicamente en 1071 a manos de su hijastro, Pedro Ramón, que la asesinó tras una violenta discusión. Pedro era el hijo de Isabel, primera esposa de Ramón. Su execrable acción dio al traste con sus derechos sucesorios, que pasaron a los hijos de Almodis, los gemelos Ramón Berenguer y Berenguer Ramón. El parricida fue desheredado y condenado al destierro. Su pista se perdió en tierras de moros.
De esta forma, aquella hermosa y decidida mujer se convirtió en la madre de los condes de Barcelona, prolífica Eva mitocondrial, a quien relevaría en este protagonismo genético Petronila de Aragón en 1150.

Muchos hombres de éxito deben su éxito a su primera esposa. La segunda esposa se la deben a su éxito.