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miércoles, 3 de junio de 2015

EL HOMBRE ANTROPOCÉNICO Y LAS AMENAZAS DEL TIEMPO NUEVO

Atendiendo a los diferentes estratos de la corteza terrestre y a su datación, tanto a través de hallazgos fósiles, como mediante mediciones con isótopos, los geólogos han establecido una serie de eras o periodos en que se divide la historia natural de nuestro planeta.
Según la nomenclatura más ortodoxa, nos hallamos en el periodo Holoceno, que se inició hace unos diez mil años y llega hasta la actualidad. Los geólogos han acuñado recientemente el término Antropoceno, un afortunado neologismo que pretende destacar el protagonismo de las sociedades humanas y su repercusión en la ecología terrestre.


Si algo caracteriza a este periodo antropocénico, es el desmesurado crecimiento de la población humana, así como, sobre todo en los últimos siglos, una incesante y progresiva aceleración de lo que en términos comunes suele calificarse como progreso, y que también podría definirse como la creciente capacidad humana para modificar el medio en el que habita.
Todas y cada una de las especies de seres vivos que pueblan nuestro planeta, descendientes de un primitivo antepasado común, han experimentado para llegar hasta su forma actual, una serie de adaptaciones evolutivas. Como ya hemos repetido muchas veces aquí, esas adaptaciones no son mejores ni peores. Simplemente han resultado ser las más adecuadas al nicho ecológico que ocupa cada especie, y a las estrategias que ha adoptado para sobrevivir y reproducirse, perpetuando así su acervo genético. Así pues todas las criaturas vivas que habitamos la Tierra hemos tenido el mismo éxito biológico, ya que todos hemos sido capaces de preservar nuestro genoma, haciéndolo llegar desde el comienzo de la vida hasta la actualidad. Puesto que los individuos peor equipados evolutivamente, mueren sin llegar a transmitir sus genes a la siguiente generación, cada uno de los seres vivos actuales, desde una levadura hasta un manzano o un señor de Pontevedra, somos el último eslabón (por ahora) de una larguísima cadena de triunfadores. Todos y cada uno de nuestros antepasados sin faltar ni uno solo, han tenido éxito reproductivo. En caso contrario, yo no estaría aquí escribiendo esto, ni tú leyéndolo.

Ilustración de Arturo Asensio

Si nos centramos en las adaptaciones que nos caracterizan como especie, entre las más recientes está nuestro elevado índice de encefalización. El cerebro grande es un rasgo que compartimos parcialmente con otros mamíferos, particularmente con otros grandes simios antropoides, como los chimpancés o los gorilas, pero que en nuestro caso está mucho más acentuado, lo que junto a un mayor desarrollo y complejidad de la corteza cerebral, nos confiere un grado de inteligencia muy superior al de cualquier otra especie. A la capacidad cognitiva se une la neotenia o capacidad para prolongar el periodo infantil, etapa en que se adquieren experiencias y existe una mayor facilidad para el aprendizaje. Tampoco es este un rasgo exclusivo de los seres humanos, pero es verdad que a diferencia de otras especies cercanas, en nosotros la capacidad de aprendizaje perdura en la edad adulta, y en muchos casos se mantiene durante toda la vida. Existe aun una tercera y reciente adaptación. En este caso lo es tanto, que es exclusivamente nuestra, y no la compartimos con ninguna otra especie. Se trata de la capacidad de transmitir información a través del lenguaje. Parafraseando el texto evangélico, el verbo se hizo carne. La palabra constituye quizá la adaptación más decisiva de la especie humana.

Una vez establecido el mecanismo de transmisión de información, los grupos humanos fueron perfeccionando sus conocimientos y sus habilidades. Al principio a un ritmo muy lento. Durante decenas de miles de años los grupos humanos fueron muy reducidos. Los yacimientos paleolíticos muestran progresos en la industria de la piedra o en los trabajos de huesos, pero esos progresos fueron muy lentos. Esta característica puede apreciarse aun en las cada vez más escasas y amenazadas sociedades primitivas que sobreviven en la cuenca amazónica o en Nueva Guinea. Los pequeños grupos familiares o tribales paleolíticos se desenvolvían en un medio y mantenían un estilo de vida que hacía imposible su crecimiento.

Para que el progreso se acelere, es necesaria una masa crítica mínima de población. Eso no se consiguió hasta la revolución neolítica. Con la explotación de los recursos agrícolas y la división del trabajo, la población humana creció exponencialmente, y a la vez creció exponencialmente la transmisión de conocimientos. Durante el periodo histórico, a raíz de la invención de la escritura, este crecimiento, tanto poblacional como de la información, fue ya imparable, llegando hasta nuestros días. El progreso, o lo que llamamos progreso, parece no tener límites. La pregunta es: ¿representa un riesgo?
En nuestra opinión el riesgo no radica en el progreso como tal, algo que por definición contribuye siempre a la mejora de la calidad de la vida de los individuos y al perfeccionamiento de la sociedad. El riesgo está precisamente en la enorme velocidad con la que se producen los acontecimientos, y sobre todo, en la manifiesta incapacidad de los seres humanos para reconocer las nuevas amenazas y establecer a tiempo los mecanismos de defensa.


Hombres y mujeres estamos preparados para enfrentar las amenazas del Holoceno. Pero este crecimiento desmesurado poblacional, cultural y tecnológico nos ha situado en pleno Antropoceno. Nuestro equipamiento instintivo holocénico nos impulsa a retirar rápidamente la mano si vemos una araña cerca, a bordear prudentemente el sendero donde repta la serpiente, o a trepar a un árbol al escuchar el rugido del tigre. Son improntas de conservación que sirvieron de maravilla a nuestros antepasados paleolíticos. Sin embargo el conductor que escucha en la radio la noticia de que las emisiones de CO2 se han triplicado en el último año, no levanta ni un milímetro el pie del acelerador. Otro tanto ocurre con el incremento de los gases de efecto invernadero, la destrucción de la capa de ozono, el calentamiento de los polos, la contaminación marina, la desecación de los acuíferos… No se trata necesariamente de irresponsabilidad. Los individuos uno por uno y correctamente informados, entienden estos y otros problemas parecidos, y son capaces (todos lo somos) de intelectualizarlos como importantes. Se trata sencillamente de que todas estas alarmas encendidas que nos conducen a un lento (o quizá no tanto) suicidio colectivo, no son capaces de poner en marcha nuestros mecanismos instintivos de autoconservación, que datan del ya lejano Holoceno.

El Roto

En términos evolutivos, somos monos que al saltar del árbol, nos hemos encontrado repentinamente en el futuro. ¿Cómo vamos a preocuparnos por el calentamiento global, si aun estamos admirando con incredulidad nuestros jeans y nuestro reloj de pulsera?

Es imprescindible dar algún sentido a la vida, precisamente porque no lo tiene. Henry Miller.