Translate

miércoles, 12 de agosto de 2015

BIGOTINI MOSQUETERO

El joven Bigotini era un chico de pueblo, de la Gascuña francesa concretamente. Los gascones vienen a ser en la práctica como los vascos del otro lado de los Pirineos. El apellido real de su familia era Bigoteaguirrechea, pero lo habían acortado porque en aquella Francia tan finolis de entonces, sonaba basto y pueblerino. El padre del muchacho había sido en sus buenos tiempos mosquetero del rey, así que para seguir la tradición familiar (la tradición es sagrada para cualquier vasco, sea de Euskalerría o de Melanesia), el chico tenía que ser también mosquetero a toda costa, aunque tuviera vocación de cantante de boleros o de representante de lencería. Su anciano padre le dio el mejor caballo que tenía, y con mucha ceremonia le hizo entrega de la vieja espada familiar, una reliquia que se exhibía en un lugar de honor del viejo caserío, y que sólo se empleaba para que su tía Izascun removiera sus sabrosas cuajadas.


Con su espada y su caballo partió el joven Bigotini hacia París, y al llegar a aquella gran ciudad exclamó: ¡Ahí va, la hostia!, en el tono admirativo que puede suponerse. Como iba algo distraído, tropezó con un tipo grandote, tuvieron más que palabras, y se retó con él a duelo. Al poco rato, tomando unos pinchos en una herricotaberna de Montparnasse (allí, como hablan en francés, las herricotabernas se llaman herricotabernes, pero vienen a ser lo mismo), discutió con un tío presumido, y también se retó a duelo con él. Más tarde tuvo lío con otro que parecía medio mariquita y que le soltó dos guantazos que apestaban a Chanel. No tuvo más remedio que retarse también con este.


Cuando llegó al lugar de la cita, se encontró con los tres duelistas, que resultaron ser mosqueteros del rey. El muchacho no se acobardó y les dijo: en lugar de uno en uno, si vendríais los tres a la vez, lo mismo me daría, pues. Ellos, que no habían entendido nada, se miraron, desenvainaron las espadas, y se fueron a por el chaval con ánimo de ensartarle como a una aceituna. Pero en estas aparecieron una docena de guardias del cardenal Richelieu, los matones del mandamás franchute de entonces, y claro, siendo ellos mosqueteros y el chico aspirante, se pusieron los cuatro de acuerdo para dar una lección a aquella manga de chulos. Entre los cuatro se las apañaron para dejar en ridículo a los guardias de Richelieu. Después se abrazaron, se hicieron amigos y se fueron de txiquitos a la parte vieja de París. Entre txiquito y txiquito, Athos (el tío presumido), Porthos (el tipo grandote) y Aramis Fuster (el mariquita que cuando no estaba de servicio, echaba las cartas), rebautizaron a Bigotini como Bigotignán. Se fueron a comer besugo al Orio, pero como andaban un poco justos de dinero, pidieron uno para todos, de ahí el famoso lema de los mosqueteros.


Bigotignán que era muy enamoradizo, se enamoró de una camarera. Sus padres al principio no pusieron buena cara, pero cuando les aclaró que se trataba de una camarera de la reina, admitieron que eso ya era otra cosa. Si sería camarera de un bar de copas, te daba dos hostias -le dijo su padre-, pero camarera de la reina es como cantinera en los sanmarciales de Irún, o así. Fue precisamente su novia la que pidió a Bigotignán y sus camaradas un favor. Debían recuperar un collar muy valioso, regalo del rey, que la reina había entregado a un play boy inglés con el que tuvo un desliz. El malvado Richelieu estaba al cabo de la calle del lío, y había organizado un sarao para que la reina tuviera que ponerse el collar. Como no lo tenía, Richelieu esperaba que el rey se cabreara, y se diera cuenta de que la reina era un pendón. Y es que al cardenal le gustaba mucho malmeter.

Athos, Porthos, Aramis y Bigotignán, se pusieron manos a la obra. Venciendo mil obstáculos, recuperaron la joya, y llegaron justo a tiempo para que la reina la luciera en el festejo. La reina, cuya honestidad había sido puesta en entredicho, pudo crecerse delante de su marido. ¿Qué te habías creído, gilipollas?, -le soltó. El rey quedó fatal en la Corte y tuvo que pedir disculpas. Luego se fue donde Richelieu hecho una furia, y le dijo: por tu culpa soy el hazmerreír de media Europa. Menudo gobernante estás tú hecho. Te voy a degradar a monaguillo por idiota. A nosotros nos parece una cosa corriente, pero dicho por un rey, en francés y con los dientes apretados de pura mala leche, acojona bastante. Así que el cardenal se quedó lívido, y los mosqueteros a cierta distancia le hicieron gestos de jódete, y le enseñaron los dedos tiesos, meándose de risa.


Después de este episodio, los tres mosqueteros, que ya eran cuatro, corrieron un sinfín de aventuras de capa y espada. Si tenéis curiosidad por conocerlas, hay un montón de libros y de películas donde se narran con todo lujo de detalles. El profe Bigotini no quiere proseguir por el momento, y me ruega que vaya concluyendo. Termino aquí pues el relato porque observo que acaba de abrir una caja de bombones, y temo que si no me doy prisa, sean todos para uno.

Ez zait gustatzen zezenak minigona jarri. (No me gusta que a los toros, te pongas la minifalda).