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miércoles, 16 de septiembre de 2015

PRAGA BAJO LA LLUVIA

Praga muestra toda su belleza en esos días lluviosos del final del verano en que comienza a refrescar. El viajero meridional no se detiene en matices y los llama directamente otoñales. Imaginad el viejo y monumental puente de Carlos sin un solo turista, solitario y silencioso, mientras la lluvia cae inmisericorde sobre el pavimento, y entre los resbaladizos adoquines asoma ese musgo verde, brillante y fragante. El viejo profe Bigotini conoció la Praga de antes de la caída del muro. La Praga del milagro socialista (falso como todos los milagros) hacía ya en los ochenta, guiños al turismo europeo. Era, eso si, un turismo regulado y pastoreado por becarios de comisario político disfrazados de guías turísticos. Si no andabas listo, te intentaban llevar a las afueras con la excusa de ver un estadio de fútbol carente del menor interés, con tal de evitar que fueras testigo accidental de una algarada en la plaza Wenceslao, conmemorativa de las revueltas de aquella inolvidable primavera de agosto.


Lo conseguían con los turistas germano-occidentales, holandeses o nórdicos, que son muy obedientes, pero los italianos y los españoles no tragaban. Paraban el autobús, y salían por parejas en todas direcciones. El frustrado censor sólo podía atrapar a una anciana con muletas y pierna escayolada. ¡Qué tiempos! Era una ciudad viva, a pesar de los comisarios políticos. A pesar de las colas interminables ante las puertas de los comercios que servían un solo artículo. Tiendas de violines (un único modelo). Tiendas de sucedáneo de caviar con miles de latas idénticas de precio unitario. Grandes almacenes donde podías comprar un único modelo de maleta. Estanterías repletas hasta el techo de maletas grandes, grises, sólidas, idénticas… Maletas en un pequeño país en que sus habitantes tenían prohibido viajar al extranjero. Bellezas checas. Muchachas rubias de largas piernas y curvas de vértigo, encerradas a la fuerza en aquellos guardapolvos grises de los comercios estatales. Jóvenes carnes hechas para caricias de seda, aprisionadas en bastas arpilleras.


¡Qué tiempos! Cenas frugales y cervezas monumentales en U Fleku, la vieja taberna del buen soldado Svejk, el checo más universal. El viajero occidental tenía que aguzar el ingenio: pato asado y patatas para hartarse, pero… si querías añadir unos huevos al festín, debías acudir al mercado negro. No había que caminar mucho, por otra parte. El mercado negro estaba entonces en cualquier rincón de Praga. Los huevos no figuraban en la carta del restaurante, pero casualmente el camarero tenía un primo que podía conseguirlos. Caviar ruso del bueno. Discos búlgaros de música clásica. Café angoleño. Ron cubano. Y para los menos escrupulosos, sexo a cambio de lencería occidental o de pantalones tejanos… Los ascensoristas con uniformes rojos repletos de botones dorados, te daban por tus dólares el doble del cambio oficial. La planta decimotercera del gigantesco Hotel Internacional (regalo del pueblo ruso al pueblo checo) acogía un cabaret burlesque al estilo del Berlín de entreguerras. Un número de perritos amaestrados precedía a un striptease pornogrotesco.


Eso de noche. A la mañana siguiente te volvías a dar de bruces con Praga. Con los puestos de salchichas, con los músicos callejeros y con las eternas obras del tranvía. Con la esbelta torre del reloj astronómico, con la fantástica Linterna Mágica, con el monumental puente de Carlos, con el Castillo, con la manzana de Oro, con la Torre Quemada, con el gueto y su viejo cementerio en el que las tumbas se amontonan unas sobre otras en un terremoto imposible y necrófilo. Te encontrabas también la Praga literaria, la Praga de Kafka, la de Rilke, la de Kundera, la de Havel… Aquellos tiempos pasaron, pero treinta años después Praga sigue siendo Praga, y cuando hayan pasado trescientos más, lo seguirá siendo. No te pierdas la Praga moderna. Te parecerá más alegre y más luminosa, pero no te dejes engañar: el musgo creciendo entre los adoquines y la bruma cerniéndose sobre el Moldava, dan testimonio de la Praga lluviosa y eterna. De los locos días y las turbias noches juveniles que vivimos en ella.


La democracia tiene por lo menos un mérito, y es que un miembro del Parlamento no puede ser mucho más incompetente que aquellos que lo han elegido. Bertrand Russell.