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miércoles, 2 de septiembre de 2015

SAN BAUDELIO, EL ÁRBOL DE LA VIDA Y EL CAMINO INICIÁTICO

En la localidad soriana de Casillas de Berlanga, muy cerca de Berlanga de Duero, se alza el que probablemente sea el templo más extraño y sorprendente de la cristiandad. La ermita de San Baudelio es una modesta construcción de planta cuadrada, cuyo origen se remonta a la época visigoda. Su decoración interior mozárabe, hoy desgraciadamente esquilmada, puede datarse en el siglo XI, cuando aquella región era una zona fronteriza que cambiaba frecuentemente de dueño. A pocos metros de su entrada nace un manantial de aguas fresquísimas y reputación de milagrosas. La ermita se cimienta en la roca viva, y sirve de atrio a una pequeña caverna a la que se accede desde el interior del templo. Se trata de un auténtico útero telúrico, cuya salida al exterior simboliza el nacimiento.


La nave principal tiene en su centro un pilar cilíndrico del que parten ocho arcos de herradura que le confieren el aspecto inequívoco de un árbol, de una palmera. Representa el Árbol de la Vida, también llamado Árbol de la Ciencia, y tiene un aspecto idéntico al representado en las miniaturas de los Comentarios apocalípticos del Beato de Liébana. Entre las pétreas ramas de la palmera existe un hueco de difícil acceso, cubierto por una cupulilla de nervios cruzados en filigrana. En el hueco cabe una persona acurrucada. La mitad de la nave principal está ocupada por una especie de tribuna a la que se accede por unos escalones, y está sostenida por dieciocho columnas unidas por arquillos de herradura rematados por pequeñas cúpulas. Una diminuta capilla parte de esa tribuna, para adosarse al pilar central. El cenobio en su conjunto tiene un claro propósito anacorético e iniciático. Un enclave templario. A pesar de la degradación sufrida, es perfectamente posible distinguir los lugares destinados a cada grado, al que los aspirantes accedían tras vencer las diferentes pruebas y dificultades.


Al primer grado, situado en la misma nave, tendrían acceso todos los eremitas de la exigua comunidad de monjes-soldados. En el ábside debían celebrarse los oficios. En la caverna subterránea estaría ubicado un segundo grado, con capacidad para un par de personas. Existen equivalentes de este tipo de criptas en otros cenobios como el del monasterio de San Millán de la Cogolla. Allí dentro el eremita entraría en contacto íntimo con la tierra, absorbiendo místicamente su esencia. El tercer espacio estaría en la pequeña cámara adosada al pilar. Allí y en la pequeña celda superior, el adepto entraba en contacto con la estructura esencial del Árbol de la Vida. En completo ayuno, y casi sin posibilidad de movimiento, su espíritu se beneficiaría tanto de la influencia de su forma, como de la pirámide-cúpula-techo que tenía sobre sí. Tiene este espacio la misma función que el de su equivalente en la iglesia templaria de la Vera Cruz. El caballero-monje pasaba allí un tiempo dedicado a la soledad meditativa y la penitencia mística. Con idéntico sentido al de la columna-árbol de Simeón el Estagirita de la Tebaida o las cuevas iniciáticas de los eremitas bercianos, San Baudelio proporcionaba la fuerza redoblada que se contiene en los símbolos sincréticos del árbol y la caverna. Si la caverna y su sinuoso y vaginal camino de salida conducen a la vida terrenal, el árbol indica el camino del cielo.


Hay en San Baudelio mucho más que cristianismo. La arraigada costumbre céltica de colocar a los muertos en lo alto de los árboles, para que devorados por las aves, ascendieran con mayor facilidad a los cielos, e incluso los ancestrales rituales iniciáticos de las cuevas prehistóricas del occidente europeo, hablan a favor de unas prácticas y una sabiduría mucho más antiguas y primordiales que la misma cristianización peninsular, por cierto bastante menos completa de lo que la ortodoxia histórica nos hizo creer siempre. Pensemos en las populares cucañas, cuyos celestiales premios se depositan en lo más alto de un tronco.

Pensemos también en los numerosos árboles sagrados, tanto peninsulares como de otras tierras de tradición indoeuropea y preindoeuropea. En el Baghabat-Gita encontramos el árbol Azvatha que significativamente crece al revés, y es según la tradición hindú, el único digno de regir el mundo, porque sus raíces, es decir, su origen, están en la Causa Primera, y sus ramas se sepultan en lo material, para gobernarlo. Pensad en la cruz puesta al revés de Pedro, sucesor y encargado por Cristo de regir la Iglesia. La encina sagrada de los aqueos, el fresno sagrado de los germanos, el célebre árbol de Guernica, el de Avellaneda, el de Guerediaga, el de Arcentales, el de Larrazábal, participan del conjunto arcaico de creencias con una serie de elementos comunes que conducen al conocimiento de las cosas divinas, a la verdadera sabiduría.


En el árbol, como en la cruz, se muere. Pero no se trata de una muerte real, sino una muerte iniciática que implica la resurrección a una nueva vida. La Vida con mayúscula que alcanza el adepto en la comunidad que le acoge y le señala el camino. Tanto en los ritos practicados por los pueblos primitivos, como en los rituales de las sociedades ocultistas, la prueba suprema es una muerte que incluso en ocasiones lleva aparejado el cambio de nombre, para renacer a una vida nueva. Así pues, San Baudelio de Berlanga es un lugar de iniciación. A pesar de los frescos perdidos, a pesar de la degradación sufrida, el sentido que le dieron sus primitivos constructores ha prevalecido a través del tiempo y del olvido. Aun puede reconocerse. Visitadlo si tenéis oportunidad. Dejad que su atmósfera os envuelva, abrid bien los ojos y mantened abierto el entendimiento.

Cuando el sabio señala la Luna, el idiota mira el dedo.