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martes, 27 de octubre de 2015

BUDAPEST AYER, HOY Y SIEMPRE

En una fecha tan cercana en la Historia como 1873, en el curso medio del Danubio se unieron oficialmente los viejos enclaves fortificados de  Buda y Óbuda con la ciudad de Pest, situada en la orilla opuesta. Así nació la gran Budapest, hoy capital de Hungría. Una urbe de dos millones de habitantes. El primitivo asentamiento celta se convirtió en Aquincum, la capital romana de la Panonia inferior. Los magiares, belicoso pueblo estepario, la ocuparon en el siglo IX, los mongoles en el XIII y los turcos en el XV. Tras sacudirse el dominio otomano, se transformó en una de las más importantes capitales del Imperio Austro-Húngaro, alcanzando en los siglos XVIII y XIX su mayor esplendor. Sobrevivió después a dos guerras mundiales, al periodo nazi, al soviético, y hasta a la frustrada revolución de 1956.


El profe Bigotini conoció la Budapest comunista, quizá un poco gris y un poco triste, pero con una formidable vida oculta bullendo en su interior y en el corazón de sus alegres, amables y siempre animosos moradores. Era aquella Budapest un poco cómica de “esta mesa no es mía”, frase que resumía irónicamente el espíritu de los trabajadores de empresas estatales (que por supuesto, eran todas). El cliente sentado a la mesa del restaurante, corría el riesgo de ser ignorado de forma sistemática por todos los camareros. En las ocasionales obras y reparaciones urbanas era común ver como un solo obrero trabajaba, mientras otros seis u ocho lo contemplaban con extrañeza, sentados sobre sus ociosas herramientas. Los húngaros, dotados de una innata facilidad para los idiomas, dominaban mayoritariamente el alemán y el inglés. No obstante, cuando querían hacerse los desentendidos, se escudaban tercamente en su lengua imposible, y no había forma humana de sacarles la mínima información.


A pesar de todo, la universidad de Budapest competía con las rusas en ciencia y tecnología, atrayendo a estudiantes y profesores de la órbita socialista. Aun conservamos el recuerdo nostálgico de un joven físico cubano, medio muerto de frío, pero feliz con sus libros rusos, con sus salchichas asadas y con las preciosas estudiantes rubias que revoloteaban a su alrededor. En eso no ha cambiado Budapest. En ninguna otra ciudad europea hallará el visitante aficionado al inocente pasatiempo del flirteo, muchachas más hermosas, más alegres ni más cariñosas. Quienes por edad o por gravedad prefieran otros entretenimientos más cultos, podrán escuchar en Budapest la mejor música clásica, o más recientemente, deleitarse con los formidables grupos de jazz, ya sean visitantes o residentes. Budapest compite con las cercanas Viena o Salzburgo por la capitalidad europea de la música.


La Budapest actual suma a sus tradicionales atractivos otros nuevos y extraordinariamente sugerentes. Uno puede disfrutar allí del mayor balneario urbano de Europa. En las espectaculares termas de los baños Széchenyi, junto a la monumental plaza de los Héroes, el viajero fatigado hallará un ambiente de sosiego, y el jovenzuelo atolondrado tendrá oportunidad de consumir cervezas o combinados sin tino en unas a modo de piscinas-discotecas repletas de chicas en bikini. En el barrio alto de Buda o en el indescriptible mercado central, los gourmands se deleitarán con los especiados goulash o con esas típicas salchichas húngaras con la piel crujiente y cristalizada. Tampoco hay que perderse los deliciosos strudells de frutas. Especialmente recomendables son los que se sirven en los bares alternativos un poco al estilo berlinés, que se han abierto en edificios ruinosos o bombardeados durante la guerra. Es obligado saborear uno de esos pasteles de manzana acompañado de pálinka, el célebre y fortísimo aguardiente húngaro.


Hace casi treinta años ya nos sorprendió el avión de combate suspendido con sirgas en el vestíbulo del lujoso hotel Hyatt. Bigotini no le quitaba ojo mientras saboreaba su té y sus pastelitos, servidos en una opulenta vajilla de plata. Con el sabor intenso del licor en el paladar, el profe dice adiós a Budapest dando un paseo por el viejo barrio judío. Suena en la lejanía un violín quejumbroso, y se consuela el alma con el recuerdo de los amables (y las bellísimas) aquincenses. El gentilicio deriva de Aquincum, el antiguo topónimo latino. Soltadlo como por casualidad en alguna reunión de culturetas, y ya tenéis el éxito asegurado.

Cuando se construyen castillos en el aire, suelen derrumbarse… Sin embargo, algunos son tan hermosos que basta con disfrutar las ruinas.