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sábado, 2 de enero de 2016

AVICENA, EL ARISTÓTELES DEL ISLAM


Avicena es el nombre latino con el que se occidentalizó y popularizó en la Europa cristiana a Abu Ali al-Husayn ibn Allah ibn Sina, un médico, filósofo y científico persa, nacido el año 980 en Afshana, actual Uzbekistán. Puede decirse sin exageración que Avicena fue el Aristóteles musulmán, a quien por cierto leyó y estudió a través de las traducciones y comentarios de al-Farabi, el principal introductor de la filosofía aristotélica en el mundo islámico. Como médico se considera a Avicena uno de los tres grandes precursores de la ciencia médica universal, junto a Hipócrates y Galeno. Cursó sus primeros estudios en Bujara, capital del reino de los Samaníes. Muy pronto adquirió extensos conocimientos en matemáticas, física, lógica y filosofía. Siendo todavía adolescente ya se le tenía por toda una autoridad en el Corán, y con solo diecisiete años, adquirió gran reputación como médico, al sanar al emir Nuh ibn Mansur.

Tras la caída del reino samaní en 999, Avicena se trasladó a Hamadán, donde su emir le nombró primer ministro. Allí alternó sus tareas de gobierno con el estudio de la música y la astronomía, y hasta tuvo tiempo de escribir varios tratados entre los que destaca su Canon médico. A los veinte años era ya autor de varias decenas de obras, todas ellas enormemente influyentes en la ciencia de su tiempo. Viajó extensamente por todo el mundo islámico. Su creciente fama le granjeó sin duda prestigio, pero también le procuró enemigos, y algunos tan importantes que en 1021 dio con sus huesos en la cárcel, de donde logró evadirse disfrazado de derviche.

A los treinta y dos años publicó la que está considerada como su gran obra, el Canon médico, que traducido al latín por Gerardo de Cremona, se popularizó en occidente hasta el punto de convertirse en poco tiempo en una de las principales referencias de la medicina de la época. En filosofía Avicena construyó a partir del pensamiento aristotélico y el neoplatonismo, un corpus doctrinalis pasado por el tamiz del Islam, que curiosamente fue inmediatamente adoptado en el occidente cristiano, por su impecable manejo de la lógica y su entronización de la Razón como soberana por encima incluso de los credos religiosos. Una apuesta muy arriesgada en aquel tiempo de integrismos, en la que acaso triunfó Avicena por el procedimiento de definir la Razón como la manifestación objetiva de la voluntad de Dios.

Falleció en 1037 a los cincuenta y siete años, durante un viaje a Irán, victima según sus seguidores de una enfermedad intestinal y de la sobrecarga de trabajo, y según sus detractores, de sus propios vicios y excesos. Si hemos de creer a estos últimos, Avicena fue hombre de temperamento epicúreo, que no se privó de ningún placer.
En cualquier caso, Avicena fue una de las personalidades más importantes del universo cultural medieval, prolongándose su obra y sus opiniones hasta la época renacentista e incluso hasta la Edad Moderna. Curiosamente en occidente ha prevalecido su faceta médica y científica, mientras que en el ámbito musulmán se le tiene fundamentalmente por poeta, moralista y místico. Dos líneas divergentes que acaso ilustran la deriva histórica de ambas culturas. En Bigotini, como occidentales, nos quedamos decididamente con el Avicena científico, e invitamos a nuestros lectores a profundizar en el estudio de su vida y de su admirable obra.

Puedes avanzar un poco yendo más rápido que los demás. Puedes avanzar mucho yendo por el buen camino.