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lunes, 29 de febrero de 2016

ESCLAVITUD Y ESCLAVOS EN LA ESPAÑA IMPERIAL


Murillo. Tres niños
La inmensa mayoría de las referencias históricas a la esclavitud nos transportan casi siempre a ciertos escenarios muy determinados: la antigüedad greco-romana, el mundo árabe y la América colonial. A menudo se olvida que en nuestro suelo también hubo esclavos. Concretamente en la España imperial de los siglos XVI y XVII la esclavitud fue mucho más que un fenómeno marginal. Como señala Antonio Royo Bermejo, entre los teólogos y pensadores del Siglo de Oro, por influencia de La Política de Aristóteles, se distinguían dos tipos de servidumbre. De una parte la llamada servidumbre natural, que sujeta al ignorante y débil al imperio del fuerte o del sabio; y de otra, la servidumbre legal, que se deriva de la guerra o la venta.

La primera apenas tuvo eco en los reinos peninsulares, sin duda por influencia del padre Bartolomé de las Casas y su decidida defensa de los indios americanos y de los aborígenes canarios. Sin embargo, el principio de la servidumbre legal fue tenazmente defendido en España. Los prisioneros que se hacían a turcos y moros de Berbería, se consideraron legalmente esclavizables, así como negros, mulatos y no blancos en general. También los hijos de esclavos quedaban legalmente sujetos a esclavitud y compraventa. La llamada guerra justa fue aceptada universalmente como causa legítima de esclavitud, por lo que abundaron también los esclavos de raza blanca. Algunos centenares de ellos, la mayoría importados de tierras americanas o fruto de la guerra que se libró en el Mediterráneo contra los turcos, fueron sometidos a trabajos forzados en las obras faraónicas de Toledo, Madrid, El Escorial o El Pardo. Pero la gran mayoría de los esclavos de la España de aquel tiempo se dedicaron a la servidumbre doméstica como sirvientas, lavanderas, palafreneros o mozos de establo.


Velázquez. Mulata
La causa que más frecuentemente llevaba a adquirir la condición de esclavo era, como queda dicho, la guerra, situándose a continuación la trata negrera (un lucrativo negocio), el nacimiento (ser hijo o hija de esclava) o la comisión de algún delito. Los niños de corta edad solían ser vendidos en el mismo lote que su madre. Entre los delitos documentados como causa de pérdida de libertad destacan ayudar a los moros, convertirse en moros o en judíos, el hurto, la mendicidad, el adulterio o el ejercicio de la prostitución. En el reino de Granada, una vez conquistado y apaciguado, abundaron las expediciones y cabalgadas para apoderarse de moros que permanecían emboscados y ocultos.

Aunque la Corona de Castilla fue ajena a la trata de negros, el mercado nacional se nutrió de los esclavos que traían los portugueses. Los principales puntos de trata se situaron en Lisboa y en Sevilla, y los destinos más comunes incluían a la misma Sevilla, junto a Salamanca, Madrid y Barcelona, ciudades que contaban con mayor número de personas adineradas que podían permitirse la compra de esclavos. Concretamente en Barcelona fue donde más tiempo persistió el comercio y la tenencia de esclavos, prolongándose allí hasta época tan reciente como finales del siglo XIX. La burguesía catalana empleó mano de obra esclava tanto en las colonias de Cuba y Puerto Rico, como en la misma Cataluña, hasta la vergonzosamente tardía abolición de la esclavitud.


Velázquez. Retrato de Juan Pareja
En los siglos XVI y XVII tuvieron esclavos no solo los nobles y los mercaderes enriquecidos, sino los militares, los clérigos, los estudiantes o los artesanos. Es célebre el caso de Juan Pareja, un esclavo mulato de Diego Velázquez, que aprendió a pintar en el taller de su maestro y amo, dedicándose después a la pintura con notable éxito. En el servicio doméstico las esclavas negras y mulatas gozaron de mejor fama que las blancas y las moriscas, a quienes se consideraba indómitas y escasamente fieles. Era práctica común herrar a los esclavos, muy especialmente a los blancos, mediante marcas hechas a fuego en lugares visibles como la barbilla, las mejillas o la frente. Los negros habitualmente no se marcaban, pues su propio color delataba su condición. La marca más usual consistía en una S y un clavo. Recogen esta costumbre Cervantes y Lope de Vega entre otros. Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana o española, afirma que el clavo no es sino la letra “I”, de manera que la “S” y la “I” vendrían a significar sine iure, es decir, sin derecho, porque el esclavo no es suyo, sino de su señor y assi le es prohibido cualquier acto libre.

Quede pues constancia de que no sólo hubo esclavos en el Brasil o en Alabama. Lamentablemente también en nuestro suelo se produjo esta vergonzosa práctica de la esclavitud, consagrada por las leyes imperiales y bendecida además por la Santa Iglesia.

Escuchando se aprende y hablando se yerra.