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lunes, 15 de febrero de 2016

INTERSEIDAD. EL GRAN ORGANISMO CÓSMICO


El monje budista vietnamita Thich Nhat Hanh, a quien debemos el término interseidad, lo explica así: Sin la nube no habrá lluvia; sin la lluvia no alcanzarán a desarrollarse los árboles; y sin los árboles sería imposible fabricar el papel. La existencia de la nube resulta esencial para la existencia del papel. Puede decirse que la nube y el papel inter-son, porque no pueden ser de forma aislada.
El biólogo evolutivo Scott D. Sampson admite la interseidad como un sólido hecho científico. En nuestra mentalidad occidental está muy arraigada la noción de individualidad, de manera que tendemos erróneamente a concebir nuestro yo encapsulado en los límites de nuestra piel, olvidando que tiene mucho más de membrana permeable que de barrera aislante. ¿En qué momento puede decirse que la última bocanada de aire, el último sorbo de agua o el último bocado de alimento que hemos ingerido, deja de ser parte del mundo exterior, para convertirse en un elemento integrante de nosotros mismos? La misma pregunta podría hacerse con relación a nuestras exhalaciones y desechos.


Todos los seres vivos formamos parte del ciclo biológico que tiene lugar en la biosfera terrestre. Nuestro supuesto yo individual alberga un microbioma de grandes proporciones (véase el reciente artículo sobre el increíble mundo bacteriano). Sólo en la boca tenemos más de setecientos tipos distintos de bacterias. Nuestra piel y nuestras pestañas se hallan igualmente pobladas de microbios, y en nuestro tubo digestivo se aloja una infinidad de linajes bacterianos. Las más recientes estimaciones señalan que nuestro cuerpo posee unos diez billones de células propias y cerca de cien billones de células bacterianas. Es decir, el noventa por ciento de nuestro contenido puede calificarse de no humano. El número de formas de vida que albergamos supera el número estimado de estrellas que forman la Vía Láctea. Por asombroso que parezca, es completamente exacto.

Por si los datos numéricos no fueran lo bastante abrumadores, hay que decir que mantenemos una relación de completa dependencia con nuestra flora residente. Sin nuestros pequeños habitantes no seríamos capaces de vivir. Y si volvemos a nuestras células propias, se calcula que los organismos renovamos completamente hasta el último átomo aproximadamente cada siete años. Cada partícula de lo que era “yo” hace siete años, ahora forma parte de un árbol del parque, del océano o de un ternero. De idéntica forma, ahora poseo átomos que antes pertenecieron a un hongo, estaban en el interior de un volcán o en una estrella muy, muy lejana…


¿Dónde situamos pues el punto de corte? No somos seres aislados. Debemos aprender a contemplarnos como seres permeables y entrelazados, integrados en entidades biológicas más amplias, yoes más amplios, entre los que cabe incluir el yo de la especie (la humanidad) y el yo de la biosfera (el conjunto del bioma o la biomasa terrestre). Del mismo modo que hemos comprendido que la Tierra no es el centro del universo, una idea nada intuitiva por cierto, pero rigurosamente cierta, hemos de asumir también que no estamos fuera de la naturaleza ni por encima de ella, sino que formamos parte de ella de manera íntima e inseparable. El punto de vista que nos aporta la interseidad, nos conduce a no considerar a las demás formas de vida como meros objetos, sino como sujetos, como compañeros de viaje que nos acompañan en el remolino de la corriente de este antiquísimo río que es la vida. Ya veis que el profe Bigotini se pone a veces muy filosófico, pero es que él tiene muy arraigada esta idea de la interseidad. A fin de cuentas, sin vosotros que leéis estas locuras suyas, no sería más que un monigote ridículo.

Mejorar es cambiar. Ser perfecto es cambiar a menudo. Winston Churchill.