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jueves, 24 de marzo de 2016

PARACELSO. ¿MÉDICO O NIGROMANTE?


Su nombre completo era Phillippus Aureolus Theophrastus Bombastus von Hohenheim. A nadie extrañará pues que adoptara el apelativo de Paracelso, que además de ser mucho más breve y práctico, homenajeaba a Celso, el célebre médico de la Roma imperial.
Nuestro hombre nació en Zurich en 1493, y se crió en la vecina localidad de Einsiedeln. Su padre, también médico, le inculcó su pasión por la medicina, cursando sus estudios en Basilea, Viena y Ferrara. Dotado de excepcional talento, Paracelso adquirió pronto reputación de sabio tanto entre sus colegas médicos, como entre las gentes del pueblo. Siendo muy joven ejerció su profesión en las minas, convirtiéndose en uno de los primeros médicos y en prácticamente el primer hombre de ciencia que se ocupó en el estudio de lo que ahora llamamos enfermedades profesionales o laborales.

Entre las principales aportaciones de Paracelso a la medicina, cabe reseñar su descripción minuciosa de las estructuras articulares y del líquido sinovial (término que introdujo en los tratados de anatomía). Destacan también sus estudios sobre la naturaleza y el tratamiento de enfermedades como el bocio o la sífilis. Paracelso fue además un gran defensor de la cirugía, una práctica que en su tiempo se consideraba oficio bajo, más propio de barberos que de médicos. Pero acaso su mayor aportación a la ciencia médica fue la introducción de fármacos de origen mineral, químico (o alquímico, como se decía en su tiempo) en el tratamiento de diversas patologías. Hasta entonces la farmacopea estaba prácticamente limitada a las drogas clásicas de origen vegetal conocidas desde la antigüedad greco-latina, y enriquecidas por la medicina del Islam. El uso de este nuevo tipo de sustancias inorgánicas supuso un paso de gigante para la farmacia, cuyo arsenal terapéutico se amplió de forma exponencial. Como ejemplo, hasta la era antibiótica, en el tratamiento de la sífilis se siguieron empleando las sales mercuriales introducidas por Paracelso. Sin embargo, no por ello desdeñó el uso de sustancias orgánicas que habían probado su eficacia. En su tratado Die grosse wundartzney (La gran cirugía), Paracelso apostó por el láudano, y gracias a él su uso se extendió por toda Europa.

Así pues, Paracelso no sólo fue un gran médico, sino que fue lo que hoy se entendería como un médico moderno que desterró prejuicios supersticiosos y adoptó una visión científica de la medicina. En otros términos, si yo hiciera un viaje en el espacio-tiempo al primer tercio del siglo XVI, y tuviera la desgracia de enfermar, procuraría buscar a Paracelso. ¿De dónde procede entonces toda esa fama de personaje controvertido, y hasta de hechicero, que acompaña a la figura de Paracelso? Digamos que de sus otras aficiones, o más bien pasiones, la astrología y la alquimia. En efecto, si repasamos sus obras no médicas, nos encontraremos con cartas astrales, ascendentes, horóscopos, y descendiendo a la Tierra, hasta con gnomos, nereidas, hadas del fuego, espíritus del viento, salamandras, lagartos y una especie de visión mística y pampsiquista del universo.

Y es esa otra faceta esotérica de Paracelso la que ha interesado a autores tan dispares como Goethe, Herman Melville, Nathaniel Hawthorne o Jorge Luis Borges. Una romántica como Mary Shelley (la autora de Frankenstein) consideraba a Paracelso uno de los tres grandes hechiceros de la Historia, junto a Cornelio Agrippa y Alberto Magno. Paracelso aparecía mencionado en los títulos de crédito del film clásico Nosferatu, y en fin, hasta forma parte del mágico universo de Harry Potter.
Paracelso murió en Salzburgo en 1541, y aunque probablemente no halló la piedra filosofal que tanto ansiaba, ni consiguió transmutar el plomo en oro, fue sin duda un hombre excepcional, poseedor de un talento formidable. El profe Bigotini le rinde respetuosa pleitesía, mientras observa cómo bulle su viejo alambique. Ojalá, invocando a Paracelso, se pudieran transformar en oro del más fino las almas de algunos desalmados que, como escribió nuestro inmortal Federico García Lorca, no lloran, por eso tienen de plomo las calaveras…

Los solteros guapos y ricos deberían pagar más impuestos. Oscar Wilde.