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sábado, 9 de abril de 2016

PREHISTORIA BALEAR. HONDEROS Y PIRATAS


A juzgar por todos los indicios arqueológicos, las islas Baleares no fueron habitadas hasta bien entrado el Neolítico, en época tan tardía como la correspondiente a la Segunda Edad del Bronce peninsular. Su propia naturaleza insular las preservó hasta recibir la visita de los primeros navegantes mediterráneos del Neolítico. Datan de ese tiempo los primeros restos humanos, pertenecientes a gentes dolicocéfalas en todo similares a los habitantes de las costas del Mediterráneo occidental. El aislamiento confirió a los descendientes de aquellos primeros pobladores una cultura y una idiosincrasia propias y características. Los recursos agrícolas de las islas eran muy escasos. Se limitaban a las habas y a un trigo de poco rendimiento que no bastaba para alimentar a la población. El fantasma del hambre sin duda aceleró el aprendizaje de la supervivencia a costa de los navegantes que frecuentaban sus mares. La piratería debió ser una actividad frecuente.


Cuando el comercio entre Oriente y Occidente quedó interrumpido tras el colapso de la talasocracia cretense y la aparición de los indoeuropeos en el Egeo, los baleáricos entraron en contacto con los navegantes del círculo argárico, tan importante en el levante y el sur peninsular, que introdujeron entre ellos muchas de sus costumbres y sus industrias. Sin embargo, el imparable influjo indoeuropeo no tardó en llegar hasta las islas, del mismo modo que impregnó la práctica totalidad de la geografía europea. Muy probablemente la influencia llegó desde la península Itálica a través de Cerdeña. Esta nueva oleada cultural desplazó a los argáricos en las islas orientales, pero en las pitiusas (Ibiza y Formentera), más cercanas a la península Ibérica, permaneció su influjo hasta épocas tardías.


Hacia 1200 a.C., la cultura ciclópea de clara raíz indoeuropea, invadió también las Baleares. La conocemos como cultura talayótica por las atalayas o talayots característicos de este periodo. Se trata de torreones de planta casi siempre circular, construidos en piedra sin escuadrar ni cementar. Un vestíbulo comunica mediante un pasadizo con una cámara inferior, y con otra superior mediante escaleras. La planta baja se utilizaba como refugio y como recinto sagrado donde se celebraban incineraciones de cadáveres. La superior se usaba como plataforma de defensa en caso de asedio. Aunque en la actualidad los escasos talayots conservados se nos muestran aislados, las excavaciones indican que constituían los hitos de gruesas murallas que rodeaban los poblados. Curiosamente, dichos poblados se encuentran a cierta distancia de la costa, lo que con toda probabilidad indica el temor a invasores llegados del mar. Parece pues que los baleáricos primitivos no fueron los únicos ni los más temibles piratas que frecuentaron aquellas aguas.


El máximo esplendor de esta cultura talayótica viene expresado por las navetas, grandes construcciones ciclópeas con forma que recuerda la de una barca varada. Se utilizaron como tumbas colectivas. Existe otro monumento más sencillo y probablemente más primitivo: las taulas o tablas, consistentes en un monolito sobre el que descansa una losa rectangular a modo de plataforma. En muchos casos, una tercera piedra apoyada en la primera, sirve de contrafuerte al conjunto. Se han descubierto también cierto número de monolitos más pequeños rodeando al mayor en círculo o en cuadro. Su finalidad está envuelta en el misterio. Podría tratarse de restos de construcciones cuyo techo se ha desplomado, o bien de algún tipo de santuario, a juzgar por la abundancia de restos tanto humanos como sobre todo de animales, hallados en su interior y en las inmediaciones, lo que hablaría a favor de un lugar sagrado donde se ofrecían sacrificios.


Todas las fuentes antiguas coinciden en que las gentes de las islas andaban desnudas y eran habilísimos honderos. Se han hallado depósitos de proyectiles de barro, con formas, pesos y tamaños adecuados para ser lanzados con hondas. Ciertos relatos hacen referencia al duro aprendizaje al que al parecer eran sometidos los muchachos, privándoseles de comida hasta que no hubieran acertado un número establecido de blancos. En un país donde no se producían metales, vino, aceite, ni prácticamente ningún artículo de comercio, con una habitación considerable que entre Mallorca y Menorca llegó a superar los trescientos núcleos de población, sin duda la emigración de los jóvenes debió ser más una necesidad que una simple alternativa. Lo cierto es que los míticos honderos baleáricos ganaron una bien merecida fama en todo el ámbito mediterráneo.


Tanto las tropas cartaginesas como posteriormente las legiones romanas, reclutaron honderos en las islas, y los consideraron soldados de élite. Llegaron a estar muy bien remunerados en la Roma Imperial, por lo que tras la licencia algunos regresarían a su tierra ricos. La fama y el prestigio de los honderos se perpetuaron en relatos y narraciones hasta la tardorromanidad. Mucho más dudoso es que, como quiere hacernos creer algún historiador desinformado o visionario, los honderos baleares continuaran en activo durante el medioevo, entre los almogávares que acompañaron a Roger de Flor en expediciones reales o imaginarias. Desde Bigotini queremos llamar la atención de nuestros lectores hacia la interesantísima Prehistoria Balear, que durante muchos años ha permanecido eclipsada por la exuberante y cercana civilización ibérica del Este peninsular. Ahora este desconocido periodo insular, con cada nuevo hallazgo se nos muestra más rico y variado.

Cuanto más atrás seas capaz de mirar, más adelante verás. Winston Churchill.