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jueves, 26 de mayo de 2016

HOMO ERECTUS. EL PLANETA DE LOS HOMBRES


Este humano erguido, el llamado Homo erectus, fue sin duda una criatura muy próspera. Floreció desde principios hasta mediados del Pleistoceno, y su hábitat se extendió desde su punto de partida africano (hallazgos en Tanzania, Sudáfrica, Argelia...) hasta Europa (Alemania, España, Francia, Grecia, Hungría...) y Asia (China y Java). Después de evolucionar hace alrededor de 1,6 millones de años, fue testigo (y quién sabe si también responsable) de la extinción de todos los demás homínidos, incluidos Australopithecus afarensis y Australopithecus africanus, sus posibles ancestros, y Homo habilis, su más que probable, seguro antecesor. Este próspero y viajero Homo erectus sobrevivió hasta hace sólo unos 200.000 años. Hace aproximadamente medio millón de años se desplazó desde África, su continente natal, y extendió sus dominios territoriales a la práctica totalidad del Viejo Mundo, al menos a sus regiones tropicales, subtropicales y templadas.


Especímenes como el hombre de Java, el hombre de Pekin, el pequeño hombre de Flores, o nuestro españolísimo Homo antecessor de Atapuerca, no parecen ser otra cosa que subespecies locales de una única y longeva especie, la de Homo erectus, que a lo largo de milenios, y bajo la influencia de diferentes climas y ecosistemas, adoptó ligeras diferencias sin que ninguna de ellas se aleje notablemente de la estructura general de la especie. Se han encontrado restos en tantos sitios, que se le han aplicado infinidad de nombres vulgares y científicos. En la actualidad, y salvo alguna excepción, los paleoantropólogos parecen coincidir en que se trata de una sola especie. En Bigotini nos abonamos a esta general opinión.



Por su aspecto corporal, su postura y la forma de caminar, Homo erectus debió parecerse mucho a los humanos modernos, si bien era ligeramente más bajo. Con entre 950 y 1.200 cc, el volumen del cerebro también se iba aproximando al actual. Consideremos que hoy en día son muchos los seres humanos adultos (alrededor de un 20%) que no superan o están por debajo de esos 1.200 cc cerebrales, siendo sin embargo perfectamente capaces desde el punto de vista intelectual. En Homo erectus las zonas cerebrales que se asocian con el habla estaban ya bien desarrolladas. No obstante, la cabeza presentaba todavía, aunque atenuadas, las crestas sagitales propias de los simios, así como las mandíbulas prominentes, rasgos tanto más acentuados cuanto más antiguos sean los ejemplares fósiles de referencia.


Resulta evidente que Homo erectus vagaba y cazaba en grupos, no desdeñando nunca los hallazgos de carroña. A pesar de su continuo nomadeo, siguiendo a las manadas de herbívoros, también creaba asentamientos. En algún yacimiento del mediodía francés se han hallado pruebas de la existencia de cabañas con paredes de ramas, sujetas con un armazón de varas y apuntaladas con piedras. Los utensilios y ajuares de Homo erectus van haciéndose más complejos y ricos conforme avanzamos en el tiempo. El utillaje incluye lanzas, proyectiles, cuchillas, rascadores y cortadores, en muchos casos de una factura tan práctica como hermosa. Los materiales de los que se han encontrado vestigios son piedra, madera, astas y huesos de animales, no pudiendo descartarse el uso de otros materiales más perecederos, como fibras vegetales.


Pero lo que acaso caracteriza mejor las industrias de Homo erectus es el uso del fuego, un paso de gigante evolutivo del que no podía tenerse seguridad alguna en Homo habilis, la especie anterior, pero que en Homo erectus está ya completamente confirmado. Además de calor y protección, el fuego permitió cocinar los alimentos, un avance nutricional y sanitario formidable que sin duda potenció las expectativas vitales y reproductivas de la especie. En las próximas entregas de este serial evolutivo nos ocuparemos del Homo sapiens neanderthalensis y del Homo sapiens Cro-Magnon, descendientes ambos de nuestro protagonista de hoy. Ahora tengo que dejaros. El profe Bigotini acaba de insertar un ratón de laboratorio en un estilete, y lo está asando en la llama del mechero Bunsen. Me temo que si no lo impedimos, sea capaz de zampárselo.


La mágica danza de las llamas en la hoguera nos transporta a la lejana noche en que brillaban estrellas ya extinguidas.