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sábado, 4 de junio de 2016

HAMBURGO. LA CIUDAD DE LOS DOS MARES


Hamburgo, ciudad que por sí sola constituye uno de los estados federales de la Alemania moderna, se alza en el istmo de Jutlandia, abierta al mar del Norte y al Báltico. Fue precisamente esta privilegiada situación geográfica la que en la época de la Hansa, hizo de su puerto uno de los principales enclaves comerciales de las rutas marítimas, hoy sólo superado en importancia por el de Rotterdam.
Y es que verdaderamente Hamburgo es una ciudad abierta. Una ciudad libre en el sentido que se daba a esta expresión en el medievo: el aire de las ciudades hace libres a sus habitantes. Ciudades soberanas que no permanecían sujetas al yugo de reyes ni de obispos. La libertad imprime carácter. Libertatem quam perpetere maiores digne studeat servare posteritas. Así reza el lema de su escudo, y en verdad la libertad merece ser defendida.


Quizá por eso los ciudadanos de Hamburgo se afanan en preservarla como un tesoro. El viajero se sorprenderá al encontrar en Hamburgo ese ambiente cosmopolita que con la única excepción de Berlín, no podrá hallar en ningún otro lugar de Alemania. En el colorido barrio hamburgués de Altona, templo abierto de la posmodernidad europea, conviven gays, lesbianas y otros colectivos alternativos, en un ambiente presidido por la tolerancia y el espíritu libre del lesez vivre. Del mismo modo que el Alster y el Bille, confluyen con el caudaloso Elba en su gran estuario, en Hamburgo confluyen toda clase de gentes, tipos y personajes a quienes la marea arrastró hasta allí, en una especie de aluvión europeo y multicultural. Los amantes de la mesa y los manteles encontrarán en Hamburgo espléndidos ejemplos de la gastronomía germánica más clásica, pero junto a las salchichas, los asados y los codillos, también es posible en Hamburgo darse de bruces con alguno de los restaurantes italianos más exquisitos, y hasta recrearse con una cocina vegetariana tan atractiva como la que reproducimos en la foto.


En Max & consorten, un modesto pero fascinante establecimiento cercano a la Hauptbahnhof, Bigotini y su alegre grupo de compañeros de viaje, disfrutaron de una agradable cena a la luz de las velas y de una inolvidable velada de música, risas y sopas calientes. La consorten de Max reina en los fogones y detrás de la barra, además de hablar un castellano fluido. Mención aparte merecen algunos locales del puerto. Hay marineros tatuados, simpáticas camareras que se asoman sin una pizca de vértigo al abierto balcón de sus grandes escotes, y hasta en algunos bares hay escaparates con cama al estilo del barrio rojo de Amsterdam, explícita y casi inocente publicidad de servicios más allá de la hostelería clásica. En un local portuario pretendidamente mejicano, Bigotini y su grupo fueron obsequiados tras la cena con unas copas de tequila cortesía de la casa. Parece de lo más natural, salvo por el hecho de que también recibieron su tequila correspondiente dos chicas de quince años y un crío de diez. Imagine el lector qué nivel de permisividad impera en esta hanseática perla portulana.


Locales de jazz en vivo. Pianistas polidactílicos y cantantes pálidas con voces de terciopelo. Las noches hamburguesas están hechas de risas, suspiros y besos. De día las gaviotas interpretan con sus gritos la banda sonora de la Hamburgo portuaria. Grandes almacenes de ladrillo rojo tiznados de hollín y salitre. Muelles, dársenas y atarazanas bullentes de febril actividad. Las nubes recortándose en un cielo desvaído y preescandinavo, dibujan jirones grises en las puestas de sol septentrionales. Lentos paseos en barco por el piélago de canales. La vieja y monumental rathaus recortando su torre puntiaguda contra el cielo del adormecido atardecer. Una interminable tarde de domingo y unos labios rojos temblando de cariño tras el húmedo beso. En su voz amarga había la tristeza doliente y cansada del acordeón... Adiós Hamburgo alegremente triste y luminosamente gris. Adiós verano de nostálgicas canciones. Adiós pintas de cerveza y copas de aguardiente en el manchado mostrador. Si te lo encuentras marinero, dile que yo muero por él. (¡Chin-pón!).


La cadena del matrimonio es tan pesada que siempre hacen falta dos para llevarla, y algunas veces hacen falta tres. Enrique Jardiel Poncela.