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lunes, 11 de julio de 2016

BAROJA Y LO BAROJIANO


Pío Baroja, donostiarra de nacimiento y madrileño de adopción, vino al mundo el día de los santos inocentes de 1872. Estudió medicina en Madrid, y ejerció durante un breve periodo como médico rural en su Guipúzcoa natal. Rodeado de artistas en su círculo familiar, muy pronto se decidió por dedicarse a la literatura. Comenzó escribiendo artículos para varios diarios de la capital, y algunas obras teatrales. Pero lo suyo era sin duda la novela. Publicó la primera de ellas en 1900, y desde entonces no cesó un solo día en su actividad como narrador, aunque a él le gustaba decir que estaba más orgulloso de sus lecturas. En efecto, desde muy joven Baroja fue un ávido lector y un agudo crítico literario. Se le encuadra en la Generación del 98, y cultivó la amistad de otros autores de su tiempo, como Valle-Inclán, Azorín, Ortega, Rubén Darío, Antonio Machado o Ramiro de Maeztu.


El joven Pío, extremadamente tímido con las mujeres, se convirtió poco a poco en el típico solterón. Su frustrada vocación política le llevó a presentarse primero para concejal por Madrid, y luego para diputado en Cortes en las listas del partido radical republicano de Lerroux, fracasando en ambos intentos. A pesar de ello, participó en los debates políticos a través de su vertiente periodística, al menos hasta la Guerra Civil. Su ideología podría encuadrase en el liberalismo, sin ocultar su abierta simpatía por los movimientos anarquistas. Igual que su paisano Miguel de Unamuno, Baroja abominó del carlismo y del nacionalismo vasco, al que consideraba provinciano y anacrónico. Sus últimos veinte años de vida coincidieron con los veinte primeros del franquismo. Durante este periodo se centró prudentemente en su faceta literaria.


A pesar de que la mayor parte de su vida discurrió en Madrid, Pío Baroja mantuvo una íntima unión con sus hermanos y el resto de su extensa familia, por lo que sus conocimientos sobre el habla, las costumbres y la idiosincrasia vascongadas, son muy profundos. En muchas de sus novelas y relatos, Baroja supo dibujar perfectamente aquellos tipos vascuences tan entrañables y a veces tan desmesurados, que forman parte de su personalísima manera de escribir. Asoma en su obra eso que se ha dado en llamar lo barojiano. Mozos de aldea, curas trabucaires, toreros frustrados, viajeros, navegantes y aventureros de toda condición, componen su colorido mosaico de personajes inolvidables. Pero la cosa no para en el País Vasco. Hay también un universo barojiano madrileño que discurre en las tertulias de los cafés, en los ambientes bohemios. Aguadores asturianos, lecheros cántabros, porteras, soldados que regresaban de Cuba, se incorporan al imaginario del escritor.


Ese particular mundo de Baroja se nutre también de aquellos clásicos juveniles por los que tanto de joven como de viejo, sintió siempre predilección: Verne, Stevenson, Defoe, Melville, London, Poe... Con todo ello Baroja construye un sólido edificio literario. Además están los viajes: París, Dinamarca, Tánger, pero también la Extremadura profunda, Cestona o Vera de Bidasoa, son otros tantos ejemplos de su pasión por conocer, por andar los caminos y por estudiar a los caminantes. Nunca aceptó formar parte de la Generación del 98, y hasta negó en ocasiones su existencia, argumentando con razón que sus componentes muy poco o nada tenían en común. En torno al escritor y al hombre fue creciendo una fama de supuesta misoginia, que está totalmente injustificada. Por la obra de Baroja desfilan numerosos personajes femeninos perfectamente dibujados y a menudo dotados de singular encanto.

Si hemos de destacar entre su extensa obra algunas de sus novelas, nos decidiremos por Camino de perfección (1901), Zalacaín el aventurero (1908), El árbol de la ciencia (1911) o Las inquietudes de Shanti Andía (1911). El profesor Bigotini tiene una especial debilidad por Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox, la deliciosa y divertidísima descripción de un espíritu tan libre como el del propio profe.
Hoy en Biblioteca Bigotini tenemos el placer de ofreceros la versión digital de un relato brevísimo: Olaberri el macabro. Es apenas un minúsculo esbozo, una pincelada de ese particular mundo barojiano. Haced clic en la ilustración inferior, merece la pena.


Los solteros deberían pagar más impuestos. No es justo que sean más felices que los demás. Oscar Wilde.