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jueves, 11 de agosto de 2016

HOMO SAPIENS CROMAGNON. ¿EL FINAL DEL CAMINO?


El llamado científicamente Homo sapiens Cro-Magnon extiende su existencia desde finales del Pleistoceno hasta la actualidad. Ha llegado a ocupar todos y cada uno de los rincones habitables de nuestro planeta. Su estatura media se sitúa entre 1,5 y 1,8 m de altura, aunque existen poblaciones como los pigmeos o los bosquimanos que apenas alcanzan 1,4 m, y también hay individuos pertenecientes a diferentes tipos raciales que sobrepasan los 2 m. La subespecie moderna de H. sapiens es conocida en todo el mundo desde hace al menos 35.000 años, aunque se han hallado fósiles como los del yacimiento israelita de Jebel-Qafzeh, que parecen ser muy anteriores a esa fecha. Los artefactos y las pinturas rupestres hallados en la región central de Francia, que datan de unos 30.000 años atrás, dan fe de la complejidad de su cultura y son los que originaron la denominación de Cro-Magnon con que se etiquetó la subespecie.


Estos vestigios del hombre de Cro-Magnon indican que poseía un sistema tribal poderoso, que fabricaba utensilios, que recolectaba material vegetal, cazaba, pescaba, y es posible que incluso reuniera el ganado en rebaños, construyera refugios y manufacturara vestimentas que le permitieron sobrevivir durante las últimas etapas de la edad del hielo pleistocénica.
Poco después, hace unos 10.000 años, varios pueblos en diferentes partes del mundo desarrollaron por separado unas formas de vida agrícola. Comenzaron a domesticar animales y a sembrar, adoptaron una existencia más sedentaria y consiguieron un importante incremento de la población. De allí en adelante, la capacidad de modificar su ambiente natural ha conducido a Homo sapiens a ocupar la posición de dominio sobre el resto de las criaturas que ostenta en la actualidad.


Bien, pues ya está. Hemos llegado al final del camino evolutivo que iniciamos hará un par de años con estas entregas sucesivas que nos han conducido hasta aquí. Con los dos escuetos párrafos anteriores podría resumirse de forma sucinta y enciclopédica lo que sabemos del Homo sapiens sapiens, repetición autocomplaciente con la que muchos sustituyen el apelativo clásico de cromagnon. Recordaréis que cuando hablábamos de H. habilis, H. erectus u H. neanderthalensis, ofrecíamos diferentes descripciones anatómicas y acompañábamos los artículos con ilustraciones. Aquí también tenéis unas cuantas imágenes de mayor o menor mérito artístico, pero estaréis de acuerdo en que sobran. Para obtener una imagen fidedigna del H. sapiens moderno, basta con que cada uno de vosotros o vosotras que leéis este artículo, os miréis en el espejo más próximo. Ahí tenéis al cromagnon o la cromagnona, cuyo ADN difiere de H. neanderthalensis o de H. erectus en porcentajes insignificantes. O sea, que vestidos con vuestra camiseta, habrían tenido un aspecto muy similar.


Milenios de existencia precaria, interminables siglos de hielos perpetuos, y un sinfín de penalidades hicieron que las pequeñas tribus, las reducidas poblaciones de Homo sapiens, no llegaran a alcanzar una masa crítica que permitiera tanto la expansión territorial, como la demográfica. Avances tan cruciales como la agricultura, la ganadería, la cerámica, la división del trabajo, la navegación, la rueda con el consiguiente auge del transporte y el comercio, la metalurgia o la escritura, han construido la civilización y han hecho de nosotros y nuestras sociedades lo que somos y lo que son. Nadie se permita la arrogancia de considerarse mejor, más inteligente o más dotado que uno de nuestros antepasados paleolíticos. En las paredes cubiertas de caballos y bisontes de Lascaux o Altamira habita ya el germen de la estatua del discóbolo, el Taj Majal o la capilla sistina. Si a cualquiera de nosotros, que acaso nos envanecemos por conducir un coche, resolver ecuaciones o escribir estas líneas, nos transportaran a la Tierra de hace 20.000 años con una lanza de sílex y un taparrabos, seguramente sobreviviríamos sólo lo justo hasta que nos descubriera un león o un guerrero de la tribu vecina.


¿Es este el final del camino? Bueno, para cada uno de nosotros individualmente, es seguro que si. Y como especie no queda más remedio que adentrarnos en el resbaladizo territorio de la ciencia-ficción. Suponiendo (y ya es mucho suponer) que esto no termine en una previsible hecatombe nuclear o en un prolongado martirio de hambrunas y epidemias, para los más optimistas se abre un amplio abanico que va desde la conquista de otros planetas habitables hasta un desmesurado desarrollo cerebral que nos convierta en seres grotescos, o hasta el triunfo de las máquinas que nos transforme en esclavos de un superordenador. ¿Quién sabe? Cuando miramos los noticieros o leemos la prensa, el profe Bigotini y yo mismo nos conformaríamos simplemente con que el calificativo sapiens se ajustara a la realidad. Mientras eso ocurre, los modernos cromagnon seguiremos rugiendo en el estadio cada domingo, lapidando adúlteras cada viernes o abatiendo elefantes con fusiles automáticos cuando tengamos dinero suficiente. Somos mucho más civilizados que aquellos tipos que se sentaban alrededor de la hoguera a aullar y golpear tambores.

Un optimista es el que cree que puede resolver un atasco de tráfico tocando el claxon.