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martes, 13 de septiembre de 2016

VENUS PALEOLÍTICAS. EL ORIGEN DEL MUNDO


La historia de la especie humana abarca lo que los geólogos llaman la Era Cuaternaria, que corresponde aproximadamente a los últimos cuatro millones de años. Un periodo que aun siendo muy prolongado si lo comparamos con lo efímero de nuestra existencia individual, constituye apenas una minúscula fracción de la historia de nuestro planeta. Para la ciencia histórica, este periodo corresponde a la totalidad de la Prehistoria. Convencionalmente los historiadores dividen la cronología humana desde la aparición en el continente africano de los primeros homínidos, en cuatro edades sucesivas: el Paleolítico, que es la que tiene abrumadoramente mayor duración, abarcando desde los orígenes hasta hace sólo unos 10.000 años; el Neolítico, cuya cronología es variable según las diferentes zonas geográficas, y se caracteriza por la aparición de la agricultura, la ganadería y los primeros asentamientos poblacionales; la Protohistoria, que cuenta ya con la existencia de lo que entendemos como civilizaciones y el desarrollo de la metalurgia; y por último la Historia propiamente dicha, que suele datarse a partir de la invención de la escritura y aparición de los primeros documentos.


Durante la mayor parte del Paleolítico (los periodos inferior y medio), como ya hemos señalado en otros artículos, debido a que la población humana no consiguió alcanzar una masa crítica, un tamaño mínimo que permitiera la transmisión de conocimientos y en definitiva, el progreso, apenas podemos registrar cambios significativos. En el último periodo, el Paleolítico superior, los prehistoriadores distinguen clásicamente tres etapas caracterizadas por sus industrias de utensilios de piedra y otros materiales imperecederos: Auriñaciense, Solutrense y Magdaleniense. Las primeras manifestaciones artísticas ya sean mobiliarias o parietales, salvo alguna rara excepción, no se encuentran hasta el Paleolítico superior, sobre todo a partir del Solutrense. Es también a partir de ese periodo, cuando esos objetos y representaciones adquieren niveles de factura y calidades apreciables.


En cuanto a la imagen de la mujer, ya desde el Auriñacense encontramos algunas representaciones parietales de vulvas, reproducidas tan toscamente, que pueden prestarse a confusión con huellas de pezuñas en algunos casos o simples triángulos en otros. Es a partir del Solutrense, como apuntábamos, cuando aparecen ya representaciones femeninas inequívocas, de forma muy acusada en el arte mobiliario (relieves y tallas en piedras, astas o huesos). El gran prehistoriador Henri Delporte, dató y clasificó hasta 170 figuraciones femeninas en el continente europeo. De ellas 60 corresponden al grupo renano-danubiano, 41 al ruso, 29 al siberiano, 27 al pireneo-aquitano y 13 al itálico. La variedad de estilos es considerable, lo que resulta lógico al tratarse de objetos separados por decenas de miles de años. Sin embargo, en un amplio porcentaje de ellos se aprecia una marcada hipertrofia de rasgos sexuales como pechos, nalgas y vulvas. Muchas estatuillas presentan rasgos esteatopígicos parecidos a los ideales de belleza persistentes actualmente entre algunos pueblos primitivos como pigmeos y hotentotes.


Es evidente que los primeros balbuceos iconográficos de la humanidad, confirieron al sexo y a la fecundidad una magia positiva. La primitiva diosa madre, fecunda, educadora, que amamanta y alimenta, se confunde en el imaginario primitivo con la madre tierra. Sorprende que en el grupo pireneo-aquitano, que engloba las zonas astur-cantábrica, ibérica y el Sur de Francia, se contabilicen menos figuraciones femeninas que en otros grupos geográficos, cuando esta región hispano-francesa es acaso la más rica y exuberante en manifestaciones artísticas. El profesor Gómez-Tabanera apunta con gran acierto a este respecto, que acaso el arte franco-cantábrico, a todas luces más elaborado y sutil que el del resto de Europa, había ido ya un paso más allá en la simbología. Admitido esto, las numerosas representaciones de ciervas personificarían una deidad asimilable a la Artemisa del Mediterráneo protohistórico.

Lo anterior nos introduce en el terreno de lo religioso. Es evidente a todas luces en el ámbito mediterráneo y por extensión en la Europa meridional, el culto primitivo a una deidad femenina. Es la diosa madre de la fecundidad, pero también ella misma (o su hija en algún caso como parte de sí misma) es la doncella cazadora y guerrera. Es Isis, Démeter, Gea, Artemisa, Atenea... Es Perséfone, que muere cada invierno para renacer la primavera siguiente con el florecimiento de los pastos y el regreso de la caza para las primitivas sociedades cazadoras, o con la llegada de la cosecha nueva para las posteriores sociedades agrícolas. La venus paleolítica es Potnia Theron, la señora de los animales del mundo paleolítico euroasiático. Pero no olvidemos que Potnia Theron es también la señora de la muerte. De acuerdo con las tradiciones milenarias pre-indoeuropeas la diosa de la vida y de la muerte, la Gran Diosa Blanca (que a menudo tiene el rostro negro) es Mari, que estuvo presente después entre los pelasgos, y se rodeaba de serpientes, toros y otros símbolos fálicos en la Creta minóica.

Gustave Courbet. El origen del mundo

El cristianismo, que para hacerse popular incorporó en gran medida las tradiciones paganas preexistentes, nos presenta también una María (Mari) multiforme, que es madre y a la vez doncella. Es reina protectora, pero también se la invoca en la guerra. En Aragón es nada menos que capitana de la tropa. No es casual que en Portugal, España, Francia, Italia... no haya una sola, sino muchas Marías. La diosa virgen y madre totémica recibe un nombre diferente y posee unos atributos particulares en cada pueblo. En todos los casos ha sellado un pacto con los habitantes del lugar, con sus fieles que la cubren de flores cada primavera, como se hacía hace diez mil años. Quizá hace veinte mil. Como de forma lúcida expresó Gustave Courbet en su óleo El origen del mundo, que causó tanto escándalo en el XIX, todo comienza en la rosada vulva. Origen y destino. Alfa y omega. Así lo entendieron ya nuestros antepasados paleolíticos, y así ha sido siempre.

En el sexo, como en el bridge, si no tienes una buena pareja, más vale que tengas una buena mano. Mae West.