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jueves, 20 de octubre de 2016

LA MUJER EN EL NEOLÍTICO. BUSCANDO A LA DIOSA MADRE


Con la introducción de la agricultura durante la Revolución Neolítica, aumentaron de forma exponencial las reservas de alimentos, lo que dio lugar a un importante incremento de la población. El esfuerzo de engendrar, parir y alimentar a los hijos, que recae fundamentalmente sobre la mujer, se ve recompensado al advertir que los hijos pueden jugar un papel auxiliar en la nueva economía, vigilando los rebaños, acarreando agua o ayudando en las labores agrícolas. El valor que adquiere la prole en el escenario neolítico, contribuye también a acrecentar el prestigio de la maternidad. Muchos especialistas sostienen que fueron las mujeres quienes tuvieron las primeras ideas sobre el cultivo de las plantas, mientras los hombres pasaban la mayor parte del tiempo en expediciones de caza. Tampoco parece descabellado pensar que las mujeres iniciaron la confección de tejidos o el modelado del barro. Hay quienes quieren ver en los motivos geométricos con que se decoran telas y cerámicas, un claro testimonio de la peculiar psicología femenina. En cualquier caso, no puede negarse el dominio de las madres en las primeras colectividades agrarias y la alta consideración de que gozaron las mujeres fecundas.


Existen abundantes ejemplos en los pueblos primitivos que hacen pensar que entre los grupos humanos del Neolítico cundió la idea de que bajo la tierra late un espíritu fecundo, la Madre Tierra, que se identifica con la mujer. Esta Diosa Madre, también llamada Gran Madre, Diosa Blanca, Potnia Theron o Pacha-Mama por los diferentes pueblos, alimenta a los hombres y a sus rebaños, del mismo modo que la madre amamanta a sus hijos. De esta forma, la mujer fecunda se convierte en la manifestación viva del poder generador de la Tierra Madre. La pertenencia a la comunidad la fija el haber nacido en su seno, lo mismo que los hijos nacen de sus madres. Entre los antiguos pueblos mediterráneos, para adoptar a un extranjero como miembro de una comunidad, se le hacía pasar entre las piernas de la mater familias, escenificando así una imitación del parto. Téngase en cuenta además que en muchas sociedades primitivas la única referencia que establece el parentesco es la madre de la que se nace. La abuela dice a su nieto: puedo jurar que te vi salir de donde saliste, pero no apostaré nada por quién te había puesto allí. Así pues, como dice Engels en El origen de la familia, el reconocimiento exclusivo de una madre propia, en la imposibilidad de conocer con certidumbre al verdadero padre, significa una profunda estimación por las mujeres.

En estas sociedades el elemento masculino aparece en segundo término, semidivinizado al lado de la Diosa Madre, adoptando la forma de un joven o un niño: su hijo Osiris-Adonis. Pensemos en las innumerables madonnas que pueblan la iconografía en los cinco continentes. Démeter, Isis o Astarté son claros precedentes de ellas. A la Gran Madre corresponde el símbolo de la montaña, objeto de veneración en muchas colectividades. Son también símbolos de la Diosa los bosques, las aguas, las hachas de doble filo... La imagen de la Diosa desnuda, con los órganos sexuales resaltados, aparece ya en losetas de pizarra o grabada en piedras y huesos. Tras la muerte, la tierra, madre amantísima, vuelve a acoger a sus hijos en el seno del que habían salido. En ocasiones se identifica el culto a la Madre con el culto a los muertos. La luna, que regula al mismo tiempo las fases de actividad agrícola y el ciclo menstrual de la mujer, se alza como símbolo femenino por excelencia. También la cierva, que se identifica con la tímida doncella de los bosques. Por contraposición son símbolos masculinos el sol, la serpiente, cuya forma recuerda la del pene, y los cursos fluviales.

Esta religión primitiva es propia de las economías agrícolas. Por contraposición, y con la aparición del pastoreo en campo abierto, comienzan a menudear los hurtos, las escaramuzas entre varones de las distintas tribus, que desembocarán en el advenimiento de una casta guerrera con dirigentes masculinos a la cabeza. Surgen así el culto a dioses varones y los regímenes patriarcales, cuyos ejemplos más conocidos encontramos en el área cultural semítica. Sus herederos serán judíos y musulmanes. Abel, el pastor, es en realidad el agresor de su hermano. Se nos presenta como víctima, porque la Historia la escriben siempre los vencedores. En estas nuevas sociedades patriarcales el elemento femenino pasa a ocupar un puesto de comparsa. El dios solar y apolíneo derrota, lanza en ristre, al dragón femenino. En el nuevo orden el jefe del grupo, padre, patriarca o rey, detenta en su persona todos los derechos y toda la autoridad, con un dominio total sobre personas, vidas y haciendas. Los nuevos símbolos de divinidad serán el fuego, el rayo, el martillo, el caballo o el león, entre otros. Zeus triunfa en las cumbres del Olimpo. El oscuro Hades secuestra a Proserpina. El semental rapta a Europa, Dafne es perseguida por el macho en celo, y la delicada cierva es acosada por una jauría de perros de caza. Reniega el hijo rebelde de su madre, la posee y la somete. El fin del matriarcado neolítico marca el comienzo de lo que se ha llamado la Historia.

La tarea de la mujer es extraordinariamente difícil, porque básicamente consiste en tratar con hombres.