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viernes, 4 de noviembre de 2016

BRUSELAS, CÓMIC Y PATATAS FRITAS


Bruselas es lo que se dice una gran metrópoli, sobre todo desde que ostenta la capitalidad europea. Aquí el tranquilo paseo no basta, porque las distancias son ya considerables. El centro histórico orbita alrededor de la Grand Platz, impresionante por sus monumentales edificios. Una vez al año esta elegante plaza se cubre literalmente de flores. En los días en que la visitaron Bigotini y sus chicas, una llovizna pertinaz e intermitente humedecía los adoquines. Extraemos, como siempre, unas apresuradas notas tomadas de su diario de viaje.

Cenamos en la zona turística. El camino de vuelta al hotel resulta ser casi todo cuesta arriba. Decididamente, habrá que utilizar el transporte público como en Amsterdam. Llegamos cansados. Menos mal que las camas son enormes y magníficas. El sueño lo reparará todo. Y tras el reparo del sueño, desayuno en el hotel. Está bien, pero después de probar los de Amberes, cualquier desayuno parecerá pobre. En la colorista gastronomía callejera de Bruselas destacan, además de los inevitables chocolates y las deliciosas cervezas, los cucuruchos de patatas fritas servidos con diferentes salsas. Recomendamos a los viajeros que no hagan ascos a tan humilde propuesta. Conviene, eso si, evitar los tenderetes que ofrecen patatas recalentadas, pero en el centro histórico de la ciudad hallarán media docena de establecimientos fijos en los que la fritura es perfecta. Son fácilmente reconocibles por las colas que se forman a sus puertas.


La agenda del día es apretada: visita a la iglesia de la Magdalena, visita a la catedral, visita a una tercera iglesia, para finalizar la mañana en el museo del cómic, arte cuya sede mundial radica precisamente aquí en Bruselas. El museo es un paraíso para los amantes de los tebeos en general, entre los que me cuento, y especialmente para los tintinólogos, entre los que presumía contarme, pero hoy he comprobado que mis conocimientos sobre Hergé y sus personajes, después de todo son muy limitados. Tintín, Hadock, Tornasol, la Castafiore… Todos los personajes, todos los episodios, todas las anécdotas… En fin un recorrido exhaustivo que termina dejándonos exhaustos. Almorzamos en el restaurante del museo y recorremos luego la tienda en busca de ignotos tesoros.
Por la tarde paseo por el centro, cervecita y helado (siempre de chocolate). Terminamos cenando en un curioso restaurante étnico: Hemispheries, adosado a la salida trasera de las célebres galerías St. Hubberthus, en pleno corazón de Bruselas. Tanto los tajines de carne y de pescado, como los postres, son excepcionales. El guiso de mejillones en salsa es un manjar inolvidable. Las chicas acaban la cena con un humeante y fragante thé a la menthe.


Recorremos los últimos lugares aun no visitados del centro histórico. Hemos descartado tanto el atomium (que consideramos por unanimidad una cosa monstruosa), como el barrio de los eurodiputados, que por lo que dicen las guías, es como tantos otros barrios modernos. El inevitable recorrido de iglesias nos depara alguna agradable sorpresa, como Sta. Marie de la Chapelle, llamada la iglesia de los españoles, porque fue edificada por obreros provenientes de Nápoles y el resto de Italia (así reza literalmente en una guía).
En la Grand Platz coincidimos con un pintoresco desfile de personajes ataviados con vestimentas medievales y renacentistas. Se desata de nuevo nuestra fiebre fotográfica. Comemos en el célebre Café Falstaff, que no puede dejar de visitarse en Bruselas. El local, fundado en 1903, ha sido declarado monumental por el gobierno belga, y no sé cuántas más cosas por la Unesco. Las chicas piden el steak tartar de la casa, que tiene fama, y yo me decido a probar el potaje de Bruselas y el celebérrimo conejo a la belga. Está todo riquísimo y el marco es incomparable: espejos tallados, arañas de cristal, maderas nobles, vajilla y cubertería dignas de una vitrina, camareros con delantales, pajaritas y el resto del equipo ad hoc.
Por la tarde visita au Palais Royal y sus espléndidos jardines. Lujo, fasto y boato a tutiplén.


Vamos a cenar (y tome nota el lector, porque este ha sido uno de los descubrimientos más afortunados del viaje) al Grand Mageur, en la plaza del Grand Sablon. Se trata de un lugar inolvidable con buen papeo y música en vivo. Un cuarteto formidable interpreta piezas clásicas del Este, dándoles cierto aire jazzístico antiguo, como de los años treinta. En concreto el violinista, un tipo eslavo, es todo un virtuoso. Destacan en el variado repertorio Las hojas muertas, La dolce vita, el inevitable “ochichornia” (o como quiera que se escriba). Hacen una versión de Petite fleur que llega a emocionar. Hay un ambiente bohemio muy interesante. Al poco rato nos percatamos de que con excepción de nuestra mesa y la contigua donde cena un matrimonio de americanos, el resto de los comensales (más bien “bebensales”, porque hay que ver como empinan el codo) parecen ser clientes habituales, rusos en su mayoría. Las camareras, también eslavas, tienen unos treinta y cinco años, exactamente los mismos que tenían hace quince, detalle que no les impide desplegar una encantadora coquetería. Entre copa y copa menudean los besos y los abrazos a los que son tan proclives estas gentes. Elegimos una cena sencilla pero contundente: foie gras y cordero. Luego, imitando a los parroquianos, prolongamos la sobremesa con postres y bebidas… Una despedida de Bruselas por todo lo alto. Otro motivo, aparte de la pasta que levantan sin dar golpe, para envidiar a los eurodiputados.
Paseamos por última vez hasta el hotel en la noche bruselense. Hay que descansar bien. Mañana será el fatídico día de la vuelta a casa.


Desayuno. Taxi a la estación. Tren al aeropuerto. Despegue. Aterrizaje en Barcelona. ¿Parece breve, verdad? Sin embargo, está salpicado de facturaciones, tiempos muertos y tediosas esperas. Interminables. ¡Ay!
En Barcelona, un poco asustados por los periódicos que amenazan con un caos de tráfico ferroviario en toda Cataluña, nos decidimos a alquilar un coche, y así en apenas tres horas estamos en Zaragoza, no sin antes sufrir ya muy cerca de casa, en los Monegros, una de las tormentas de verano más desmesuradas de que se tiene noticia.
Bueno… pues por fin en casa.

No se puede confiar en una mujer que revela su verdadera edad. Si es capaz de eso, será capaz de cualquier cosa. Oscar Wilde.