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miércoles, 14 de diciembre de 2016

DOS MAÑOS Y TRES MAÑICAS EN LAS ISLAS BRITANICAS. PART ONE: LONDRES


Bigotini y los suyos, al llegar a la capital de Inglaterra, se alojaron en un hotel con nombre pretencioso: Carlton. Un viejo caserón en una zona tranquila. Algo cutre, pero razonablemente limpio. La filosofía hostelera del Carlton está presidida por el concepto británico de la hospitalidad: sólo lo que marca la ley. ¿Que el papel higiénico raspa? Bueno, es papel, ¿no? Pues ya está. La ducha, diseñada para ciertos súbditos del Imperio procedentes de una remota isla micronesia, tiene la ventaja de no permitirte caer aunque resbales, es como un ataúd vertical en el que te puedes al menos mojar, aunque no seas capaz de limpiarte demasiado. En el severo comedor victoriano está al mando Mrs. Lamparonni (estricta gobernanta). Si dejas caer uno de los cubiertos, la Lamparonni te mira como si fuera a asesinarte. Pasado el primer momento de pánico, conseguimos pasar algunos bocados de esos productos indefinibles que los ingleses llaman el desayuno.

Cabinas telefónicas rojas y entradas del metro. Nos decidimos por un autobús de dos pisos para dirigirnos al Brithish Museum. Enormes salas, largas caminatas e ingentes cantidades de magníficas obras de arte. Especial atención al sector dedicado a Asiria y Mesopotamia. En Londres lucen como en ninguna parte los expolios imperiales. La belleza de los gigantescos relieves nos deja sin aliento. De asombro en asombro recorremos ese templo de la cultura universal. Las infinitas cosas que hay que contemplar en Londres, y las enormes distancias, no nos permiten echar una siesta decentemente. Seguimos en la brecha con un calor insoportable más propio de Algeciras que de estas latitudes. Los tenderetes de Coven Garden, los pubs de Somerset House... Nos damos a la cerveza en grandes cantidades en un establecimiento llamado en la traducción Al cordero y la bandera. Es un local tradicional fundado en el siglo XVIII y decorado con numerosos grabados de esa época. Lo abandonamos casi a gatas.

Los primeros días londinenses las cervezas frías y las salchichas con puré de los pubs saben a gloria. Conforme van pasando las jornadas, las cervezas frías siguen siendo deliciosas, pero hay que admitir que la comida empieza a resultar un poco monótona. Cuando uno ha repetido (o hasta tripitido) las salchichas con puré, los fish and chips, las pechugas rebozadas y el corto etcétera que ofrece la cocina inglesa (si puede llamarse así), añora cualquier otra cosa comestible. Existen dos alternativas: entrar a un restaurante caro donde por una pitanza decente puedes llegar a pagar el triple de lo que costaría en un país civilizado, o decidirte por los restaurantes étnicos, chinos, hindúes, tailandeses, jamaicanos... qué se yo... Corres el riesgo de acabar con una úlcera del tamaño de un cenicero, pero al menos te libras de las salchichas con puré.


Pasada una semanita, parece que empezamos a caerle bien a Mrs. Lamparonni. Ya apenas nos regaña, y hasta nos ha mostrado los colmillos de una manera que se nos antoja vagamente amistosa. Esto marcha. Tras un trayecto en la línea 11 del bus y una caminata por St. Paul, llegamos a la célebre torre de Londres. Recorrido por las dependencias de la vieja fortaleza. Turistas y más turistas. Japoneses, indostánicos... Hay gentes de lugares que uno ni siquiera sospechaba que existieran. Bombo y platillo imperial. Las joyas de la corona, las armas tomadas a los naufragados navíos españoles de La Invencible. Lo más entretenido son las mazmorras con sus sutiles instrumentos de tortura. En esto se conoce todo el refinamiento y la estatura moral de una cultura milenaria. Inolvidables también las tardes en Hyde Park. Una elegante cena en un elegante restaurante de Mayfair, seguida de una amena tertulia de sobremesa, nos reconcilia con Londres y con la humanidad entera.


El Museo de Historia Natural es sin duda el mejor del mundo en su especialidad. Emoción en la galería de los primates, y devoción ante la vitrina que contiene los restos de nuestra antepasada Lucy. Impagable.
Mientras sus tres hermosas acompañantes hacían compras en los tenderetes de Portobello, Bigotini y su gran amigo el profesor Crespovich entraron a tomar unas pintas en un pub cuyos parroquianos asistían a la transmisión de la final de la copa del mundo de rugby, que enfrentaba a Australia y Nueva Zelanda. El local estaba lleno de naturales de ambas naciones con sus camisetas y sus bufandas. Crespovich y Bigotini se mimetizaron de tal manera en aquel ambiente de sana rivalidad, que acabaron entonando cánticos con sus jarrras de cerveza levantadas al cielo londinense. Las chicas tuvieron que sacarlos del bar a empujones como si fueran dos vulgares borrachos. Un poco embarazoso, si, pero divertidísimo.


Vuelta a Hyde Park y refrescos no alcohólicos a la orilla del lago. A la sombra benéfica de un castaño de indias, y algo achispados todavía por la espuma cervecil, caemos en la cuenta de que ya llevamos unos cuantos días en Londres y aun no hemos visto un solo gato. De repente despierta el poeta que el viejo Bigotini lleva dentro:

Ya no hay gatos en Londres, y aunque dieses
vueltas en derredor, y aunque los llames
por su nombre: ¡Misino!, y pases meses
llamándolos y a gritos los reclames,
nunca los hallarás, querido amigo.
Quisiera que un consejo me admitieses,
oye con atención lo que te digo,
no le busques al gato los tres pieses.

La hortera magnificencia de los almacenes Harrods (o como se llamen) nos devuelve dolorosamente a la realidad. Sucumbimos a la tentación de la toilette para turistas. Salimos encantados, meados y perfumados. La cena en un bullicioso pub de Chelsea con escandalosa abundancia de comestibles y bebestibles, nos conduce al final de otra jornada.


Y como al final todo llega, por fin llega el último día de nuestras vacaciones londinenses. La Tate Gallery y la National Gallery nos proporcionan sendas borracheras de arte del bueno. Cena en Belgravia y festival de dulces cervezas negras con chocolate. El día siguiente volaremos a Edimburgo. Bye, Londres, gran ciudad y divertidísimo viaje. Hasta pronto.

Para la mayoría de la gente la verdadera vida es la vida que no lleva. Oscar Wilde.