Translate

jueves, 1 de diciembre de 2016

TAPADAS EN LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS


En plena polémica sobre el uso en Occidente del burka y otras prendas de la tradición islámica, merece la pena echar la vista atrás y recordar la vieja tradición de las tapadas en la España de los siglos XVI al XVIII. Un gran manto o velo oscuro cubriendo el rostro, fue costumbre muy arraigada entre las mujeres. El manto o tapado fue prenda inspirada en los atuendos de judías y musulmanas, quenes pudieron introducir su uso en España. La moda, si puede llamarse así, surgió en el XVI probablemente con la primitiva finalidad de extremar el recato femenino. Era aquella una sociedad sumida en un cristianismo integrista y contrarreformista, por otra parte bastante equiparable a la radicalización que hoy día sufren muchos sectores del mundo islámico. Ese fue seguramente el origen, pero con el tiempo, el fenómeno de las tapadas trascendió lo meramente religioso, para derivar en ciertos excesos que recogen la historiografía y la literatura.

El historiador madrileño Antonio de León Pinelo escribía: las tapadas se exponen a que les pierdan el respeto los hombres y aun las mismas mujeres, por no conocerlas y no diferenciarse en el traje las buenas de las malas. Con que se persuade cada uno que puede llegar libremente a hablar y aun a manosear a cualquiera que, a estar descubierta no osara. Tampoco pasó desapercibido el fenómeno para quienes nos visitaban. Sirva como muestra este comentario del consejero francés Bertaud, que estuvo en España en el tiempo de Carlos I: no enseñan sino un ojo y van buscando y provocando a los hombres con tanta desfachatez, que tienen a afrenta cuando no se quiere ir más lejos de la conversación.

Así es. El manto sirvió a muchas de pretexto para ir y venir amparadas en el anonimato que proporcionaba el atuendo, en una sociedad en que las mujeres, y muy particularmente las damas de calidad, debían permanecer obligatoriamente en sus casas. Hasta la aparición de los mantos, ventanas y balcones eran los únicos enlaces femeninos con el mundo exterior. Los áticos con galerías corridas, llamadas galería aragonesa, remataban los palacios del reino de Aragón desde tiempos renacentistas. La galerías eran dominios exclusivos de las mujeres de la casa, que habitaban en ellas como en pequeños serrallos. En los núcleos rurales las campesinas gozaban de mayor libertad, pero en las ciudades sólo las criadas, las alcahuetas y las rameras andaban por las calles sin acompañamiento. Paradójicamente, el manto, nacido como un instrumento de virtud, lo cambió todo. El manto o tapado permitía a las altas damas buscar aventuras en el Madrid de los Austrias, paseando por el Prado, la calle Mayor o las orillas del Manzanares, bajo la simple apariencia de sirvientas, escribe Asunción Domenech. Cabe añadir que también permitía a algunos hombres disfrazarse de mujeres para poder tener acceso a sus seducidas.

Cuenta Pellicer en sus Avisos que el hijo de un canónigo de Valladolid fue muerto en Alcalá por un marido celoso que lo encontró disfrazado de mujer junto a su esposa. Y naturalmente, estos casos reales sirvieron de inspiración a multitud de lances teatrales en las comedias de Lope o de Calderón. En alguna escena el galante caballero auxiliaba a una dama tapada que estaba siendo acosada, sin sospechar que aquella dama era su propia esposa que marchaba al encuentro de su amante. Y es que en la sociedad española de la época primaba la hipocresía. Los hombres gobernaban el mundo con dominio absoluto, siendo las mujeres personas de segunda clase. Sigue diciendo Domenech: Las jóvenes y las damas honestas vivían bajo la custodia de severos guardianes, esposos, padres, hermanos, quienes para defender su honor las encerraban tras cancelas y celosías o las hacían acompañar en sus salidas por escuderos y dueñas. Tanta suspicacia tuvo el efecto de apartar a las mujeres del mundo real, relegándolas a una especie de mundo virtual sólo para ellas. Allí, en ese mundo aparte, ajenas a todo cuanto sucedía fuera de su zona de murmuración, vivían su particular existencia de infantilismo perpetuo entre rezos, labores, galanteos ocultos... Alguno de esos galanteos y escarceos sexuales se producía con clérigos y confesores, únicos varones que gozaban de alguna libertad para acceder a ellas.

Hipocresía. La salvaguarda del honor no se cimentaba en que no se cometiera la falta, sino en que la falta no fuera conocida. Partiendo de semejante trampa moral, hombres y mujeres procuraban los medios para dar rienda suelta a sus pasiones, siempre que sus correrías permanecieran ocultas. Mucho cerrojo y mucha celosía, pero los hospicios no daban abasto para albergar los hijos no deseados. El manto, el tapado, fue un instrumento útil para burlar impunemente las imposiciones sociales. También los hombres se ocultaban, no sólo disfrazados de dama bajo el manto, sino mediante capas, chambergos y embozos diversos. En 1590 una Pragmática de Felipe II impuso a las tapadas multas de hasta 3.000 maravedíes. También se legisló en este sentido durante los reinados de Felipe III, Felipe IV y Carlos II, pero sirvió de muy poco. La costumbre perduró en España hasta Carlos III que en 1770 la suprimió definitivamente, no sin gran resistencia popular.

El Siglo de las Luces y el XIX trajeron aires nuevos. En le nouveau régime, sobre todo a partir de la Revolución Francesa y la Declaración de los Derechos del Hombre, el individuo, el ciudadano, hombre o mujer, no sólo fue sujeto de derechos, sino de obligaciones y responsable de sus actos a título personal. Se acabó el anonimato y se acabaron los tapados. Curiosamente la costumbre de las tapadas perduró como herencia española hasta principios del siglo XX en el Perú. Las tapadas limeñas, pues así se las conocía, fueron toda una institución nacional. De las últimas damas que conservaron el atuendo existen fotografías que dan testimonio del fenómeno.

El sexo sin amor es una experiencia vacía, pero como experiencia vacía es una de las mejores. Woody Allen.