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martes, 3 de enero de 2017

MOLÉCULAS CAPACES DE AUTORREPLICARSE. LA CLAVE DE LA EVOLUCIÓN


Publicado en nuestro anterior blog el 21 de enero de 2013

¿Qué probabilidades hay de que no estemos solos en el universo? Esta pregunta, tantas veces formulada y repetida, no tiene ciertamente una respuesta fácil. Aquí os ofrezco una bastante clásica y desde luego nada comprometida: depende.
En la ilustración de más abajo aparecen de manera esquemática los grandes pasos de la evolución de la vida sobre nuestro planeta. A partir de los primitivos organismos pluricelulares el camino no puede estar más claro. Cierto que todavía existen importantes lagunas en el registro fósil. Naturalmente cuando se carece de esqueleto, de concha o de caparazón, es muy difícil dejar algún resto para la posteridad. Si alguna vez se arrastraron sobre la tierra gusanos de diez metros de largo y una tonelada de peso, es algo que probablemente nunca sabremos, porque no habrá quedado ni rastro de ellos. Sin embargo, y salvo ligeras variaciones que puedan introducir nuevos hallazgos y descubrimientos, el árbol genealógico de los diferentes seres vivos que poblamos la Tierra está trazado en sus líneas principales.

Sabemos además, que la línea evolutiva obedece a unas reglas biológicas concretas. En función del nicho ecológico que cada especie animal o vegetal habita, existen determinadas necesidades que hay que cubrir (visión, alimentación, movimiento, defensa, procreación…), y las estrategias se repiten de forma sistemática. Ojos, patas, dientes, cuernos, caparazones, frutos envenenados, aromas atractivos, colores disuasorios, escamas, plumas, flores, camuflajes o aguijones, son algunas de las armas evolutivas que una y otra vez, vemos aparecer en especies y géneros a menudo muy distanciados, tanto en la geografía como en la genética.


Los especialistas en exobiología aplican estas reglas para imaginar o proponer hipotéticos seres en planetas distantes. Allá donde las temperaturas sean gélidas habrá criaturas cubiertas por gruesas pieles; si la gravedad del planeta es sensiblemente menor a la terrestre, las criaturas tenderán al gigantismo; en cambio, si la gravedad es mucho mayor, es probable que los E.T. sean muy bajitos o vivan en el agua, donde podrán moverse sin verse aplastados por su propio peso. Reglas. En varias entradas de este blog hemos hablado de ellas más extensamente.

También hemos tratado en el post de los mixocelos el paso 4 del esquema, que lleva a los organismos unicelulares a asociarse en su mutuo beneficio, para constituirse en sociedades biológicas donde cada elemento individual (célula o estirpe celular) tiene un cometido y realiza una función concreta. El paso 3, aun ofreciendo muchas incertidumbres, resulta indiscutible desde el punto de vista biológico. Lo principal ya estaba conseguido: el ADN. Una estructura capaz de autoreplicarse, de reproducirse. Al menos en esencia, un auténtico ser vivo, por lo tanto. En cuanto al paso 1, ya vimos en la entrada dedicada al origen de la vida que es posible experimentalmente conseguir moléculas complejas, nucleótidos, aminoácidos, conglomerados proteicos, recreando en el laboratorio las condiciones ambientales que se adjudican supuestamente a la Tierra prebiológica.

Entonces, ¿qué queda por demostrar? ¿Ya no hay dudas? Bueno, lamentablemente las hay. Fijaos en el paso 2. En este salto gigantesco desde las moléculas complejas que podríamos llamar protobiológicas hasta las estructuras vivas simples con capacidad de copiarse a si mismas, hay una especie de abismo que nadie ha podido salvar de momento. ¿Y qué tiene esto que ver con la existencia de vida extraterrestre? Mucho. Veréis, la cuestión es que en un caldo prebiológico en el que flotaban toneladas de agregados globulosos de moléculas orgánicas hace unos 4.000 millones de años, tuvieron que producirse de forma casual una serie de combinaciones de una complejidad extraordinaria para formar el primer ser vivo. ¿Cómo de extraordinaria es esa complejidad? Para daros una idea digamos que sería como desencuadernar por completo un ejemplar de El Quijote de dos mil páginas, lanzarlas al aire, y esperar que de forma casual las páginas quedaran perfectamente ordenadas. Como veis es algo que vulnera gravemente la segunda ley de la termódinámica.


Digamos que en este punto las opiniones están divididas. Hay quienes piensan que se trató de puro azar. Es cuestión de lanzar el libro desencuadernado muchos millones de veces a lo largo de muchos millones de años, y esperar tener una suerte excepcional. Según esta visión, el milagro se produjo hace unos 4.000 millones de años, pero perfectamente podría no haberse producido. Siguiendo este razonamiento, como la posibilidad de ocurrencia de semejante milagro es tan remota, es muy posible que estemos solos en el universo.

Otra visión diferente es la de los que creen (yo me incluyo, creemos) que el hecho, si bien fue afortunado, no fue tan milagroso, porque puesto que existen reglas para que las moléculas simples formen moléculas complejas, y existen reglas para que a partir del primer organismo vivo se derivaran todas las demás criaturas, asimismo deben existir reglas bioquímicas para que los conglomerados moleculares prebiológicos sorteen la tendencia a la entropía y se organicen de manera eficiente. La única “pequeña” objeción a esta visión es que hoy por hoy desconocemos cuáles son esas reglas. Pero el caso es que si, como esperamos, existen, funcionarán con idéntica eficiencia en cualquier lugar del universo. Admitido esto, será probable que en planetas con condiciones ambientales parecidas a las de la Tierra (que, según los cálculos más conservadores, podrían ser varios millones), el milagro de la vida se habrá producido, se estará produciendo o se producirá cumpliendo las reglas, y se desarrollará siguiendo esas mismas reglas. ¿Hay esperanza, pues? Hay esperanza.

-¿Sabes cómo murió Sócrates?
-Es posible que muriera de hambre. Sólo sé que no cenaba.