Translate

miércoles, 8 de febrero de 2017

JANE FRANKLIN. LO QUE PUDO HABER SIDO Y NO FUE


Como modesta contribución al día de la mujer científica que se celebra este 11 de febrero (www.11defebrero.org), hoy en Bigotini nos proponemos glosar la figura de Jane Franklin, una mujer que no sólo no fue científica, sino que ni siquiera tenía estudios. ¿Por qué entonces, vamos a ocuparnos de ella? Pues aunque parezca extraño, precisamente por eso. Si pasáis más adelante, comprenderéis esta aparente paradoja.

Jane era la hermana menor de Benjamin Franklin. En una extensa familia de diecisiete hermanos, Ben hizo el número quince y Jane el diecisiete, era la más pequeña. No vamos ahora a descubrir la figura egregia de Benjamin Franklin. Fue filósofo, escritor, periodista, editor, impresor, bibliotecario, fundador del primer cuerpo de bomberos de América, gran político (Franklin intervino en la redacción de la Declaración de Independencia y en la de la Constitución de los Estados Unidos), abolicionista, inventor (se le atribuyen el pararrayos, la cocina “económica”, el humidificador, las lentes bifocales, el catéter urinario, el cuentakilómetros, la armónica o las aletas de nadador)... Y por supuesto fue uno de los más eminentes científicos de su generación. A él se deben importantes trabajos sobre la electricidad y las cargas eléctricas, o sobre las corrientes océanicas y su influencia en el clima. Presidió la Sociedad Filosófica estadounidense, y fue miembro de la Royal Society británica y de la Academia de las Ciencias de París. Su rostro aparece en los billetes de cien dólares, y es en definitiva, uno de los principales talentos científicos e intelectuales de todos los tiempos.

Franklin tuvo además el privilegio de disfrutar en vida del reconocimiento a su obra, y hasta del homenaje a su labor científica. Está documentado que en varias ocasiones preguntaron al gran hombre si había conocido a alguien que le superara en inteligencia. A esta pregunta, Benjamin contestaba invariablemente que esa persona era su hermana Jane. En efecto, al parecer durante la primera etapa de sus estudios en Boston, Benjamin compartió con Jane sus dudas y sus inquietudes. Ella, aun siendo seis años menor, era capaz de resolver problemas complejos, y en esos años constituyó un firme apoyo tanto afectivo como intelectual para su hermano...
...Pero Jane Franklin, a diferencia de Ben, era una mujer. Una mujer en pleno siglo XVIII, hija de una familia modesta de aquella América recien nacida. Jane se casó a los quince años. Algún biógrafo de Benjamin apunta que probablemente se casó embarazada. Así parece desprenderse de una carta de Ben a Jane en la que le censuraba cariñosamente su ligereza. Su marido, Edward Mecom, era un emigrante escocés ocho años mayor que ella, mentalmente inestable, que pasó varios periodos de su vida encarcelado a causa de las deudas. Jane Franklin, o Jane Mecom a partir de su matrimonio, no quería a su marido (así lo reconoció en alguna carta a su hermano), y sin embargo, tuvo con él nada menos que doce hijos de los cuales sobrevivió sólo uno, algo desgraciadamente muy común en esa época.

Así que aquí tenéis la razón por la que Jane Franklin Mecom jamás pudo realizar ninguna contribución a la ciencia. Pasó toda su penosa vida ocupada en criar a sus hijos, en lavarles los pañales, alimentarlos, educarlos... y finalmente amortajarlos. Jane debió lavar toneladas de ropa, debió enhornar enormes cantidades de pan, y con su marido en prisión, debió trabajar de sol a sol para sacar adelante a su familia. Con el resto de sus hermanos incluido Ben, repartidos por los más distantes lugares, tuvo también que ocuparse de cuidar a su madre anciana. Sólo en los últimos años de su vida (falleció a los ochenta y dos) pudo disfrutar de alguna tranquilidad, residiendo en la casa que su hermano Benjamin le legó.
Pues bien, esta es la breve historia de Jane Franklin, que de haber nacido en otro momento y otro lugar, podría haber sido una notable mujer de ciencia. Reciba nuestro sencillo homenaje, y sirva de reflexión a quienes leáis estas líneas.

Las cosas que nunca han ocurrido son las que más y mejor merecen ser recordadas.