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jueves, 20 de abril de 2017

BÉCQUER. EL ÚLTIMO ROMÁNTICO


Gustavo Adolfo Bécquer nació en Sevilla el 17 de febrero de 1836. En el bautismo le impusieron los nombres de Gustavo Adolfo Claudio, que precedieron a sus apellidos: Domínguez Bastida. El apellido Bécquer provenía de un antepasado holandés que se afincó en Sevilla siglos atrás. Lo adoptaron en su firma Gustavo Adolfo y su hermano Valeriano, como antes lo había hecho el padre de ambos, el pintor sevillano José Domínguez Insausti. Además del sobrenombre, ambos hermanos heredaron del padre unas excepcionales dotes para el dibujo. De hecho Valeriano Bécquer, el hermano mayor del poeta, se ganó la vida con el lápiz y los pinceles. A él debemos el magnífico retrato que hizo a Gustavo Adolfo, y que tan familiar nos resulta a todos los españoles que tenemos ya cierta edad, puesto que durante muchos años fue la imagen estampada en los billetes de cien pesetas, unos míticos papeles de color marrón cuyos felices poseedores gastaban uno de ellos en pasar una tarde estupenda, convidando a la novia al cine y a merendar. Y pensar que hoy tendrían un valor de apenas sesenta céntimos de euro... ¡Qué tiempos aquellos!

Gustavo estudió en el Colegio de San Telmo, que después se convirtió en palacio de los duques de Montpensier. Se aficionó a la poesía en la biblioteca de su tía Manuela Monnehay, una bellísima joven francesa de gran sensibilidad que fue el primer amor del poeta, aunque teniendo en cuenta las edades de ambos y el parentesco que les unía, debió tratarse de una relación puramente platónica. Fallecido su padre prematuramente, su tío, el también pintor Joaquín Domínguez Bécquer, lo tomó como aprendiz en su taller. Él fue quien le pronosticó que, a diferencia de su hermano Valeriano, nunca sería un buen pintor, y quien en consecuencia, le estimuló para hacer carrera en la literatura. Los primeros escarceos literarios los realizó en las revistas sevillanas La Aurora y El Porvenir. Marchó después a Madrid dispuesto a comerse el mundo, pero allí la vida no le resultó nada sencilla. Llevó lo que entonces se llamaba una vida bohemia, algo que consistía básicamente en pasar hambre y frío, consumir considerables cantidades de alcohol, y ser expulsado a patadas de diversos establecimientos decentes. Para sobrevivir colaboró en la escritura de varios sainetes y zarzuelas con el seudónimo de Gustavo García. Probablemente en esos años contrajo la tuberculosis que habría de llevarle fatalmente a la tumba.

Impresionado por la lectura de Byron, Marchó con su hermano a Toledo. Quería encontrar inspiración para su proyecto de la Historia de los templos de España. La idea era describir el alma de los templos, plasmación de la tradición religiosa española, como base de lo que él entendía esencia de lo español. Un proyecto acaso demasiado ambicioso, del que sólo llegó a hacerse realidad su primer tomo, publicado con unas magníficas ilustraciones de Valeriano, que hoy día constituye una auténtica rareza bibliográfica. En esa época padeció la primera crisis seria de su enfermedad, a la que sobrevivió gracias a los cuidados de su hermano y a los desvelos de la patrona de ambos, enamorada de Gustavo. De vuelta en Madrid, entabló amistad con el músico Joaquín Espín, en cuya casa comenzó a cortejar a su hija Josefina, para acabar enamorándose perdidamente de Julia, su otra hija, que entonces era una famosa (y hermosísima) cantante de ópera. Parece probado que sus primeras Rimas, esos poemas brevísimos e intensos que le han hecho inmortal, estaban dedicados a Julia Espín. Al parecer Julia nunca le tomó en serio. Lo trataba con amable condescendencia, y siempre le consideró un muchacho atolondrado y encantador. En casa de Espín se respiraba música. Fue allí donde Gustavo Adolfo descubrió a Chopin, de cuya obra se hizo incondicional admirador con su acostumbrada vehemencia.

El siguiente gran amor del poeta fue una dama de Valladolid a la que algunos biógrafos identificaron como Elisa Guillén, aunque los modernos investigadores parecen descartarlo. En todo caso, esta misteriosa dama también le abandonó, lo que le sumió en una profunda postración. En 1861 sentó por fin la cabeza, contrayendo matrimonio con Casta Esteban, hija del doctor Francisco Esteban, que trató a nuestro hombre de una enfermedad venérea. A la vez accedió al gobierno la Unión Liberal de O'Donnell. Algunos de los mejores amigos de los Bécquer, como González Brabo o José Luis Albareda, fueron elevados a cargos importantes. Por medio de ellos obtuvo Gustavo empleo en El Contemporáneo madrileño, y años después, tras recuperarse en Veruela de su enfermedad, González Brabo, su incondicional protector, lo nombró censor primero en Sevilla y más tarde en Madrid. Falleció en diciembre de 1870, víctima de la implacable tuberculosis, cuando sólo contaba 34 años. Con Casta tuvo tres hijos. No fue el suyo un matrimonio precisamente feliz. Su esposa nunca se llevó bien con su inseparable Valeriano, y al parecer, en los últimos años le fue notoriamente infiel, aunque existen dudas sobre si Bécquer llegó a saberlo.

Literariamente suele encuadrarse a Bécquer en el postromanticismo, por considerarle un romántico tardío. A nuestro juicio tal adscripción resulta absurda. Bécquer es un poeta romántico. Sencillamente. El hecho de que en su tiempo la corriente romántica hubiera pasado, y la literatura española estuviese dominada por el Realismo, con autores como Valera, Echegaray o Tamayo y Baus, no es óbice para situar a Gustavo Adolfo en el Romanticismo. Es acaso el último de los románticos españoles, pero no por eso el menos importante. Al contrario, las Rimas de Bécquer constituyen en muchos aspectos el paradigma de la poesía romántica, así se recogen en todas las antologías literarias. Biblioteca Bigotini se complace en ofreceros una magnifica versión digital de sus Leyendas y Narraciones, obra en prosa realizada mayoritariamente durante la estancia de los hermanos Bécquer en el zaragozano Monasterio de Veruela, donde se recluyó Gustavo Adolfo para convalecer de su tisis. Allí, a la sombra totémica del Moncayo, gigante aragonés dispensador de salutíferos vientos, conoció el poeta las viejas historias de fantasmas y aparecidos. Allí supo de las brujas de Trasmoz, e imaginó desgraciados amores y lamentos de almas en pena. Romanticismo puro. Romanticismo así, con mayúscula capitular. Haced clic en la portada y dejaos poseer por el espíritu desmesurado y mágico de Gustavo Adolfo Bécquer, el último romántico.

El amor es como transportar entre dos un piano por una escalera. El primero que lo suelta no resulta herido. Andreu Buenafuente.



domingo, 16 de abril de 2017

LA ESPOSA DEL DIABLO


Las Vegas en verano es lo más parecido al infierno en la tierra, sobre todo cuando no funciona el aire acondicionado. Aquella mañana allí estaba yo, cubierto de sudor, intentando sin éxito arreglar un viejo ventilador estropeado, cuando entró ella en la oficina.
Era Salomé Deville, la mujer más sexy que he visto jamás. Tenía un cuerpo soberbio, una voz sugerente, unos labios sensuales y unos ojos hipnóticos. Su perfume resultaba irresistible. Hubiera querido decirle algo ingenioso y genial, pero en lugar de eso, me quedé mirándola como un pasmarote. Buscó a su alrededor donde sentarse, y le ofrecí la única silla libre de trastos de aquel lamentable cuchitril que parecía más una chatarrería que el despacho de un detective. Es este maldito calor, dije sin pensar en lo que decía. Su reacción ante una aclaración tan absurda me sorprendió. Por un instante creí que iba a echarse a reír, sin embargo, Salomé Deville rompió a llorar desconsoladamente.

Siempre me acabo acostando
con las chicas que lloran así
Debí haberle ofrecido un pañuelo, pero en mi cubil los pañuelos escaseaban aun más que las sillas vacías, así que terminó por sacar del bolso uno de delicados encajes, con el que se sonó ruidosamente. Mientras la contemplaba frágil e indefensa, pensé: siempre me acabo acostando con las chicas que lloran así. Dejé que se desahogara sin presionarla, y una vez que se hubo tranquilizado lo suficiente para hablar de negocios, fue directa al grano: tengo motivos para sospechar que mi marido es el diablo. Otro caso de adulterio, pensé, o quizá de crueldad doméstica... Pero no. No era nada de eso. Poco a poco, Salomé se fue explicando. Yo cada vez más asombrado, finalmente comprendí lo que quería decirme. Ella realmente estaba convencida de que su marido era el demonio, pero no en sentido figurado, no. Estaba convencida de haberse casado con el Señor de las tinieblas, con Satán, Lucifer, o como quiera que de verdad se llame el Príncipe de la oscuridad, el Ángel caído. No sabría explicar por qué, pero lo cierto es que al escucharla me estremecí. Ella se refugió en mis brazos. No estoy seguro de si lo hizo buscando protección o lo hizo para protegerme a mí. El caso es que allí estábamos los dos, acariciándonos suavemente mientras yo aspiraba las fragancias de su piel y ella el sudor de mis axilas sin protestar lo más mínimo. Calculé mentalmente que aquella noche haríamos el amor. Me equivoqué. Antes del mediodía estábamos en la cama extenuados después de una agotadora sesión de sexo.

Pongamos las cartas boca arriba
¿no le parece?
Salomé sabía separar el placer y los negocios. Me pagó tres mil pavos por adelantado, y me puso al corriente de ciertos detalles. Te llamaré cuando averigüe algo, prometí, y se despidió con un beso que me dejó loco de deseo. En los días siguientes desplegué toda mi experiencia de sabueso. Por supuesto, deseché cualquier prejuicio irracional, pero conforme iba atando cabos, me inquietaba más y más, hasta que, aunque me avergüence reconocerlo, llegué a barruntar que Salomé podía estar en lo cierto. No me extenderé en tediosos detalles de vigilancias, sobornos y otras pesquisas. El caso es que el final del camino que había iniciado, me condujo a Maurice Deville en persona. El personaje era un magnate del juego. Una tapadera muy lógica en Las Vegas. Tenía su despacho en el último piso de uno de los principales casinos de la ciudad. Cuando me presenté allí me temblaban las piernas. El sujeto era uno de esos tipos atildados que visten impecablemente. Su cuidadísimo bigote, su acento vagamente europeo y sus elegantes maneras, le daban un aire decididamente mefistofélico. Eh bien, mon ami, me dijo sonriendo mientras me invitaba a sentarme, rien ne va plus. Pongamos las cartas boca arriba, ¿no le parece?, añadió mientras jugueteaba diestramente con una baraja. Casi tartamudeando, comencé un torpe circunloquio que él interrumpió con gesto de hastío. No se canse más, mon ami. La respuesta es si, oui, ja. Yo soy quien soy. Y a la vez que lo decía, se materializó entre una nube de azufre la inconfundible figura del maligno, sin que faltaran los cuernos, el rabo, las patas de macho cabrío, ni el resto de los familiares detalles que recoge la tradición diabólica.

...debe estar en Acapulco, seduciendo
a su profesor de tenis
¿Qué quiere de mí?, preguntó con una solemnidad que hubiera hecho parecer un payaso al emperador de China. En vano traté de contestar que no quería nada, pero adelantándose incluso a mis más ocultos pensamientos, prosiguió: todo el mundo quiere algo de mí. ¡Lujuria!, sentenció. Eso es lo que veo escrito en su rostro y en cada rincón de su ridículo cuerpo mortal. ¡Lujuria!¿Disfrutó con mi pequeña Salomé, n'est pas?, dijo riendo. A estas horas debe estar en Acapulco seduciendo a su profesor de tenis. Pero no nos desviemos del tema: voilá, mon cherí monsieur fisgón, sus más secretos deseos se verán cumplidos. Podrá satisfacer su lujuria hasta el final de su vida. Claro que cuando llegue ese final...
No necesitó decir nada más. Estábamos sellando un pacto. Un pacto sin documentos ni firmas, pero sin posibilidad de ruptura.
Me despidió con un gesto displicente. Ya estaba en el umbral de la puerta, cuando me volví y le dije con voz temblorosa: disculpe Mr. Deville, ¿no es costumbre permitir al contratante elegir la forma en que desea morir? Mais oui, concedió. Así que nuestro hombretón desea morir... ¿de viejo? ¿Un centenario follador, tal vez? O bien una muerte dulce... ¿Durante el sueño? ¿Un accidente, quizá?
Me armé de valor, tragué saliva, y en un arranque de coraje le grité: ¡de parto!

Han pasado dos semanas desde aquella terrible entrevista, y casi un mes desde que la voluptuosa Salomé Deville entró por esa puerta. No he vuelto a verla ni a llamarla, y curiosamente tampoco tengo gana de hacerlo. Lo cierto es que de un tiempo a esta parte no tengo gana de nada. Estoy mareado desde que me acosté con ella. Hoy he vomitado ya tres veces. Me noto pesado, hinchado... A veces lloro sin ningún motivo y me siento hipersensible. Voy al baño para hacer esa maldita prueba. En la farmacia me han asegurado que bastan un par de gotas de orina.


Si no quieres tener hijos, lo mejor es que te acuestes con tu cuñada. Así tendrás sobrinos.



jueves, 13 de abril de 2017

LAPLACE, EL NEWTON FRANCÉS


Pierre Simon Laplace nació en 1749 en la localidad normanda de Beaumont en Auge. Sus padres, unos modestos granjeros, no habrían podido costear sus estudios, pero el pequeño Pierre fue un escolar tan brillante que muy pronto, mediante la recomendación de sus profesores, consiguió ingresar en la Universidad de Caen, donde disfrutó de la especial protección del enciclopedista D'Alembert, toda una celebridad científica de su tiempo. Antes de cumplir los veinte años, Laplace ocupó el puesto de profesor de matemáticas en la Escuela Militar de París, donde enseñó entre otros a Napoleón Bonaparte. Fue nombrado miembro de la Academia de Ciencias y del Instituto de Ciencias y Artes. Se casó ya mayor y tuvo dos hijos. El varón, Charles Émile Laplace hizo carrera en la milicia, alcanzando el grado de general. Laplace llegó a ser ministro del Interior durante el periodo revolucionario, y más tarde Napoleón le concedió la Legión de Honor y el título de conde del Imperio. Tras la caída de Bonaparte se las arregló muy bien para no caer en desgracia, hasta el punto de ser nombrado marqués de Laplace en 1817, título por el que se le sigue conociendo oficialmente.

Hasta aquí los datos biográficos. En cuanto a su carrera, Laplace fue todo un gigante de la ciencia, destacando sobre todo en matemáticas y astronomía. Se le conoce como el Newton francés, y ciertamente no es ninguna exageración. Su Exposición del sistema del mundo, obra publicada en 1796, describe la formación del sistema solar a partir de una nube de polvo y gas. Lejos de perder vigencia, esta teoría se ha visto reforzada con el tiempo, y constituye el fundamento básico de la teoría de formación estelar. En su Teoría analítica de las probabilidades, Laplace formuló el método de los mínimos cuadrados.


Pero su obra más importante es el Tratado de mecánica celeste, que concluyó en 1825, un compendio de toda la astronomía de su época, donde llegó a perfeccionar el método de Newton en cuanto a las órbitas de Júpiter, Saturno y la Luna. Laplace fue el principal abanderado del determinismo científico iniciado por Newton. Tenía como él la convicción de que si pudiéramos conocer el estado de todas las fuerzas que animan la naturaleza y la posición en el espacio de los cuerpos, sería posible predecir mediante una fórmula matemática los sucesos futuros. Junto a su modelo de cálculo de probabilidades puede situarse en importancia la Transformada de Laplace, una herramienta matemática indispensable, que utiliza integrales para resolver las ecuaciones diferenciales. Su discípulo Joseph Fourier, trabajando en este campo, lograría años más tarde perfeccionar el método.


En lo relativo a las ideas, Laplace fue un convencido y ferviente racionalista. Se cuenta que Napoleón, hombre a su manera religioso, le hizo notar en cierta ocasión que en sus trabajos sobre la formación de los cuerpos celestes, había olvidado mencionar al creador (recuérdese que Isaac Newton concibió el universo como una obra divina). Al parecer, Laplace, siempre fiel a sus principios, contestó sin inmutarse: Sire, yo nunca he necesitado esa hipótesis.
El profe Bigotini, que tampoco maneja hipótesis extravagantes, rinde desde aquí su modesto tributo de admiración por la enorme figura científica de Pierre Simon Laplace, un gran sabio y un gran hombre.

-¿Qué tal te va en Corea del Norte?
-Bueno, no me puedo quejar...
-Entonces te va bien.
-No, no. Verás, no me has entendido...



lunes, 10 de abril de 2017

MORAL Y RELIGIÓN EN LA GRECIA CLÁSICA


Ya hemos hablado en alguna ocasión de los cambios producidos en el ámbito mediterráneo con la llegada de los invasores indoeuropeos. La nueva religión trajo consigo una nueva conciencia moral que desde varios puntos de vista podría presentarse como una especie de sacralización de la civilización, lo que se plasmó de manera muy especial en lo relativo a las costumbres. Siguiendo a los analistas clásicos, esta sacralización se manifiesta en dos sentidos: una forma de entender la religión que podemos calificar de no mística, la religión de Apolo; y otra mística, la religión de Demeter y Dionisos. En la primera, la del Apolo délfico, es característica la adición de un elemento moral, la atribución de la bondad suprema al dios. En el mundo que dirige el dios debe esperarse el triunfo del bien.

La frecuente experiencia contraria, el sufrimiento de los buenos y la dicha de los malos, no contradice esta sanción, porque en esa época domina la conciencia filonómica, dogma según el cual los hijos son castigados por las faltas de sus padres hasta la tercera o la cuarta generación. Esto resulta algo tan natural entre los griegos, como lo fue en la antigua Israel. El bueno sufría en silencio, sumiso a la voluntad de los dioses, pensando que así purgaba las faltas de sus antepasados que acaso él mismo ignoraba. Existen ejemplos de ello en Herodoto (Creso) o en Eurípides (Teseo) entre otros. Del mismo modo, el malvado que moría dichoso, no lo hacía completamente, pues le atormentaba la suerte que se reservaba a sus hijos. Los molinos de los dioses muelen muy lentamente, pero no dejan de moler, decía el proverbio griego.


Pero vayamos al segundo sistema. En las enseñanzas místicas de Demeter y Dionisos apareció por primera vez entre los griegos la idea de una vida mejor después de la muerte. No sólo eso, el hombre podía trabajar en vida para asegurar la salvación. Una preparación teocrática, mediante la iniciación en los misterios eleusinos y los olímpicos, pero también una preparación mediante una existencia moral. Aparece la idea del juicio a los difuntos con el premio de un paraíso (Campos Elíseos) para los justos y un infierno (Tártaro) para los pecadores. En este, como en tantos otros aspectos, el cristianismo no hizo sino heredar y adoptar como suyas todas estas ideas. Vemos pues cuál es el mecanismo por el que se ensanchó el círculo de adeptos, y el eudemonismo escatológico como sanción del deber moral, se colocó al lado del eudemonismo biológico. Es considerado bueno (agathós) el que presta mayores servicios a sus amigos, y también cabe añadir que aquel que causa mayor daño a sus enemigos, como en el caso de los héroes guerreros. A nivel estético, se considera la superioridad moral como un efecto natural de las cualidades físicas. El hombre ideal es hermoso y bueno (kalós kai agathós) al mismo tiempo.


Ya veis que todo nos resulta de lo más familiar. Hay una diferencia a primera vista, con la moral cristiana. A la pregunta de cómo se obtiene la superioridad moral, la respuesta cristiana apunta a la virtud y el sacrificio. En el pensamiento clásico, se responde con entera convicción: por el nacimiento. El bueno nace bueno, de ahí la importancia de la eugenia, de la nobleza. El desarrollo de esta idea conduce a lo que se llama el aristocratismo biológico, que se transforma gradualmente en aristocratismo de clase. Los aristócratas se llaman a sí mismos agathoi, y tratan de kakoi (viles) a las gentes de baja condición. Subrayábamos que la diferencia con la moral cristiana lo es sólo a primera vista. En efecto, mientras que desde los púlpitos se predicaba la igualdad de todos los nacidos de mujer a los ojos de Dios, los príncipes de la Iglesia se han inclinado siempre ante los poderosos, élite de la que ellos mismos han formado parte. Esta patente hipocresía ha hecho posible que, como ocurría en la religión clásica, el cristianismo haya sustentado y bendecido injusticias tan intolerables como la esclavitud hasta tiempos históricos bien recientes.
Y es que en materia religiosa, como en definitiva corresponde a cualquier superchería, no hay nada nuevo porque no puede haber nada nuevo, porque todo estaba ya inventado, amigos. El profe Bigotini, que no tiene más dios que la razón ni respeta más leyes que las naturales, os anima a reflexionar sobre ello, y por supuesto, a alcanzar la virtud.

-Mamá, he reñido con mi marido, y para que sufra me voy unos días a tu casa.
-Hija, si quieres que sufra de verdad, debería irme yo a la tuya.



viernes, 7 de abril de 2017

JUDY GARLAND, EL PAYASO TRISTE



En 1939, cuando protagonizó El Mago de Oz, Judy Garland tenía sólo dieciséis años, y ya era toda una veterana de Hollywood. A esa edad en la que muchos adolescentes todavía se hacen acompañar de su mamá cuando visitan al médico, Judy, o mejor, Garland a secas (como Garbo, Gable o Chaplin), pues ella ya se había ganado a pulso el título de estrella, negociaba sus contratos, se acostaba con quien le apetecía y sabía defenderse solita en aquella jungla de ambiciones y de cartón-piedra. Probablemente también en esa época se inició en las adiciones que habrían de conducirle a la tumba.
Garland vivió la vida al límite. Amó a muchos hombres, pero acaso no llegó a querer a ninguno como quiso a sus dos pasiones: el escenario y su hija Liza. Esa Liza Minnelli, hija de Judy y de Vincente Minnelli, que nos deslumbró años después subida en la tarima de aquel Cabaret berlinés, no heredó ni la mitad del talento escénico de su madre. Si Judy hubiera tenido la oportunidad de hacer un musical como ese… Pero lamentablemente en su tiempo todo era mucho más edulcorado. La Garland de las comedias cursis, cubierta de lazos, volantes y puntillas, se convirtió en uno de los primeros iconos gays de América. Después la sustituyó la Garland dramática. Maquillada de payaso triste, con el foco sobre su pequeña figura sobre un escenario vacío, su extraordinario talento alcanzó niveles insuperables. Hoy os brindamos el enlace (clic en la imagen) para visionar una breve actuación en la que una Judy Garland adolescente interpreta el célebre número musical de Cantando bajo la lluvia, el gran éxito de su amigo Gene Kelly, en una versión singular y sorprendente. Disfrutad unos minutos con ella y con su recuerdo.

Próxima entrega: Vincente Minnelli



martes, 4 de abril de 2017

LAS LEYES DE NEWTON. CÓMO FUNCIONAN LAS COSAS


Isaac Newton (1642-1727) ha sido con toda probabilidad el científico más importante e influyente de la Historia. Newton destacó en los campos de la física, las matemáticas, la alquimia y la teología. Puede considerársele el padre de la mecánica. Desarrolló a la par que Leibniz el cálculo integral y el diferencial. Destacan sus trabajos sobre el espectro luminoso, la convección térmica, la mecánica de fluidos, la viscosidad, la velocidad del sonido, el cálculo matemático, el teorema del binomio, la óptica y hasta el origen de las estrellas. En este mismo blog ya le dedicamos un artículo biográfico en nuestra serie Protagonistas de la Ciencia.

Su obra fundamental son los Philosophiae naturalis principia mathemática, que habitualmente se conocen por su denominación abreviada de Pincipia. En ellos Newton desarrolló un completo corpus doctrinalis sobre el comportamiento de los objetos en movimiento, a través de sus leyes de la dinámica, a las que también suele llamarse leyes de la mecánica o leyes de Newton del movimiento. De ellas se han beneficiado en los últimos tres siglos la ingeniería y la técnica de una manera tan extraordinaria que puede decirse sin exageración que nuestro mundo tecnificado se encontraría con más de cien años de retraso, si no fuera por Sir Isaac Newton y sus leyes. Como modesto homenaje a su memoria, permitid que hoy las enuncie con la debida reverencia, y con la misma sencillez que solemos emplear siempre en nuestros apuntes divulgativos:


Primera ley de Newton: ley de la inercia.

Una partícula libre alejada de la influencia de cualquier otro cuerpo, se mueve siempre con velocidad uniforme.
Según el punto de vista aristotélico, que dominó las ideas medievales sobre el movimiento, los objetos se mueven sólo si están sometidos a una fuerza responsable de su movimiento. Así, un carro que se suelta del caballo que lo venía arrastrando, se para porque no hay ninguna fuerza que lo arrastre. El punto de vista moderno es que el carro va frenando y se acaba deteniendo por obra de las fuerzas de fricción que actúan sobre él. Este punto de vista se resume en la primera ley de Newton que establece que todo objeto continúa en estado de reposo o de movimiento uniformemente rectilíneo, a no ser que actúen sobre él fuerzas que le obliguen a variar dicho estado.
Un enunciado equivalente de la primera ley es que si sobre un objeto no actúan fuerzas, o si la suma total de las fuerzas que actúan sobre el objeto, es nula, entonces:
a) Un objeto en reposo sigue en reposo, y
b) Un objeto en movimiento sigue moviéndose con velocidad constante.


Segunda ley de Newton: ley fundamental del movimiento.

Cuando una partícula material provista de masa (m), se mueve con una determinada aceleración (a), es porque ha recibido la interacción de una fuerza (F):

F = m.a

Cuando existe una fuerza neta que actúa sobre un objeto, dicho objeto experimenta una aceleración en la misma dirección de la fuerza. La aceleración y la fuerza son también proporcionales en módulo; si la fuerza sobre un objeto dado es doble, también lo es la aceleración.
Si dos magnitudes son proporcionales, una de ellas es igual a un número o constante de proporcionalidad por la otra. Así pues, podemos relacionar la fuerza (F) con la aceleración (a) mediante la segunda ley de Newton.
A la constante de proporcionalidad (m) se denomina también, como hemos visto, masa del objeto. La masa es una medida de la cantidad de materia de que consta. En otras palabras, de su inercia. Cuanto mayor es la masa de un objeto, menor es el efecto que una fuerza dada produce sobre su movimiento. La masa se relaciona con el peso, pero es diferente de éste. El peso de un objeto es la fuerza que la gravedad ejerce sobre el objeto, y es por lo tanto, una magnitud vectorial. La masa en cambio, es una magnitud escalar.


Tercera ley de Newton: principio de acción y reacción.

Cuando un cuerpo recibe una interacción (acción), causa a su vez otra interacción (reacción) sobre el cuerpo que ha incidido sobre él.

Fij = -Fji

La tercera ley de Newton relaciona las fuerzas que dos objetos se ejercen mutuamente, y nos resulta familiar en una forma general por nuestras experiencias cotidianas. Por ejemplo, supongamos que estamos en reposo en una piscina. Si empujamos una pared con las piernas, la pared ejerce una fuerza que nos lleva al interior de la piscina. La fuerza de reacción (-Fji) que la pared ejerce sobre nosotros es de sentido opuesto a la fuerza que nosotros ejercemos sobre la pared (Fij). Análogamente, para empezar a andar hacia delante, el pie debe ejercer una fuerza hacia atrás sobre el suelo. El suelo a su vez, nos empuja hacia delante.
Newton observó que cuando una persona ejerce una fuerza sobre un objeto, el objeto ejerce una fuerza sobre la persona, que es igual en módulo, pero de sentido opuesto. Esta relación, que se conoce como tercera ley de Newton, es válida tanto si la persona como el objeto están acelerados o no. Las dos fuerzas que actúan entre una persona y un objeto o entre dos objetos, se llaman fuerzas de acción y reacción. La formulación general de la tercera ley de Newton es: para cada acción existe siempre una reacción igual pero de sentido opuesto.


Así que estas son las tres leyes que hacen funcionar el mundo que conocemos. Pensad en Sir Isaac Newton con agradecimiento cuando piséis suavemente el freno de vuestro automóvil o cuando os impulséis en la pared de la piscina. Cuando os golpeéis contra un cristal que no habíais visto, procurad en cambio no acordaos de su anciana madre, una dama de conducta intachable.


El cerebro es un órgano maravilloso. Comienza a trabajar nada más levantarnos, y no deja de funcionar hasta que llegamos a la oficina. Robert Lee Frost.



sábado, 1 de abril de 2017

GIOVANNI BOCCACCIO Y LA ALEGRÍA DE VIVIR


Giovanni Boccaccio era el hijo ilegítimo de un rico mercader florentino al que sus paisanos llamaban Boccaccino di Chellino. Su nacimiento está rodeado de misterio. Se sabe que nació hacia 1313, pero desconocemos si fue en Florencia, en Certaldo o en París. En cualquier caso, se le considera florentino, porque en la capital toscana discurrió su infancia y la mayor parte de su vida. Su padre quiso dedicarle como él a los negocios, pero en vista de la poca inclinación que mostraba Giovanni, al fin consintió en aceptar y favorecer su afición a las letras. El joven Boccaccio conoció durante un viaje a Nápoles a una dama, que algunos han identificado como doña María de Aquino, hija natural del rey y esposa de un cortesano, a la que rebautizó con el nombre literario de Fiammetta. Mantuvieron durante años una relación amorosa no exenta de escándalo, hasta que ella la dio por terminada, causando en Giovanni un profundo dolor.

Waterhouse. El jardín encantado

Tras estancias temporales en Nápoles y en Rávena, regresó a Florencia, donde fue testigo directo de la terrible epidemia de peste que asoló la ciudad, y quedó recogida en El Decameron, su obra más inmortal. El éxito de esta obra le valió la general consideración de sus paisanos, que elevaron a Boccaccio a varios cargos de representación política. Fue camarlengo del Municipio, embajador en Romaña y en la corte papal de Aviñón. También le encomendaron una embajada en Padua, ciudad donde residía Francesco Petrarca. Entre ambos nació una entrañable amistad que se prolongó hasta la muerte de éste último. Boccaccio pasó sus años postreros retirado en su casa campestre de Certaldo. Al parecer, interrumpió su existencia mundana a raíz de la influencia de cierto monje sienés, un tal Ciani, que le conminó a abominar de su “pecaminosa”obra literaria. Se dice que Boccaccio estuvo incluso a punto de destruir sus trabajos, aunque afortunadamente, fue disuadido de hacerlo. Falleció en su retiro en 1375.

Pieter Brueghel. El triunfo de la muerte

En cuanto a Boccaccio como literato, se le considera universalmente miembro de la triple corona: Dante, Petrarca y Boccaccio, de la literatura renacentista. En biblioteca Bigotini nos aventuramos a situarle en el primer puesto de ese hipotético podio. Junto a los otros dos autores citados, fue también pionero de la literatura en lengua romance, en su caso en el dialecto toscano, si bien compuso también algunas poesías y otras obras en latín. Los tres autores tuvieron una influencia decisiva en la literatura europea de las siguientes décadas. Concretamente Boccaccio ejerció influencia reconocida en autores tan importantes como el Arcipreste de Talavera, Juan Rodríguez Padrón, Diego de San Pedro, Fernando de Rojas, Jorge de Montemayor, Gil Polo, Lope de Vega o Cervantes, por citar nada más a algunos de los españoles. En la obra de Boccaccio destacaremos La caza de Diana, El Filococo, El Filóstrato, La Teseida, La comedia de las musas florentinas, Amorosa visión, Elegía de Madonna Fiammetta, Ninfale fielósano, o El Corbacho.

Waterhouse. Decameron

Pero es El Decamerón sin duda la gran obra de Giovanni Boccaccio. En ella diez jóvenes, tres hombres y siete mujeres de la nobleza florentina, se reúnen en Santa María Novella, donde toman la decisión de abandonar la ciudad para huir de la epidemia de peste de 1348. En una casa de campo, van contando cada uno de ellos una serie de historias y cuentos, hasta un total de cien, durante diez jornadas (de ahí el título del libro). Cada día, uno de los jóvenes, actuando como rey de los demás, elige el tema sobre el que deberán versar los cuentos que se relaten. Las fuentes de las historias son muy diversas, desde clásicos grecolatinos, a las célebres fabliaux francesas, pasando por algunos cuentos de inspiración oriental recogidos en colecciones antiguas. Muchos de los relatos narran historias galantes algo más que subidas de tono, lo que sin duda contribuyó a la enorme popularidad que alcanzó la obra.
Biblioteca Bigotini se complace hoy en facilitar a sus lectores una versión digital completa de El Decamerón. Haced clic en la ilustración para acceder, y ¡hala, a disfrutar!

No hay nada como el amor de una mujer casada. Es algo de lo que jamás podrá disfrutar su marido. Oscar Wilde.