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lunes, 24 de abril de 2017

PARÍS, ¡OH LALÁ!


Ya tenemos a Bigotini y sus chicas en París. El profe conducía un flamante automóvil nuevo, mientras Marisol, mapa desplegable en mano, indicaba la dirección del hotel: primera a la izquierda, segunda a la derecha, no, no, la otra derecha... así durante una media hora atravesando con gran dificultad el espeso tráfico parisino, hasta llegar a la misma puerta del hotel. Increíble. Increíble, pero... un lamentable error de la agencia de viajes hizo que en el hotel no tuvieran noticia de la reserva. Volvieron las maletas al maletero y los viajeros a su búsqueda. Finalmente encontraron alojamiento en otro hotel céntrico. Un ansiolítico y ¡hala!, a disfrutar de París. La ciudad-luz resulta de noche todo un espectáculo. Una cena tranquila en un coqueto restaurante devolvió el color a las mejillas y el calor a los corazones.


Por la mañana temprano París se despereza y se presenta luminosa ante el visitante. Paseos. Se puede empezar por uno en los jardines de las Tullerías, Montmatre, Montparnase, y por supuesto la inevitable orilla del Sena. La rive gauche ofrece una interminable sucesión de tenderetes de artistas. Es París una sucesión interminable y entrañable de paseos entre monumento y monumento. En París lo monumental llega a cansar. Sin querer quitarles ningún mérito, les invalides, la torre Eiffel, el Panteón, y hasta la mismísima catedral de Notre Dame, estorban al viajero porque interrumpen los paseos. Música. Tiene París banda sonora, y no sólo una, sino varias. Por ejemplo la de Un americano en París de George Gerswin; o también la de las viejas melodías parisinas interpretadas al acordeón. Sous le ciel de París chantent les amoureux. Piaf, Aznavour, Moustaki...


Más música. Una representación de La Bohéme de Puccini en la Ópera no es ninguna tontería. Sin embargo, yo me quedo con un humildísimo concierto, el de una banda interpretando el vals de La viuda alegre y otras piezas populares, en el parque de Luxemburgo mientras tomamos un refresco. Sencillo, si, pero reconfortante. En lo relativo a la gastronomía... bueno, ya es hora de derribar tópicos. Naturalmente que en París se puede comer muy bien, como ocurre en cualquier otra gran ciudad del mundo. Muy bien, pero muy caro. Los grandes restaurantes parisinos de las guías gastronómicas no están al alcance de cualquier bolsillo. Los que están al alcance presentan una relación calidad-precio escandalosa. En un restaurante medio de París se come decentemente, pero eso sí, al mismo precio por el que comerías como un rey en un restaurante de primera fila de España, Italia o el resto de Francia, por ejemplo. En un restaurante malo de París se come mal y caro. Y si te decides por tomar un bocadillo y un refresco en cualquier kiosco, puedes enfermar pagando lo mismo que pagarías por sentarte a comer como Dios manda en cualquier otro lugar. O sea, un horror.


Del vino ni hablamos. Precios prohibitivos cuando se trata de vinos medianamente potables. Los que allí llaman vinos de la maison son líquidos oscuros altamente tóxicos. En conclusión, lo recomendable en París es comer con cerveza en el buen entendimiento de que una humilde birra te cuesta lo mismo que un plato de comida. En fin, con todo ya se sabe que al final recordamos sólo las cosas buenas y nos olvidamos de las desagradables. Bigotini y sus alegres compañeras disfrutaron también en París (incluso en París) de algunas esquisiteces tales como una inolvidable ratatouille, una tartiflette cremosa y rica, o algún que otro jugoso entrecotte. En cuanto a los dulces, mención especial a chocolates y derivados, así como a las deliciosas creps.
Llegó una vez más la noche y París se vistió otra vez de luz. Llegó también el momento de partir. Au revoire. París: espíritu, gastronomía, poesía... París bien vale una misa, una mesa, una musa.

-Querido, ¡me gustaría tanto que tú y yo volviéramos a estar como antes!
-¿Como cuando nos conocimos?
-No, no, antes de eso.